Portada de la novela Mi esposo es un millonario.

Mi esposo es un millonario.

9.0 / 10.0
Elena acepta un trato para saldar deudas familiares en Mi esposo es un millonario. Esta novela de romance explora su convivencia con Hero Clark, un hombre dominante que busca una madre sustituta. Descubre esta historia en nuestra plataforma de web novels free y lee libros online gratis.
Resumen de Mi esposo es un millonario.
Elena sueña con independencia, pero la pesada deuda de su progenitor la obliga a sacrificar sus deseos. Al mismo tiempo, Hero Clark, un magnate marcado por la traición, intenta encontrar a alguien que cuide de una niña que dejaron a su cargo. Tras una noche de pasión intensa y un reencuentro inesperado en el altar, Elena debe iniciar una vida conyugal con este millonario. La convivencia con un hombre tan prepotente como seductor será su mayor reto.
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Mi esposo es un millonario. Capítulo 1

Elena:

—¡Salud! —vocifero con una multitud desconocida que me sigue tras la barra. Levanto mi Gintonic y seguidamente lo llevo a mis encendidos labios color carmín.

El sudor mezclado con gotas de alcohol ruedan por mi cuello hasta manchar el escote de mi vestido. El dije de mi colgante se ha pegado a la piel que me recubre los pechos y sonrío como la estúpida borracha que soy ahora.

Un fuerte olor a piña colada inunda mis pulmones junto con la frescura de un aroma que no distingo. Cierro los ojos, sin la mínima certeza de qué hago o cómo me muevo. Solo escucho a Britt cantar de forma horrible mientras Abril grita a los cuatro vientos que ama a su ex. Elevo los brazos y la mirada al techo reluciente de la disco mientras mi cintura se contonea, haciéndome impactar contra pantalones irrespetuosos y portañuelas abultadas. Ahora nada de eso me importa.

«Voy a casarme». Me repito varias veces, muerdo mis labios en frustración y dejo que mis caderas sean poseídas por manos extrañas. Me dejo llevar.

«Me ha vendido a un viejo que no conozco...». Vuelvo a torturarme sin poder evitarlo. Lo aborrezco, odio a quien alguna vez tuvo el privilegio de llamarse padre.

—¡Voy al baño! —le grito a Britt al oído. Ella asiente sin dejar de saltar al ritmo de la música estruendosa que ha logrado debilitar mis oídos.

Con un fuerte dolor de cabeza y el corazón cada vez más destrozado, camino intentando mantener la postura con la que he llegado, lo cual me resulta prácticamente imposible. El ardor en los dedos de mis pies me obligan a apoyarme de una pared. Recorro mis alrededores con la vista y entre tantas personas bebiendo y teniendo sexo con ropa, dudo que alguien se detenga a ver a una ebria quitarse los zapatos. Me despojo de mis peligrosos tacones y con la espalda arqueada esquivo a quienes se tropiezan en mi camino.

Las lágrimas se asoman, pensé que bebiendo superaría un poco la desgracia que se avecina y lo único que he conseguido es multiplicar mi dolor.

La fila para entrar al baño es corta, me posiciono tras una morena que me supera dos veces en altura y no puedo evitar echarme a llorar, porque eso solo me recuerda lo pequeña e insignificante que soy ante las órdenes de mi padre.

Me llevo las manos a la cabeza. Mis sentidos quieren explotar y tomo una bocanada de aire cargada de ira e impotencia.

—¡¿Estás bien?! —me pregunta la morena y alzo la vista a su rostro. Lleva un maquillaje extremadamente exagerado pero su semblante preocupado me hace ignorar el largo exótico de sus pestañas y los razgos varoniles de su mentón.

—Eh... ¡Ebria estoy, como nueva! —le contesto y vuelvo a estallar en un llanto más que dramático. Me siento como la mierda.

Cubro mi rostro con mis manos y me ahogo sola. Una mano se posa en mi brazo y al dejar de cubrir mi cara me encuentro con la compasión de la joven —o el joven—, que me brinda apoyo emocional. No hago más que mentir con que el alcohol me pone sensible. Espero a que haga sus necesidades y una vez sola entre las enmarañadas paredes de los baños femeninos suelto un grito que me desgarra la garganta.

"Eres la solución a nuestros problemas, Ele..."

No puedo cargar con sus errores... No otra vez.

Dejo los tacones sobre el lavabo y abro el grifo para lavarme la cara. Levanto la vista y hago una mueca horrorizada al ver mi aspecto. Tengo todo el rimel regado alrededor de mis ojos, el delineado por suerte está intacto, al igual que el labial. Agarro un pedazo de papel sanitario y limpio el desastre negro que me hace parecer ridícula y fea. Sin embargo, de poco sirve, porque no puedo estar dos minutos sin llorar.

«¡Basta Elena, fuerza!». Me exijo a mí misma, con la confianza que han depositado mis hermanas en mi espíritu.

En estos momentos me siento destruida, vendida... Sin gota de dignidad ante la idea de doblegarme ante mi padre y un anciano que no tengo las mínimas ganas de conocer. Un escalofrío me recorre completa al imaginarme en la cama de un señor que bien podría ser mi abuelo. Siento asco, terror.

Agarro lo que me hace lucir cinco centímetros más alta de lo que soy y un poco más tranquila abro la puerta dispuesta a beber todo lo necesario hasta perder incluso la noción de quién soy. Descalza y mareada me encamino hacia el pasillo aglomerado que conduce la pista de baile, juro que el primero que me toque tendrá la suerte de irse conmigo a mi departamento.

—¡Mierda! —exclamo. Mis manos han amortiguado mi caída, pero nada disimula la posición extraña en la que he quedado, con mis cuatro extremidades apoyadas en el piso. Sin gota de control y equilibrio espero a que quien sea que me haya lanzado al suelo tenga la amabilidad de ayudarme.

Pero para mi mala suerte, esa ayuda no llega.

Me dejo caer a un lado y maldigo mil veces porque nadie es capaz de socorrerme. Recargo mi cabeza contra la pared tras mi espalda y junto mis piernas para impedir que se me suba el vestido. Me siento como el demonio y el puchero se forma solo en mis labios, no soy lo suficientemente fuerte como para ignorar la carga que llevo en mis hombros.

—Hija de puta —pronuncia una voz masculina a mi lado y vagamente giro el rostro. Un hombre se encuentra a mi lado, tumbado en la misma posición que yo y prácticamente igual de destruido.

Lleva una camisa blanca remangada hasta sus codos y unos pantalones negros empolvados a la altura de sus tobillos. Luce bien, aunque demacrado. Una barba incipiente viaja desde su mentón hasta su barbilla, otorgándole un aspecto maduro. Su cabello está revuelto, es oscuro y brillante, lastima que no pueda ver más, desde mi posición solo alcanzo presenciar el lateral de su rostro.

—Esa niña no es mía —musita apretando los dientes y por la cercanía de nuestros cuerpos logro decifrar un par de frases más.

—¡Estás tirado en el medio de un pasillo, obstruyes el paso! —le alzo la voz para que pueda escucharme y sigue mis réplicas hasta hacer contacto conmigo. Sorbo por la nariz ante la consecuencia de mis lágrimas y observo un par de ojos encendidos de llanto escanearme completa.

—¡No es qué tú estés en una buena posición como para hacer la diferencia! —me contesta ensimismado, casi débil.

Alzo mis cejas en acuerdo a sus palabras y le enseño mi pulgar. Desvío la mirada a mis manos y las noto temblorosas.

«Otra crisis de ansiedad, perfecto Ele». Me digo y presiono mis uñas contra la carne de la palma de mis manos en un intento por calmar mi inquietud.

No consigo frenar los mareos que me descontrolan la mente y opto por presionar mis ojos en espera de que se me pase por arte de magia.

—¡Levántate! —Nuevamente la voz del hombre triste me sorprende y levanto la mirada para encontrarlo parado frente a mí con sus manos estiradas.

Desde mi posición lo veo demasiado alto y corpulento como para no babear. No me niego a su invitación, de inmediato le extiendo una de mis manos y sin eficacia pretendo pararme como una mujer normal. Lo cual es absurdo, porque estoy tan mareada que a penas puedo levantarme sola.

Agarro mis tacones y permito que el extraño me levante como pluma, la facilidad con la que lo hace y la torpeza con la que impacto contra su pecho debido a mi no tan alta estatura, son el detonante perfecto para una crisis de nerviosismo que no ví venir.

Sus manos han viajado a mi cintura y mi rostro está pegado a su pecho. El aroma exquisito que desprende su camisa me embriaga de divinidad y cierro los ojos para disfrutar de un pequeño viaje a las alturas. Toda la tristeza de hace un momento ha sido sustituida por cosquillas entre mis piernas y culpo al alcohol por ser el mejor amigo de mis hormonas.

Levanto la vista y hago contacto con una mirada curiosa, calculadora y hermosa que me hace delirar. El color que no pude apreciar antes se hace presente y recorro con delirio los matices azulados que resaltan tras unas pobladas pestañas negras. Recorro las facciones de su fisonomía y me detengo en unos labios rojizos agrietados de un modo demasiado carnosos para ser real. Lamo mis labios involuntariamente y regreso la mirada al poseedor de tanta belleza concentrada.

—Disculpa por hacerte caer —pronuncia y su aliento amentolado con rastros de vodka se funde con mi respiración.

Niego hipnotizada y carraspeo para contestar.

—Debiste disculparte cuando me tuviste en cuatro ante tus narices —suelto sin pensar y trago en seco, pero no tengo ni gota de arrepentimiento por lo que el alcohol me hace decir.

Sus ojos se encienden y muerde su labio inferior haciéndome divagar en pensamientos sucios que deseo ejecutar.

—Eres una atrevida, pequeña —susurra inclinándose para acercarse a mis labios. No contesto, porque de hacerlo puede que le cuente todo lo inapropiado que tengo en mente—, ahora mismo te odio, así como la odio a ella —farfulla y suelta aire por su nariz con brusquedad. Sus manos bajan a mi trasero y lo aprieta de un modo que me hace soltar un quejido.

«Demonios no sé quién rayos es "ella", pero sí joder, necesito que me siga odiando».

—Estás preciosa —balbucea y deliza su lengua por mi labio inferior. Mis bellos se ponen de punta y me voy humedeciendo como una jodida adolescente—, incluso más que esa maldita... —interrumpe sus palabras y tira de mi labio con una mordida dolorosa.

He perdido la pizca de dignidad que me quedaba, así que sin más, estampo una de mis manos contra la portañuela de sus pantalones y agarro con poco éxito su miembro erecto y grueso. Necesitaría ambas para acunarlo perfectamente y eso me hace enmudecer.

—Vente conmigo y probemos si te queda —susurra con picardía en mi oído y no tengo que darle muchas vueltas para acceder.

«Si en un mes me casaré con un anciano, más me vale aprovechar con cuánto galanazo se plante en mi camino». Y sin pensar en mis principios, salgo del club a escondidas de mis amigas y subo al auto de un desconocido.

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