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Portada de la novela Tras marcharse, sus tres hermanos piden perdón

Tras marcharse, sus tres hermanos piden perdón

Tras ser abandonada por su familia y su prometido durante un secuestro en favor de la usurpadora Jolene, Kathryn corta todo vínculo con su pasado. Al alejarse, su verdadera identidad sale a la luz: es una eminencia médica, una hacker experta y un genio de las finanzas. Mientras sus padres y hermanos ruegan por un perdón imposible, ella se vuelve inalcanzable. Todo cambia cuando el hombre más poderoso del mundo declara su amor, dejando a su familia en la ruina emocional.
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Capítulo 1

En un almacén abandonado a las afueras de la ciudad, el grito aterrorizado de Jolene Brown rasgó el aire frío y vacío.

"¡Agh!". Su voz temblaba tanto como su cuerpo, y las lágrimas le caían sin control mientras se estremecía como una hoja arrastrada por el viento. "¡Alguien... por favor, sálveme!".

"¡Jolene!", gritó Austin Brown, su hermano mayor, con el rostro contraído por el pánico y los puños apretados. Sus ojos ardían de furia mientras miraba a los secuestradores. "¡Suelten a Jolene! ¡Hagan lo que quieran, pero desquítense con Kathryn!".

"¡Si le ponen un dedo encima a Jolene, juro que me aseguraré de que ninguno de ustedes salga vivo de aquí!", rugió Isaac Brown, el segundo hermano, perdiendo por completo la compostura. Sus ojos brillaban con una hostilidad que helaba la sangre.

"¡Pidan lo que sea!", gritó Jaxton Brown, el tercero. "Solo suelten a Jolene. De todas formas, Kathryn no ha sido más que un estorbo. Hagan lo que quieran con ella".

Tenía los ojos tan inyectados de sangre que parecían a punto de estallar, y cada músculo de su cuerpo tenso gritaba que estaba a segundos de abalanzarse sobre los secuestradores.

Atada a un poste, Kathryn Brown, su hermana de sangre, lloraba en silencio mientras las lágrimas le rodaban por el rostro.

Siempre supo que no significaba mucho para la familia Brown, pero oír a sus propios hermanos sacrificarla con tanta indiferencia, hablando de ella como si fuera una carga desechable, le atravesó el pecho como un cuchillo.

Ella era su verdadera hermana, reunida al fin con ellos después de tantos años, y sin embargo, en el momento crucial, no dudaron en elegir a la impostora.

Ella y Jolene habían sido secuestradas juntas, pero cuando los secuestradores exigieron que escogieran solo a una para salvar, los tres optaron por salvar a la adoptada sin la menor vacilación.

"Pobre chica", se mofó uno de los secuestradores, agarrándole la barbilla. "A tus hermanos no les importas un carajo".

"¡Suéltenla!", gritó Jolene débilmente, pero Kathryn captó el brillo de satisfacción en sus ojos.

En su desesperación, miró hacia la única persona en la que aún confiaba: Declan Fulton, su prometido. Él estaba no muy lejos, elegante y refinado como siempre, vestido impecablemente.

"Declan", susurró Kathryn, temblando, con la respiración entrecortada y los ojos llenos de una esperanza suplicante.

Pero la respuesta del hombre fue firme y helada. "Ya que los Brown tomaron su decisión, la respetaré. Yo también elijo a Jolene".

Esas palabras golpearon a Kathryn como un puñetazo en el vientre. ¿Podía ser este el hombre al que amó durante tres años? ¿Alguien capaz de volverse tan frío de repente? Ni siquiera dudó...

Sus labios temblaron, pero no pudo articular una respuesta.

Se quedó mirando fijamente al hombre en cuya calidez se había aferrado en el pasado, pero ahora todo lo que veía era a un extraño con el corazón congelado. Había estado a punto de morir por protegerlo... ¿Y para qué? Ahora todo parecía una broma cruel.

Declan ni siquiera la miró. Toda su atención estaba puesta en Jolene, desatando con cuidado las cuerdas de sus muñecas.

Pero lo peor no fue solo la traición, sino la amarga verdad de que la habían mantenido en la ignorancia, como a una tonta, durante tanto tiempo. Qué ridículo... Qué absolutamente absurdo.

Una vez que Jolene estuvo libre, Austin, Isaac, Jaxton y Declan la rodearon, colmándola de atenciones como si fuera la única que importara.

Ninguno de ellos le dedicó una mirada a Kathryn; era como si ella no existiera en absoluto.

Esta solo se quedó allí, observándolos ayudar cuidadosamente a Jolene a salir.

Cerró los ojos con fuerza, y una sola lágrima se deslizó por su mejilla.

Pero cuando los abrió de nuevo, los rostros horribles de los secuestradores estaban justo frente a ella, sus sonrisas espeluznantes se ensanchaban mientras se acercaban lentamente.

Uno de ellos se mofó, agarrándola bruscamente por la barbilla. "¡Mírate! Tus propios hermanos no te quieren, pero no te preocupes, nosotros nos encargaremos de ti. ¿Puedes creer que prefirieran a la impostora antes que a ti? Honestamente, todo este espectáculo fue idea de ella, planeado y financiado solo para deshacerse de ti, dulzura". Soltó una risa siniestra antes de llamar a sus secuaces: "Sin prisas. Uno a la vez, muchachos... todos tendrán su turno".

Kathryn abrió los ojos de golpe, y la furia la invadió de pies a cabeza.

"¡Aléjense!", espetó, forcejeando con furia, solo para recibir una bofetada seca.

"Fuerte y terca, ¿eh?". El hombre de la cicatriz se mofó, rasgándole la ropa. "Justo como me gustan".

Acorralada en una esquina, Kathryn solo pudo observar cómo la rodeaban. Estaba fuertemente atada, completamente inmovilizada, y se sentía impotente.

Entonces, justo cuando bajaba la cabeza con sombría resignación, quizás a punto de golpeársela contra la pared, un disparo ensordecedor rompió el silencio.

Los secuestradores se congelaron, con los ojos desorbitados por el miedo, todos mirando hacia donde provenía el disparo.

De pronto, como sombras silenciosas, una docena de figuras vestidas de negro irrumpieron en el lugar, alineándose en dos filas perfectas. Una tensión letal inundó el ambiente al instante.

Al frente, un hombre alto e imponente avanzó con paso firme. La luz tenue acentuaba las líneas marcadas de su mandíbula y la fría profundidad de sus ojos, de los que emanaba una presencia feroz y glacial. En su mano sostenía una pistola elegante y humeante.

"Si quieren vivir, paren ahora mismo". dijo con una voz profunda, magnética e implacable.

El hombre, llamado Liam Warren, estaba rastreando a unos traidores cerca de allí, y esta escena lo tomó desprevenido.

Al principio, su instinto fue marcharse; las traiciones y los secuestros eran muy comunes en esos lugares abandonados.

Sin embargo, justo cuando se disponía a irse, el rostro pálido pero resuelto de la mujer atada captó su atención, despertando en él una extraña sensación de familiaridad.

Sin pensarlo dos veces, entró en acción y disparó.

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