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Portada de la novela Tras la traición: la venganza de una esposa

Tras la traición: la venganza de una esposa

La vida de la protagonista se desmorona cuando la negligencia de la cirujana Kaitlin Russo provoca la amputación de su hermano Ezra. Al indagar, descubre que su propio esposo, el magnate Hayden Bridges, es amante de la doctora y la encubre. Bajo amenazas por el secuestro de su hermana Ivy, ella intenta callar, pero la tragedia es absoluta: Ivy es asesinada y Ezra muere en el hospital. Sin nada que perder, jura destruir a quienes le arrebataron todo.
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Capítulo 2

Al día siguiente, saqué a mis hermanos de la ciudad. Encontré una casa pequeña y tranquila para ellos en un suburbio lejos de las deslumbrantes torres de San Francisco, un lugar donde Hayden no pensaría en buscarlos.

Ezra era como un espectro, perdido en un mar de dolor y recuerdos de su extremidad faltante. Por su parte, Ivy era como un fantasma, cuya ansiedad se reflejaba en sus ojos.

"Char, ¿por qué nos vamos?", me preguntó ella, en una vocecita, mientras me agarraba de la mano. "¿Hayden hizo algo malo?".

No podía contarles toda la verdad, pues sabía que eso terminaría destruyéndolos por completo.

"Él y yo nos estamos divorciando", respondí, encontrando difícil articular esas palabras. "Es mejor para nosotros empezar de nuevo en otro lugar".

"¿Por mí?", inquirió Ezra, mirándome desde su silla de ruedas; su rostro estaba envejecido por una amargura que no le pertenecía.

"No", contesté firmemente, arrodillándome a su lado. "Esto no es tu culpa, sino suya".

De repente, mi celular vibró. Había recibido un mensaje de un número desconocido. Era una foto de Kaitlin Russo, sonriendo seductoramente, mientras se recargaba en un nuevo Ferrari rojo cereza. La matrícula personalizada decía: H-4-K8, que significaba "De Hayden para Kait". Era una broma retorcida.

Acompañando a la imagen había unas palabras que eran como una puñalada a mi corazón: "Gracias por el nuevo auto, exseñora Bridges. Él dice que el rojo es mi color".

La bilis me subió por la garganta. Esa amante estaba regodeándose, restregándome en la cara los restos de mi vieja vida.

Recordé el colgante de plata barato que Hayden me había dado cuando estábamos en la universidad. En su interior resguardaba una descolorida foto de nosotros en la que salíamos sonriendo. Él había ahorrado durante meses parte del salario de su trabajo de medio tiempo. Cuando me lo dio, me dijo que era su promesa de que siempre me valoraría, que yo era más preciosa para él que cualquier diamante.

La mano me tembló tanto que terminé soltando el botiquín que sostenía. Este terminó desparramando su contenido médico en el barato piso de linóleo, que consistía en vendas y toallitas antisépticas.

Kaitlin tenía su Ferrari, mientras yo sostenía insumos para atender a mi hermano discapacitado. La ironía era aplastante. Recordé la primera vez que Hayden llevó a esa tipeja a una de las galas de su fundación. La había presentado como una brillante estudiante desfavorecida a la que estaba patrocinando.

"La pasión arde en su interior", me había dicho, con los ojos llenos de admiración. "Tiene hambre de éxito. Me recuerda a ti, Char".

Yo, cautelosa, le pregunté por qué la fundación le daba más presupuesto que a los demás becarios.

"Ella tiene un potencial extraordinario. Es una inversión estratégica", explicó mi esposo suavemente.

Ahora por fin sabía de qué clase de inversión se trataba. No había sido una enfocada a sus habilidades quirúrgicas, sino a la lealtad en su cama. No invertía para formar a una cirujana, sino a una amante, mientras interpretaba el papel de marido devoto y perfecto.

Esa realización me enfermó, pues significaba que todo había sido mentira. Nuestra vida juntos se resumía a una actuación perfectamente construida.

Regresé al lujoso ático de San Francisco que una vez llamé hogar. El aire estaba cargado con el aroma de flores caras y traición. Revisé metódicamente los armarios y saqué los vestidos de alta costura, las bolsas de diseñador y las cajas de terciopelo con joyas que Hayden me había regalado. Luego, llamé a mi abogado.

"Vende todo", le dije. "Todo. Y quiero que presentes hoy el acuerdo de divorcio".

"Charlotte, ¿estás segura?", me preguntó él, sin ocultar su preocupación. "Con un hombre como Hayden Bridges... el asunto podría ponerse feo. Por cierto, tienes derecho a la mitad de sus bienes, así que deberíamos negociar".

"No hay nada que negociar", respondí, en un tono frío y duro.

Había encontrado el viejo relicario de plata, acumulando polvo en una caja. Lo abrí y miré nuestras caras sonrientes; luego lo cerré con un chasquido. Acto seguido, agarré un plumón negro y firmé con mi nombre en el reverso de los papeles de divorcio, con tanta fuerza que estuve a punto de romperlos.

"Solo preséntalo. Quiero salir de este matrimonio", agregué, dejando el relicario sobre los papeles firmados. Ese era un último mensaje amargo.

"Señora Bridges, que Dios la bendiga", me dijo el ama de llaves, con una mirada cargada de lástima, al verme salir.

Yo no respondí, pues ya no creía en las bendiciones.

Mientras salía del edificio, miré hacia atrás y le dediqué un último vistazo a la resplandeciente torre de vidrio y acero que perforaba el cielo. Había sido una tonta, por confundir una jaula de oro con un palacio.

Mi abogado me llamó una hora después y me informó: "Está hecho, Charlotte. Ya se presentaron los papeles de divorcio".

"Bien", dije.

"Hayden no estará contento".

"Eso es lo que espero", declaré, antes de colgar. No me arrepentía de esa decisión. Lo único que lamentaba era no haberme dado cuenta antes del monstruo con el que me había casado.

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