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Portada de la novela Traición y Ternura: El Regreso de Sofía

Traición y Ternura: El Regreso de Sofía

Sofía, la legítima matriarca y abuela del magnate Ricardo, sufre una humillación atroz a manos de Isabella, la prometida de su nieto. Tras ser secuestrada y encerrada en una perrera, la anciana presencia el asesinato de su fiel perro Pancho. Marcada por la crueldad de una enemiga que ignora su verdadera identidad, el dolor transforma a Sofía. En medio de la oscuridad, la poderosa líder despierta decidida a ejecutar una venganza legendaria contra sus agresores.
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Capítulo 2

La invitación llegó en un sobre de papel perlado, con caligrafía dorada que brillaba bajo la luz de mi modesta cocina.

Isabella se casaba con Ricardo.

La flor de su generación, la mujer más bella y codiciada, se unía al magnate más joven y prometedor del país.

Y, con un aire de falsa generosidad, había invitado a todos nuestros antiguos compañeros.

A todos, excepto a mí.

Mi nombre, Sofía, no estaba en la lista.

No me sorprendió.

Para Isabella, yo siempre fui una sombra, un estorbo.

Una vieja insignificante que vivía en una casita humilde en las afueras de la ciudad, una mujer que, según ella, no merecía ni el aire que respiraba.

El timbre de mi puerta sonó, interrumpiendo mis pensamientos.

Mi pequeño chihuahueño, Pancho, ladró desde mis pies, alerta.

Lo acaricié para calmarlo y fui a abrir.

Era ella.

Isabella estaba de pie en mi porche, vestida con un traje de diseñador que probablemente costaba más que mi casa entera.

A su lado, sus dos amigas inseparables, Valeria y Camila, me miraban con el mismo desprecio de siempre.

"Sofía", dijo Isabella, su voz era dulce como la miel, pero sus ojos eran fríos como el hielo.

"Vine personalmente para asegurarme de que no hubiera malentendidos".

No dije nada.

"No estás invitada a mi boda", continuó, sonriendo.

"Será un evento de clase alta, solo para gente importante. No queremos gente como tú, cazafortunas, tratando de mezclarse con nuestros invitados".

La acusación me golpeó, pero mantuve mi expresión serena.

Cazafortunas.

Si ella supiera.

"Entiendo", respondí con voz tranquila.

"No te preocupes, no tenía intención de ir".

Mi calma pareció enfurecerla.

"¿Crees que eres mejor que yo?", siseó, dando un paso adelante.

"Siempre con esa actitud altanera, como si el mundo te debiera algo. ¡No eres nadie! ¡Una vieja pobre y sola!".

Pancho gruñó, sintiendo mi tensión.

"Isabella, por favor, vete", le pedí, mi paciencia agotándose.

"¿O qué? ¿Llamarás a la policía? ¿Con qué dinero pagarás a un abogado?", se burló Valeria.

Camila se rio.

"Ni siquiera puede pagarse una comida decente".

Isabella me empujó.

No fue un empujón fuerte, pero me tomó por sorpresa y tropecé hacia atrás.

"¡No te atrevas a hablarme así!", gritó.

"Te voy a enseñar cuál es tu lugar".

Me agarró del cabello, tirando con fuerza.

El dolor agudo me recorrió el cráneo.

Sus amigas se unieron, sujetándome los brazos.

Me arrastraron fuera de mi propia casa, hacia la camioneta de lujo que las esperaba.

Luché, pero era inútil.

Eran tres mujeres jóvenes y fuertes contra una que aparentaba ser una anciana frágil.

Pancho ladraba frenéticamente, corriendo en círculos a nuestro alrededor, impotente.

"¡Agarren a ese perro molesto!", ordenó Isabella.

Valeria pateó a Pancho.

El pequeño chillido de mi perro me rompió el corazón.

"¡Déjenlo en paz!", grité, mi voz quebrada por la angustia.

Me ignoraron.

Me metieron a la fuerza en la parte trasera de la camioneta y cerraron la puerta.

Escuché a Isabella darle una orden al conductor.

"Llévala a la perrera municipal. Diles que es una vagabunda loca que encontramos en la calle".

El vehículo se puso en marcha.

A través de la ventana trasera, vi a Pancho corriendo detrás de la camioneta, ladrando desesperadamente, hasta que se convirtió en un punto diminuto y desapareció.

Llegamos a un lugar que olía a desinfectante y desesperación.

La perrera.

Dos hombres corpulentos me sacaron de la camioneta sin ninguna delicadeza.

"Isabella nos pagó bien para que te cuidemos", dijo uno de ellos con una sonrisa cruel.

Me arrojaron a una jaula metálica.

El suelo era de concreto frío y húmedo.

La puerta se cerró con un sonido metálico y definitivo.

Me quedé allí, en la oscuridad, con el sonido de los ladridos y gemidos de otros animales abandonados como único consuelo.

El frío se filtraba por mi ropa delgada.

Me abracé a mí misma, temblando.

Ellos creían que me habían quebrado.

Creían que era una simple anciana indefensa.

Cerré los ojos, y en mi mente, no vi las rejas de esta jaula.

Vi los salones dorados de mi mansión.

Vi a mi nieto, Ricardo, el prometido de Isabella, inclinando la cabeza ante mí con respeto.

Vi a los líderes de las familias más poderosas de México llamándome "Matriarca".

Ellos no sabían nada.

No sabían que la "vieja cazafortunas" a la que habían humillado y encerrado, era Sofía de la Vega.

La dueña de todo lo que ellos anhelaban.

Y pronto, muy pronto, lo descubrirían.

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