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Portada de la novela Traición y Ternura: El Regreso de Sofía

Traición y Ternura: El Regreso de Sofía

Sofía, la legítima matriarca y abuela del magnate Ricardo, sufre una humillación atroz a manos de Isabella, la prometida de su nieto. Tras ser secuestrada y encerrada en una perrera, la anciana presencia el asesinato de su fiel perro Pancho. Marcada por la crueldad de una enemiga que ignora su verdadera identidad, el dolor transforma a Sofía. En medio de la oscuridad, la poderosa líder despierta decidida a ejecutar una venganza legendaria contra sus agresores.
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Capítulo 3

Tumbada en el frío suelo de la perrera, el dolor en mis huesos era una molestia lejana comparada con la tormenta que se gestaba en mi interior.

Dejé que mi mente viajara lejos de esta jaula inmunda, a un lugar donde el respeto era la moneda corriente y mi palabra era ley.

Recordé la última reunión del consejo familiar, hace apenas unas semanas.

Estábamos en la biblioteca de la hacienda, una habitación revestida de caoba y cuero, con libros que contaban la historia de nuestra familia por generaciones.

Ricardo, mi nieto, el mismo que ahora se casaría con esa víbora de Isabella, estaba de pie al final de la larga mesa.

Presentaba su informe trimestral sobre las expansiones de la corporación.

Hablaba con confianza, pero sus ojos buscaban constantemente mi aprobación.

Cuando terminó, el silencio llenó la sala.

Todos los tíos, primos y directores, hombres y mujeres que manejaban imperios, me miraron a mí.

Esperaban mi veredicto.

"Bien hecho, Ricardo", dije simplemente.

Mi voz, aunque suave, resonó en la habitación.

Pude ver cómo Ricardo soltaba un suspiro de alivio, una ligera inclinación de cabeza en señal de gratitud.

Él, un magnate a los ojos del mundo, no era más que un muchacho buscando la aprobación de su abuela.

Mi memoria saltó a otro momento, uno más íntimo.

Mi hermano mayor, a quien todos en el mundo de los negocios temían como a un tiburón, vino a verme a mis aposentos privados.

Entró descalzo, como era la costumbre en mi presencia, y se arrodilló a mi lado mientras yo regaba mis orquídeas.

"Hermanita", me dijo con una voz cargada de preocupación, "hay rumores de que una familia rival intenta moverse en nuestro territorio".

Yo no me giré.

Simplemente corté una flor marchita.

"Déjalos que lo intenten", respondí.

"Una roca no se preocupa por el golpeteo de la lluvia".

Él asintió, su rostro lleno de una fe incondicional.

"Como tú digas, Matriarca".

Se levantó y se fue, la preocupación borrada de su rostro, reemplazada por una calma absoluta.

Mi palabra era suficiente.

Mi voluntad era el ancla de toda nuestra familia.

Ellos no lo sabían, pero cada peso que Ricardo gastaba, cada contrato que firmaba, cada edificio que construía, en última instancia, me pertenecía.

Yo era la fuente de la que emanaba todo su poder, la matriarca oculta que movía los hilos desde las sombras, por elección propia.

Prefería la sencillez de mi pequeña casa, la compañía de Pancho, a los juegos de poder y la falsedad de la alta sociedad.

Y luego, mi mente voló hacia Diego.

Diego, el Presidente del Consejo de Familias de México.

El único hombre que no me veía como la Matriarca.

Él me veía como Sofía.

Recordé nuestra última cena, en un pequeño restaurante escondido que solo nosotros conocíamos.

Me tomó la mano por encima de la mesa, sus dedos cálidos y fuertes entrelazados con los míos.

"Sofía, mi amor", me dijo, sus ojos oscuros llenos de una devoción que me conmovía hasta el alma.

"¿Cuándo dejarás esta vida de ermitaña? Cásate conmigo. Déjame cuidarte, protegerte".

Sonreí.

"Diego, sabes que disfruto de mi paz", le respondí.

"El mundo es demasiado ruidoso".

Él suspiró, pero una sonrisa juguetona apareció en sus labios.

"Entonces construiré un mundo silencioso para ti. Solo para nosotros dos".

Me acerqué y lo besé suavemente.

"Pronto, mi amor. Te prometo que pronto".

Esa promesa ahora se sentía como una mentira.

Estaba aquí, en una perrera, tratada peor que un animal.

Pensé en los pasillos de mi verdadera casa, la hacienda.

Recordé cómo caminaba por los jardines al amanecer, con los sirvientes inclinando la cabeza a mi paso, no por obligación, sino por un respeto genuino que me había ganado a lo largo de los años.

Recordé el olor de las buganvilias y el sonido de las fuentes.

Un gemido escapó de mis labios.

El contraste era una tortura en sí misma.

El olor a amoníaco y miedo reemplazaba el de las flores.

Los ladridos de perros asustados reemplazaban el murmullo del agua.

Isabella y sus amigas creían que me habían despojado de todo.

Pero no podían quitarme quién era.

No podían borrar mi poder.

Y ese poder, que había mantenido dormido durante tanto tiempo, estaba empezando a despertar.

Y cuando lo hiciera, iba a consumir todo a su paso.

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