
Traición y Renacer: Luna Vuelve
Capítulo 2
La puerta de hierro del centro de servicio comunitario se abrió con un rechinido que anunciaba el fin de mi condena.
Trescientos días.
Trescientos días limpiando calles, recogiendo basura y soportando las miradas de desprecio en un barrio marginal de la Ciudad de México, un lugar que la gente como mi familia solo mencionaba como una advertencia.
El sol de la tarde me pegó en la cara, y por un momento me sentí extraña, como si la libertad fuera una prenda que ya no me quedaba.
Mi nombre es Luna Mendoza, y hasta hace menos de un año, era una de las diseñadoras de moda más prometedoras de México, heredera del emporio Mendoza.
Ahora, solo era una exconvicta, una criminal sentenciada por un fraude que no cometí.
Un auto de lujo, negro y brillante, se detuvo frente a mí, desentonando por completo con el entorno gris y polvoriento.
De él bajó Mateo García, mi esposo.
Se veía impecable, como siempre, con su traje caro y su sonrisa ensayada.
"Luna, mi amor. Por fin."
Se acercó y me abrazó, pero su abrazo se sintió frío, vacío. Olía a una loción cara que yo no le conocía.
"Te extrañé tanto," me susurró al oído, pero sus palabras no tenían calor.
Lo miré. Sus ojos, esos ojos que antes me miraban con amor, ahora parecían calcular algo. Pero estaba tan cansada, tan desesperada por un poco de normalidad, que decidí ignorarlo.
Decidí creerle.
"Yo también te extrañé, Mateo."
Me subió al auto, cerrando la puerta con cuidado. El interior de piel y el aire acondicionado eran un mundo aparte del infierno que había vivido.
Me acurruqué en el asiento, cerrando los ojos. Quería pensar que todo había sido una pesadilla, que al llegar a casa todo volvería a ser como antes.
Confiaba en él. A pesar de todo, Mateo era mi esposo, el hombre que me había prometido amor eterno. Él era todo lo que me quedaba después de que mi propia familia me diera la espalda.
Mientras el coche se deslizaba silenciosamente por las calles, me dejé llevar por el agotamiento, hundiéndome en un sueño ligero.
Fue entonces cuando lo escuché.
El sonido suave de su teléfono. Mateo contestó en voz baja, creyendo que yo estaba profundamente dormida.
"Sí, ya la recogí."
Hubo una pausa.
"Tranquila, mi amor, todo salió como planeamos. Está agotada, ni siquiera sospecha."
Mi amor.
Esa palabra me atravesó el pecho. No era para mí.
"Sofía, escúchame," continuó Mateo, su voz era un susurro cargado de intimidad. "El desfile será tuyo. Con la colección de Luna y la historia de cómo superaste la 'traición' de tu hermana, todos te verán como la heroína. Lo tenemos todo."
Sofía.
Mi hermana.
Me quedé inmóvil, con los ojos cerrados, pero mi mente era un torbellino. Cada palabra era una pieza de un rompecabezas horrible que no quería armar. El fraude, la cárcel, el abandono de mi familia... no había sido mala suerte.
Había sido un plan.
Su plan.
Sentí que el aire me faltaba. La traición no era solo de mi esposo, era de mi propia sangre.
Cuando colgó, fingí removerme en el asiento, como si estuviera despertando.
Lo miré, tratando de mantener la calma, aunque por dentro estaba gritando.
"¿Con quién hablabas?"
Mateo sonrió, una sonrisa falsa que ahora me daba náuseas.
"Con mi asistente. Organizando todo para tu regreso a casa."
Mentira.
Junté todo el valor que me quedaba.
"Mateo, lo escuché todo."
Su sonrisa se desvaneció al instante. Su rostro se transformó, mostrando al hombre frío y calculador que se escondía debajo del encanto.
No lo negó. Ni siquiera intentó hacerlo.
"Tenía que hacerlo, Luna," dijo, su voz plana, sin una pizca de remordimiento. "Sofía se lo merecía. Ha vivido toda su vida a tu sombra. Y yo... yo necesito estar con un ganador, no con alguien que se deja destruir."
Destruir.
Él me había destruido.
Él y mi hermana.
Me habían robado mi colección, mi herencia, mi nombre y casi un año de mi vida.
Y ahora, me lo confesaba como si estuviera hablando del clima.
El auto de lujo ya no se sentía como un refugio, sino como una jaula. Y yo estaba encerrada con el monstruo que había dormido a mi lado cada noche.
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