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Portada de la novela ¿Te acuerdas de mi elefante azul?

¿Te acuerdas de mi elefante azul?

Paula creyó hallar el amor perfecto en Héctor, su tierno protector apodado «elefante azul», hasta que una separación forzosa los alejó. Diez años más tarde, el destino los sitúa frente a frente en un escenario desolador: él ha olvidado quién es ella y Paula solo alberga un resentimiento feroz hacia su antiguo vínculo. Atrapados entre la desmemoria y el rencor, ambos deberán descubrir si las heridas pueden sanar o si el pasado impedirá su reencuentro.
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Capítulo 1

Es difícil comprender la vida, sobre todo cuando se empeña en complicarse más de lo habitual. A veces, hasta ironiza.

Para una chica como yo, el mundo podría ser irrisorio. Muchas personas creen que lo tengo todo, que soy inhumanamente feliz. Y sí, desde fuera podría verse así.

A mis 25 años tengo una vida que se puede considerar envidiable: vivo en un departamento en uno de los mejores barrios de la ciudad, que aunque no es de lujo, contiene cuanto capricho me he querido dar. Tengo un trabajo muy bueno, mejor que bueno. Soy abogada jurídica, y a pesar de haberme graduado hace apenas tres años, dirijo un bufete de éxito. Tengo un novio guapo, cariñoso y que me complace en todo. Mi familia es muy unida y mis amigos, aunque son pocos, son estupendos. ¿Qué más podría pedir?

— Guille, cariño, tráeme algo de beber. Estoy muy cansada.

— Ay mi niña, si sigues con ese estrés no llegarás a los 30, te lo aseguro.

Guille, solícito como siempre, me trae una piña colada bien fría. Sabe que me encantan y que en momentos como este no hay nada que me relaje más.

— Te adoro, ¿Lo sabes? —le digo mirándolo con dulzura.

Doy un sorbo a mi piña colada que está deliciosa, con su leche condensada, canela y un chorrito de licor, justo como me gusta.

— Mmm, Guille, esto está buenísimo.

— Lo sé, bebé, las piñas son lo mío. Ahora relájate y cierra los ojos que te voy a dar un masaje que te va a dejar como nueva.

— Ay nene, no sé qué haría sin ti.

Cierro los ojos y dejo a Guille hacer su magia. Me quita la chaqueta, la blusa y me afloja el sujetador. Empieza a masajear mi cuello y mis hombros, presionando en los puntos exactos. Yo gimo satisfecha.

— Estás muy tensa bebé. Creo que deberías tomarte unos días para ti y darte unos mimos. ¿Qué te parece un spa? Te vendría de perlas.

— No puedo, sabes que el caso en el que estoy trabajando es muy complicado. Uisss, sí, presiona más fuerte. — le pido cuando masajea mi sien — Te prometo que en cuanto termine todo lo pensaré.

Ahora que me siento mejor decido tomar una ducha y dormir un poco. Me quito mi falda tuvo, mis tacones, termino de desabrocharme el sujetador y camino en bragas hacia el baño, con Guille detrás de mí recogiendo lo que he dejado tirado.

— Oye belleza, que manía tienes de regarlo todo a tu paso. ¿Es que crees que yo soy tu criado? — me pregunta con los brazos en jarras.

Yo me río y él va en busca de alguna camiseta suya para que me la ponga después del baño y unas bragas limpias. El agua caliente recorre mi cuerpo dejando una sensación de limpieza. Mientras froto mi cuerpo con la esponja atiborrada de gel siento entrar a Guille y sentarse en la tapa del inodoro. Suspira.

— Aquí tienes la ropa mi reina. — me dice.

Salgo a los pocos minutos de la ducha secándome con la toalla.

— Has perdido peso – me dice – me tienes preocupado.

— No empieces tú también con lo mismo – le digo mientras me pongo las bragas y su camiseta por encima – Ya tengo suficiente con que mi madre y Javier me den la lata todo el tiempo con lo mismo.

— Aunque no te guste oírlo, es verdad. Si sigues trabajando tanto y comiendo poco te vas a enfermar mi niña.

Camino haciendo caso omiso de él hasta el cuarto donde me acuesto de un tirón en la cama. Necesito dormir. Guille apaga la luz y me deja descansar.

Horas más tarde despierto y ya la noche ha caído. Busco a Guille y lo encuentro en el balcón, enfrascado en una discusión por teléfono. Cuando cuelga me paro a su lado apoyándome en la barandilla y observo el paisaje. Desde esta altura se ve toda la ciudad.

— ¿Max otra vez? — pregunto haciendo alusión a la llamada telefónica.

— Sí – suspira él – Te juro que no lo comprendo Pau. No entiendo qué pretende con esa actitud suya. Unas veces es tan lindo, romántico. Actúa como si nada le importara más que yo, que haría lo que fuera por mí. Otras veces es esquivo, todo es un problema y no se atreve ni a hablar conmigo. Creo que solo está jugando con mi tiempo, mi paciencia y mis sentimientos. Eso me hace sentir tan poca cosa Pau.

— No nene, no pienses eso. ¿Sabes qué creo? Él debe estar confundido. No debe ser fácil para él enfrentarse a todos como lo hiciste tú. No todos tienen las agallas. Es normal que tenga dudas. Dale tiempo.

— Ay mi niña. Qué difícil es todo para mí.

Lo abrazo y beso su frente. Guille siempre ha sido muy fuerte, pero cuando tiene problemas del corazón, salen a flote todas sus inseguridades. Cuando se calma me dedica una sonrisa triste y juntos entramos a la casa. Mi móvil suena.

— Dime.

— Mi amor, ¿Dónde estás? Llevo rato esperándote.

— Oh, lo siento. Estoy en casa de Guille. En seguida voy para allá.

— Bien, estoy frente a tu edificio. No te demores mucho amor. Un beso.

— No tardaré. Besos para ti.

Cuelgo el teléfono y me visto. Mi ropa está perfectamente doblada en el sillón.

— Ya me voy nene, cualquier cosa me llamas.

— Si Pau, vete que el pobre “coso” debe estar cansado de esperarte.

Me echo a reír al escuchar el mote.

— Sabes que a Javier no le gusta que le llames así.

— Él no está aquí para oírme – me dice encogiéndose de hombros.

– Anda vete que me espera mi noche de pasión irrefrenable con mi televisión.

Sonrío. No me gusta dejarlo solo.

— Sabes que si fuera por mí me quedaría pero...

— Sí, lo sé mi vida. Javier también necesita de tu tiempo y de cariñitos – me dice levantando las cejas.

— Exacto nene. Nos vemos mañana.

— Chau Paulita.

Lo beso en la frente y me voy a mi casa donde mi novio ya me espera.

El taxi en el que voy para en frente a mi edificio y veo estacionado el Audi negro de mi novio. Él está recostado sobre el capó.

— Hola linda.

— Hola. Lamento mucho la demora, ya sabes que cuando estoy con Guille no me percato del tiempo.

— Lo sé. Me encantaría que a mí me prestaras la misma atención que a él.

Caminamos juntos hacia el ascensor mientras le doy vueltas a lo que me acaba de decir. Él siempre ha tenido un poco de celos de mi amigo, aunque Javier sabe que Guille es gay. Lo entiendo, las muestras de cariño no son lo mío pero quizás debería ser menos fría con él.

Quizás deba intentarlo...¿No?

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