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Portada de la novela La receta del amor: la chica pueblerina es una médica talentosa

La receta del amor: la chica pueblerina es una médica talentosa

Verena es una doctora excepcional que prefiere vivir en el anonimato rural. Su vida cambia al casarse con Isaac, un hombre que, tras un grave accidente, ha perdido la memoria y la movilidad. Aunque él acepta el matrimonio por necesidad, le advierte que el amor no tiene lugar en su relación. Sin embargo, la dedicación y el talento médico de Verena logran lo impensable: sanar el cuerpo de Isaac y despertar emociones que él creía olvidadas para siempre.
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Capítulo 3

Como Verena no decía nada, Kaia añadió: "La familia Bennett puede tener un buen nombre, pero Isaac ya está discapacitado. Se dice que cuando un hombre queda paralítico de las piernas, su función sexual también suele verse afectada. Sinceramente, no quiero que te cases con él".

Aunque sus palabras sonaban a preocupación, Kaia deseaba en el fondo que Verena no entrara en la familia Bennett. Incluso con sus problemas de salud, Isaac era alguien por quien Kaia había sentido algo en el pasado, y si Verena se casaba con él, su vida sin duda sería mejor que la de ella.

Verena comprendió a la perfección lo que su hermana intentaba hacer, así que habló con franqueza. "Si no te caigo bien, no pasa nada. No tienes por qué fingir que estás preocupada porque...".

Verena se detuvo a mitad de la frase al captar el destello de sorpresa en los ojos de su hermana, y luego continuó como si nada: "Es mutuo. Tú tampoco me caes bien".

Esa cruda verdad dejó a Kaia sin palabras por un momento; no se imaginaba que su hermana expondría su falsa preocupación de forma tan directa.

Solo cuando Verena salió de la habitación, Kaia pudo reaccionar. Dio un pisotón de rabia y espetó: "¿Quién te crees que eres? ¡Qué arrogante! No eres más que una pueblerina de un lugar atrasado".

Verena apenas había llegado a la puerta. Al oír el insulto, se detuvo en el umbral y se volvió para enfrentarse a su hermana. "Nuestros padres son de ese mismo lugar atrasado. ¿Quieres que les diga que piensas que todos los de allá son unos pueblerinos?".

Las palabras dejaron a Kaia helada. La mirada aguda e inflexible de su hermana la hizo sentir como si todos sus pensamientos ocultos hubieran quedado al descubierto.

La antipatía que sentía por Verena aumentó. Esta vez, sin embargo, no le contestó y se marchó indignada.

Kaia acababa de bajar la escalera cuando Laura se presentó ante Verena.

El rostro de Laura se ensombreció.

Verena adivinó la razón de inmediato: su hermana menor debió de ir corriendo a quejarse de que la habían intimidado.

"¿Qué le has dicho a tu hermana?", preguntó Laura, con un tono cortante y acusador, poniéndose claramente del lado de Kaia. Era obvio que ni siquiera consideraba la posibilidad de que hubiera otra versión de los hechos.

A Verena le resultaba difícil tolerar un juicio tan ciego.

Con una leve sonrisa burlona, preguntó: "¿Y qué te ha dicho ella a ti?".

"¡Te estoy preguntando yo!", replicó Laura.

Su temperamento estalló ante la pregunta, convencida de que haberse criado en un pueblo le había impedido a su hija mayor adquirir buenos modales.

"Me llamó pueblerina, así que le recordé que, si eso fuera cierto, entonces tú y papá también lo serían, porque ambos crecieron en el mismo lugar".

"¡Qué ridículo! Kaia nunca diría algo tan irrespetuoso". La furia de Laura se acentuó. "No bastaba con que enojaras a tu hermana, ¡sino que ahora además inventas mentiras! ¡Qué descaro, Verena!".

A la joven todo eso le pareció absurdo. Laura la presionaba para que respondiera, pero se negaba a creerla cuando lo hacía. ¿Acaso solo le interesaba oír lo que coincidía con su propia opinión?

Verena no era de las que se echaban atrás y sabía cómo provocar aún más a la gente. La negativa de su madre a creerla la impulsó a replicar: "Si ya has decidido que miento, entonces que así sea. Le crees a Kaia pase lo que pase, pero de mí no vas a conseguir una disculpa. Si soy un problema tan grande, me regreso al campo y dejo que ella se case con Isaac".

Sabía muy bien lo que su madre pretendía y usó ese argumento para dejarla sin palabras.

"¡Tú...!". Laura estaba realmente furiosa, pero contuvo su ira, recordándose a sí misma la verdadera razón por la que había traído a su hija a Shoildon.

No entendía cómo sus hijas habían resultado tan distintas. Kaia era talentosa y cariñosa, siempre sabía cómo ganársela; Verena, en cambio, le parecía anodina, terca y mentirosa. Los años de separación habían hecho que la sintiera como una extraña.

"Recoge tus cosas. Vienes conmigo a la reunión. Y cámbiate de ropa. Haré que una de las sirvientas te traiga un vestido".

La decisión de Verena de ir a Shoildon no tenía nada que ver con sus padres, a quienes consideraba injustos. En cuanto vio la noticia, reconoció a ese hombre.

No le importaba en absoluto arreglarse para verlo. Así que cuando bajó las escaleras, llevaba exactamente la misma ropa que antes.

Su madre, que la esperaba abajo, la miró con evidente descontento. "¿Por qué no te has cambiado?".

"No tengo ganas", dijo Verena sin prisa.

"Tú...". Laura solo pudo fulminarla con la mirada; su paciencia se estaba agotando.

Se dio cuenta de que Verena no era tan sumisa ni tan fácil de controlar como había pensado.

Sin embargo, su prioridad en ese momento era asegurar el matrimonio con Isaac.

"Está bien. Si no te cambias, vámonos ya...".

***

En el chat de los jóvenes ricos, Roberto seguía haciéndole preguntas a Kaia.

"Kaia, ¿en qué trabaja tu hermana?".

Aunque compartían el mismo grupo, la chica solía tener pocos motivos para hablar con Roberto.

El pulso se le aceleró en cuanto vio que él se dirigía a ella.

Como no quería que Roberto se sintiera ignorado, respondió con rapidez: "Mi mamá me dijo que trabaja como doctora en un pueblo pequeño".

Roberto frunció ligeramente el ceño. ¿Doctora? Si eso era cierto, al menos podría cuidar de su hermano. Con eso en mente, aceptó a regañadientes la idea de que la joven no fuera atractiva.

Kaia sabía que su madre planeaba difundir que su hermana era graduada de la Facultad de Medicina de Acorith.

Ella misma había dedicado años de esfuerzo para entrar a esa facultad y ganarse la admiración de los demás, así que la idea de que su hermana recibiera ese reconocimiento sin esfuerzo la irritaba.

Con un toque de malicia, adoptó un aire despreocupado y añadió: "Pero nunca fue a la universidad. Probablemente solo aprendió un poco de los médicos de allí".

"¿Qué? ¿Ni siquiera fue a la universidad?". La sorpresa de Roberto era evidente.

El título de "doctora" le resultaba ahora sospechoso.

La irritación creció en su interior. Isaac se había graduado en una de las universidades más prestigiosas del mundo, y ya era bastante malo casarse con alguien poco atractiva como para que además fuera una mujer sin estudios.

Incapaz de contenerse, Roberto le mandó un mensaje a su hermano. "Por favor, no te cases con esa chica. No está a tu altura. Su hermana dijo que ni siquiera fue a la universidad. Dejando de lado su apariencia, tampoco tiene estudios".

Isaac ya esperaba, sentado en un reservado del Restaurante Sazón.

El lugar era elegante y relajante.

Sin embargo, ni él ni Danica tenían ganas de disfrutar de la vista más allá de la ventana.

Para Danica, esta reunión era un mero acuerdo comercial.

Para Isaac, no era más que un recordatorio de sus propias limitaciones.

Cuando sonó su celular, echó un vistazo al mensaje de Roberto. Sus llamativas facciones permanecieron impasibles.

Danica también vio el mensaje.

Cerró los ojos un instante antes de decir: "Hijo, por favor, no me guardes rencor. No tengo otra opción".

En su opinión, la única forma de frenar los rumores dañinos sobre Isaac era que se casara y adoptara discretamente a un niño para hacerlo pasar por suyo.

Isaac esbozó una leve y amarga sonrisa; el resentimiento era un lujo que no podía darse, pues se sentía responsable de que su madre hubiera perdido a su esposo.

Aun así, envió una respuesta a Roberto: "Cuida tu tono".

Este se enojó al leerlo. En un momento como este, su hermano seguía pidiéndole que fuera educado. ¿Acaso no entendía la gravedad del problema?

En ese momento, Verena y su madre llegaron al Restaurante Sazón.

Verena, que era alta y usaba zapatos planos, caminaba a un paso que su madre, tambaleándose sobre sus tacones, apenas podía seguir.

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