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Portada de la novela Susurros a la Luna

Susurros a la Luna

Esta recopilación de cuentos de fantasía y romance contemporáneo desdibuja los límites entre la realidad y la ficción. Mediante una prosa sugerente, cada historia examina las emociones humanas, abarcando desde el afecto profundo hasta la tristeza. Con protagonistas inolvidables y desenlaces inesperados, el libro analiza la identidad y el duelo, incentivando la introspección. Estos relatos funcionan como reflejos vitales que exponen verdades ocultas del alma.
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Capítulo 3

La noche había caído con un peso insoportable sobre el pueblo de San Isidro, una pequeña aldea enclavada entre montañas que parecían guardar secretos milenarios. El viento, frío y afilado, aullaba como un lobo herido mientras agitaba las ramas de los cipreses. Nadie salía después del atardecer. No desde que los primeros desaparecidos comenzaron a ser noticia.

Marta caminaba apresuradamente, su linterna parpadeando en el camino de tierra. Había prometido a su abuela que volvería antes de que el sol se escondiera, pero una visita inesperada al único hospital del pueblo la había retrasado. Su madre, enferma desde hacía meses, no mejoraba. Mientras cruzaba el sendero bordeado por espesos árboles, escuchó algo que la hizo detenerse.

Un susurro.

Era leve, casi imperceptible, pero tenía algo extraño. No era el sonido del viento ni el crujir de las hojas secas. Era una voz. Su piel se erizó cuando el murmullo se transformó en palabras:

-Marta... ven...

El corazón le dio un vuelco. Miró a su alrededor, enfocando con la linterna los rincones oscuros, pero no vio nada. El silencio volvió, salvo por el martilleo de su propia respiración.

"Estoy imaginando cosas", pensó, tratando de tranquilizarse. Pero cuando estaba a punto de retomar el paso, el susurro regresó, esta vez más claro.

-Ayúdame...

El sonido parecía provenir del bosque que bordeaba el sendero. Marta sabía que no debía entrar; desde niña, su abuela le había contado historias sobre el abismo escondido en esas tierras. Un lugar donde, según la leyenda, los vivos desaparecían y los muertos murmuraban.

Pero la voz sonaba tan desesperada.

"¿Y si alguien realmente necesita ayuda?", se dijo, tratando de ignorar el nudo en su estómago.

Tomando aire, se internó en el bosque.

Marta avanzó entre las sombras del bosque, su linterna apenas iluminando el camino. A cada paso, las ramas crujían bajo sus pies, como si el suelo mismo intentara advertirle que regresara. El aire olía a humedad y a algo más... algo metálico. La voz continuaba, arrastrándose entre los árboles como una serpiente invisible.

-Por favor... no me dejes...

El tono dolido hizo que Marta apretara los labios. A pesar del miedo que le recorría la espalda como un escalofrío helado, no podía ignorarlo. Se detuvo un momento, tratando de localizar el origen. Entonces lo vio: un tenue destello rojizo en la distancia.

"¿Una fogata?", pensó. Pero la luz era extraña, pulsante, como si respirara. Marta avanzó hacia ella, el nudo en su estómago creciendo con cada paso.

Finalmente llegó a un claro donde el suelo se abría en un enorme abismo. La luz roja emanaba de las profundidades, iluminando el borde con un resplandor espectral. Marta sintió que las piernas le temblaban.

-¿Hola? -preguntó con la voz entrecortada.

El silencio fue su única respuesta. Estaba a punto de retroceder cuando algo se movió a su derecha. Giró la linterna rápidamente, enfocando la figura de un hombre. Estaba de rodillas junto al borde del abismo, con la cabeza inclinada hacia abajo, como si rezara. Su ropa estaba desgarrada, y su piel parecía pálida, casi traslúcida.

-¿Se encuentra bien? -preguntó Marta, dando un paso hacia él.

El hombre levantó la cabeza lentamente, y Marta contuvo un grito. Sus ojos eran completamente negros, dos abismos que reflejaban la luz roja del fondo. La sonrisa que se dibujó en su rostro no era humana.

-Te estaba esperando -dijo, con una voz que no era la misma que había escuchado antes.

Marta retrocedió, tropezando con una raíz. La linterna cayó al suelo y se apagó, dejándola en una oscuridad casi total. La luz roja del abismo era lo único que iluminaba ahora la escena.

El hombre comenzó a levantarse, sus movimientos eran torpes, casi mecánicos, como si no estuviera acostumbrado a usar su propio cuerpo.

-¿Qué quieres? -gritó Marta, su voz quebrándose.

-Tú. -La palabra resonó como un eco en el claro.

Sin pensarlo, Marta se dio la vuelta y corrió. Se adentró en el bosque, ignorando las ramas que rasgaban su piel y las raíces que intentaban hacerla caer. El aire parecía más espeso, como si el bosque mismo intentara detenerla.

Detrás de ella, el sonido de pasos apresurados la hizo correr más rápido. Pero no era el sonido de un solo perseguidor; eran muchos. Era como si todo el bosque hubiera cobrado vida.

Finalmente, vio el borde del bosque y la tenue luz del sendero donde había comenzado todo. Reunió todas sus fuerzas y corrió hacia él. Al cruzar, el silencio volvió. Miró hacia atrás, pero no vio a nadie.

El alivio fue momentáneo. Cuando se giró para continuar, un escalofrío recorrió su espalda. Frente a ella, en el sendero, estaba el hombre de ojos negros, sonriendo.

-Nadie escapa del abismo, Marta.

Marta retrocedió instintivamente, aunque el bosque detrás de ella parecía tan peligroso como el hombre frente a ella. Su mente trabajaba a toda velocidad, tratando de encontrar una salida.

-¿Qué quieres de mí? -preguntó de nuevo, su voz temblando mientras trataba de mantener la calma.

El hombre inclinó la cabeza, como si considerara su pregunta. Su sonrisa se amplió, revelando dientes afilados como agujas.

-No es lo que yo quiero... es lo que el abismo quiere. -Señaló hacia el bosque con un movimiento lento de su mano, y el aire alrededor pareció ondular, como si algo invisible se moviera entre los árboles.

Marta sintió un zumbido en los oídos, un ruido extraño que parecía venir desde el fondo de su mente. De repente, recordó las palabras de su abuela: "El abismo no solo toma cuerpos; toma almas. Susurros que prometen ayuda son trampas para aquellos con corazones débiles."

-No voy a caer en esto. No pertenezco al abismo -dijo, tratando de sonar segura, aunque sus piernas temblaban.

El hombre soltó una carcajada que no era humana, un sonido hueco y metálico que parecía venir de todas partes a la vez.

-Oh, pero ya eres parte de él, Marta. Entraste, escuchaste, viste... y el abismo no olvida.

Antes de que Marta pudiera responder, el suelo bajo sus pies comenzó a temblar. Una grieta se abrió entre ella y el hombre, extendiéndose hacia el bosque, mientras una luz roja y pulsante se derramaba como sangre desde el suelo. Marta cayó al suelo, pero se arrastró hacia atrás, lejos del abismo que parecía devorar todo a su paso.

-No puedes correr para siempre -dijo el hombre, mientras su cuerpo comenzaba a desmoronarse, como si fuera una mera ilusión.

Cuando Marta volvió a mirar, él ya no estaba.

El regreso al pueblo

Marta no perdió más tiempo. Corrió sin mirar atrás hasta que el bosque se quedó atrás y las primeras casas del pueblo aparecieron a la distancia. Se detuvo, jadeando, con las piernas temblorosas. La luz en las ventanas de las casas parecía tranquilizadora, pero una sensación de peligro persistía en el aire.

Entró corriendo a su casa y cerró la puerta con fuerza, asegurándose de atrancarla. Su abuela, sentada junto a la chimenea, la miró con preocupación.

-¿Qué has hecho, niña? -preguntó, su voz temblando.

Marta no sabía por dónde empezar. Le explicó todo: el susurro, la voz, la luz roja, el hombre del abismo. La abuela la escuchó en silencio, su rostro poniéndose cada vez más pálido.

Cuando Marta terminó, la abuela se levantó lentamente y se dirigió a una vieja caja que siempre había mantenido cerrada. Sacó un crucifijo de hierro oxidado y un pequeño frasco de vidrio lleno de un líquido que parecía aceite.

-Esto no es un cuento, Marta. El abismo ha reclamado a muchos antes, pero tú eres la primera en volver. Eso significa que quiere algo más de ti.

-¿Qué puedo hacer? -preguntó Marta, su voz apenas un susurro.

-No enfrentarlo sola. El abismo se alimenta del miedo, de las dudas. Necesitarás más que coraje; necesitarás aliados y respuestas.

Marta no entendió del todo, pero las palabras de su abuela encendieron una chispa de esperanza. Sabía que no podía ignorar lo que había visto ni quedarse esperando a que el abismo viniera por ella.

La búsqueda de respuestas

Esa misma noche, Marta decidió buscar a los pocos ancianos del pueblo que conocían las historias más antiguas. Con cada relato, una imagen más clara del abismo comenzó a formarse en su mente. Era un lugar antiguo, una grieta que conectaba este mundo con algo más allá, algo que no debería existir. Nadie que cayera en él regresaba, al menos no como humano.

Sin embargo, también descubrió que existía una manera de cerrar el abismo. Era un ritual peligroso, que requería que alguien enfrentara a las entidades del otro lado directamente. Marta sabía que esa persona tendría que ser ella.

Al amanecer, Marta se preparó. Tomó el crucifijo de su abuela, el frasco de aceite y una vieja daga que encontró en el sótano. Con el corazón pesado pero decidido, regresó al bosque.

El abismo la esperaba.

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