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Portada de la novela Su Amor Imprudente, Su Vida Destrozada

Su Amor Imprudente, Su Vida Destrozada

Tras doce años de absoluta entrega, la vida de una mujer se desmorona cuando Damián Garza, el magnate tecnológico al que fue vendida a los dieciséis años, decide abandonarla. Lo que comenzó como un trato para salvar a su madre terminó convirtiéndola en su secretaria y amante fiel. Sin embargo, el regreso de Kenia, el antiguo amor de Damián, provoca que él elija el matrimonio con otra, ofreciéndole solo una fría suma de dinero como pago a su sacrificio.
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Capítulo 3

El plan funcionó a la perfección. El atacante, con los ojos desorbitados por la rabia y la desesperación, vio su oportunidad: soltó a Kenzie y se abalanzó sobre Ellery.

Para la última, todo sucedió muy rápido. Un momento estaba en los brazos de Dawson y, al siguiente, una mano áspera le tapaba la boca y un brazo musculoso le rodeaba el cuello y la jalaba hacia atrás. Sintió su espalda golpeando el frío e implacable concreto del borde. Por un segundo que le paró el corazón, se tambaleó sobre el abismo, mientras percibía las luces de la ciudad como una borrosa mancha.

Luego, no hubo nada, más que la sensación de caer. El viento rugía ensordecedoramente en sus oídos, tragándose cualquier otro sonido. Ella sintió que estómago se le revolvía y su corazón martilleaba contra sus costillas, en un tamborileo frenético y salvaje.

Ellery cerró los ojos. En ese momento aterrador, un pensamiento, claro y frío, atravesó su pánico. 'Él me mataría por ella'.

Dawson había visto al matón abalanzarse sobre ella, y lo había dejado pasar. De hecho, la había usado como escudo humano, un peón desechable para asegurar la seguridad de su preciosa e idealizada Kenzie. Los doce años de su vida, los interminables días y noches de su servicio, no significaban nada para él. Eso le dejó en claro que la veía como una pérdida aceptable.

Lo siguiente que percibió fue el olor estéril y antiséptico de un hospital; un pitido suave y rítmico llenaba el aire. Ella parpadeó varias veces, mientras sus ojos luchaban por adaptarse a las nuevas luces fluorescentes.

Una enfermera le estaba revisando el suero y, al verla despierta, le sonrió y le dijo: "Bienvenida de nuevo. Es usted una joven muy afortunada".

"¿Qué... pasó?", preguntó Ellery, en un susurro ronco.

"Cayó desde una gran altura", contestó la otra, en un tono práctico. "Pero aterrizó en una red de seguridad que el hotel había instalado para los limpiadores de ventanas. Terminó con unas cuantas costillas rotas y una conmoción cerebral, pero vivirá. El hombre que cayó con usted no tuvo tanta suerte, pues no aterrizó en la red".

La joven cerró los ojos, mientras procesaba esas palabras. Su agresor no había caído en la red. No tenía dudas de que Dawson sabía de esta.

Una realización le causó un escalofrío: él no solo había dejado que la atacaran, sino que había calculado sus probabilidades de supervivencia. Sabía que había una posibilidad de que ella sobreviviera, mientras se aseguraba de que la amenaza para Kenzie fuera eliminada permanentemente. No fue una decisión impulsada por el pánico en el último segundo, sino un cálculo frío y despiadado.

Instantes después, la puerta de su habitación se abrió y él entró. Se veía cansado y su traje caro estaba arrugado. Sin perder tiempo, se acercó a su cama, con una expresión mezcla de preocupación y molestia.

Acto seguido, extendió la mano para tocarle la mejilla, pero ella apartó la cabeza.

Dawson se quedó con la mano congelada en el aire y dejó escapar un largo y cansado suspiro. Luego, agarró la mano de la mujer con firmeza y le preguntó en un tono suave: "¿Me estás culpando?".

Ella no respondió.

"Vamos, Ellery", musitó él, adoptando el tono infantil al que recurría cuando quería algo. "No te pongas así. Estaba asustado. Kenzie estaba en peligro".

"Sabías de la red", dijo, su secretaria, en voz plana, mientras se zafaba lentamente de su agarre.

Dawson se quedó quieto, soltó una risita cargada de incredulidad y respondió: "¿De esto se trata todo? ¿Estás enojada porque te salvé? ¿Crees que dejaría que le pasara algo a mi protectora?".

La audacia de esas palabras, la forma en la que él torció su acto egoísta en una especie de noble sacrificio, fue asombrosa.

'Tú solo me ves como tu empleada', pensó Ellery. Sin embargo, solo se limitó a susurrar: "Deberías irte. Kenzie debe estar aterrorizada, así que seguramente te necesita".

Él pareció reflexionar sobre esas palabras y luego asintió, aliviado de tener una excusa para irse.

"Tienes razón. Está hecha un desastre. Volveré cuando tenga tiempo", contestó. Tras decir eso, se dio la media vuelta y se fue.

Nunca volvió. En los días que siguieron, Ellery lo veía ocasionalmente desde su ventana, caminando por los jardines del hospital con Kenzie. Con ella, se comportaba como una persona diferente: era gentil, atento y le complacía todos sus caprichos. Por ejemplo, le daba helado, le ponía su chaqueta sobre los hombros cuando temblaba, y se besaban, larga y lentamente, ajenos al mundo que los rodeaba.

Las escenas de la pareja no le causaban ni celos ni desamor a Ellery, solo una profunda e insondable sensación de alivio. Y el día que la dieron de alta, se encontró a los novios en el pasillo.

Kenzie, adoptando una expresión de dulce preocupación, corrió a su lado, la agarró del brazo y exclamó: "¡Ya estás bien! Dawson, deberíamos llevarla a casa, ¿no crees?".

La sonrisa en su rostro era la misma que Ellery había llegado a esperar, salamera y falsa, un marcado contraste con el grosero mensaje de texto que le había enviado.

En el auto, Kenzie parloteaba sin cesar, y mantenía su mano posesivamente sobre el muslo de Dawson. Ellery se instaló silenciosamente en el asiento trasero, como un fantasma en su nuevo y perfecto mundo.

De repente, la primera se giró hacia Dawson y, con expresión seria, le preguntó en un tono que era la mezcla perfecta de inocencia y ansiedad: "¿Tienes... a alguien más? ¿Otra novia?".

En el interior del vehículo se instaló un profundo silencio. El hombre apretó el volante con fuerza, pues era un pésimo mentiroso.

"Por supuesto que sí", intervino Ellery, con una sonrisa de complicidad, antes de que su jefe pudiera balbucear una excusa.

La otra giró bruscamente la cabeza y abrió mucho los ojos. Dawson miró a su asistente con una expresión de pánico por el espejo retrovisor.

"¿Quién?", quiso saber Kenzie, con voz aguda.

"Tú", contestó Ellery, mirándola fijamente y ensanchando su sonrisa.

Con eso, comenzó a tejar una hermosa y elaborada mentira. Le contó a Kenzie cómo, durante doce años, Dawson nunca había dejado de amarla. Cómo hablaba de ella durante horas, y cómo percibía a cada mujer que conocía como una pálida imitación suya. También describió su anhelo, su devoción y su creencia inquebrantable de que estaban destinados a estar juntos.

Cuando terminó, la otra estaba llorando, con el rostro enterrado en el hombro de su novio. Estaba completa y absolutamente conquistada.

Dawson dejó a su pareja primero. Cuando se quedó a solas con su empleada, detuvo el auto y, con una expresión mezcla de confusión e ira, la agarró de la muñeca y le preguntó: "¿Qué fue eso? ¿A qué estás jugando?".

"¿No era eso lo que querías?", inquirió Ellery con tranquilidad. "¿Una historia de amor perfecta? Solo te estaba ayudando a venderla".

Él se le acercó tanto que sus caras quedaron a centímetros. Escrutaba su rostro, en busca del menor signo de dolor o celos.

"Ni siquiera estás un poco triste. ¿Por qué?", soltó en un gruñido bajo y frustrado.

'Porque nunca fui feliz. Porque no te amo y nunca lo he hecho', pensó, la chica, sintiendo que el agotamiento la invadía. Pero no lo dijo, pues sabía que no tendría sentido. Él no lo entendería.

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