Portada de la novela Su Amor Imprudente, Su Vida Destrozada

Su Amor Imprudente, Su Vida Destrozada

9.5 / 10.0
Tras doce años de entrega, la vida de una secretaria cambia cuando Damián Garza decide casarse con otra. En Su Amor Imprudente, Su Vida Destrozada, ella enfrenta el abandono del magnate. Lee esta historia en nuestra web novel, uno de los mejores billionaire romance books actuales.
Resumen de Su Amor Imprudente, Su Vida Destrozada
Tras doce años de absoluta entrega, la vida de una mujer se desmorona cuando Damián Garza, el magnate tecnológico al que fue vendida a los dieciséis años, decide abandonarla. Lo que comenzó como un trato para salvar a su madre terminó convirtiéndola en su secretaria y amante fiel. Sin embargo, el regreso de Kenia, el antiguo amor de Damián, provoca que él elija el matrimonio con otra, ofreciéndole solo una fría suma de dinero como pago a su sacrificio.
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Su Amor Imprudente, Su Vida Destrozada Capítulo 1

Durante doce años, mi vida no fue mía, sino de Dawson Parks.

Fui vendida a su familia a los dieciséis años para pagar los tratamientos de cáncer de mi madre, convirtiéndome en la compañera, secretaria y finalmente amante del heredero tecnológico. Un día, su amor de la infancia, Kenzie, regresó a la ciudad. Me dijo que se casaría con ella y me ofreció una liquidación: unos cuantos millones de dólares por doce años de mi vida.

Capítulo 1

Durante doce años, Ellery Evans no fue dueña de su propia vida. Toda su existencia giraba alrededor de Dawson Parks. Todo comenzó cuando tenía dieciséis años. La constructora de su padre estaba al borde de la quiebra y a su madre le acababan de diagnosticar un tipo de cáncer muy raro. Los tratamientos eran astronómicamente caros, y la familia Evans no podía costearlos.

Su padre, un hombre débil y egoísta, vio una oportunidad en su tragedia. Sabía que los Park, una dinastía construida sobre un imperio tecnológico, buscaban una compañera para su heredero más joven, Dawson. Este último tenía trece años. Era un chico guapo, pero volátil, que acababa de perder a su propia madre. Estaba fuera de control y su familia buscaba a una chica inteligente, paciente y madura para su edad para que lo estabilizara.

Fue así como su papá la vendió, y lo presentó como un sacrificio por la salud de su madre. El hombre usó la enfermedad de su esposa para chantajear emocionalmente a Ellery, y ella, una aterrorizada joven de dieciséis años, aceptó. La familia Parks pagó las deudas de su padre y cubrió los gastos médicos de su madre. A cambio, la chica se convirtió en la sombra de Dawson: era su compañera, su tutora y su guardiana. Conforme crecía, los límites se desdibujaron: se transformó en su secretaria personal, manejando su caótica vida y su papel en la empresa familiar. Luego, una noche, impulsado por el alcohol y un corazón roto, él la arrastró a su cama.

Fue así como se convirtió en su amante, pero para ella era solo otra parte de su trabajo. Era astuta, resiliente y pragmática, además de que cumplía sus deberes a la perfección, volviéndose indispensable para él. Para el mundo exterior, era la mujer devota que había capturado el corazón del heredero del imperio tecnológico.

Pero todos estaba equivocados. Ellery no amaba a Dawson Parks. De hecho, lo veía por lo que era: un niño inmaduro y posesivo que dependía por completo de ella. Él la daba por sentada, creyendo que su presencia inquebrantable nacía del amor, no de un contrato.

Además, ese hombre estaba obsesionado con otra persona: Kenzie Mclaughlin, su amor de la infancia, que se le había escapado. Durante años, habló de ella, de su pureza, su dulzura, y del amor perfecto e idealizado que compartieron antes de que ella se mudara.

Ahora, Kenzie iba a regresar. Ellery encontró el correo de confirmación del vuelo en la bandeja de entrada de Dawson: "Kenzie Montemayor. Llegada: mañana".

Esa noche, el aire en el penthouse del heredero estaba cargado de una energía frenética. Había ropa esparcida por el suelo y botellas vacías llenaban la mesa de centro. Dawson era un torbellino de movimiento: caminaba de un lado a otro, sacaba cosas de su clóset y luego las aventaba a otro lado. Mientras lo hacía, tarareaba una melodía alegre y desafinada que crispaba los nervios de Ellery.

De repente se detuvo, volteó a verla y le dedicó una sonrisa amplia e infantil, aunque no había rastro de felicidad en sus ojos. La agarró, y le plantó un beso rudo y posesivo. Sus manos estaban por todas partes, enredándose en su cabello y deslizándose por su espalda. Era un acto de posesión, no de afecto. Ella lo soportó, tal como había soportado todo lo demás durante los últimos doce años.

Él se apartó, y con su cálido aliento impactando la mejilla de la chica, le susurró, con una emoción que no había escuchado en años: "El, ella por fin vuelve. Kenzie por fin regresa a mí.

Ellery no sintió nada, solo un clic silencioso y definitivo en su mente. Ese era el final de su condena.

Dawson confundió la expresión plácida en su rostro con aceptación, así que sonrió radiante, con un alivio palpable y acariciándole la cabeza, le dijo: "Sabía que lo entenderías. Siempre has sido la más comprensiva".

Aunque esas palabras sonaban como un cumplido, la chica sabía que eran los barrotes de una jaula barata.

"Me voy a casar con ella. La he amado desde que éramos niños", dijo él finalmente.

Esas palabras habían sido una verdad no dicha entre ellos durante más de una década. Aun así, su interlocutora no cambió de expresión. En cambio, le sostuvo la mirada en la penumbra.

"Lo sé", respondió tranquilamente.

Él parecía complacido por su respuesta, que interpretó como una prueba más de su devoción y de su disposición de hacerse a un lado por su felicidad. "Me encargaré de ti, por supuesto", le aseguró el hombre, adoptando un tono más profesional. "Te daré una casa, un auto y unos cuantos millones de dólares. Será suficiente para que vivas cómodamente el resto de tu vida".

Le daría una liquidación de oro por los doce años de su vida que le había dedicado.

"De acuerdo", contestó ella.

Él frunció el ceño y, por un momento, apareció un destello de algo indescifrable en sus ojos. Parecía querer una reacción diferente: lágrimas, gritos, o alguna señal que probara que a ella le importaba.

"Pero seguirás siendo mi secretaria, ¿verdad?", preguntó, apretándole más el brazo. "Te necesito. Sabes que no funciono sin ti".

Ella miró la mano ajena sobre su brazo, y luego volvió a concentrarse en su rostro. Estaba a punto de decirle que no, que su contrato había terminado, que finalmente era, benditamente libre.

Sin embargo, el celular del hombre sonó justo en ese momento.

En la pantalla, brillaba claramente un nombre: Kenzie. Dawson cambió su actitud por completo. La posesividad que mostraba se desvaneció, reemplazada por una sonrisa suave y ansiosa. Además, soltó a Ellery como si le quemara.

"Kenzie", contestó suavemente. "¿Estás en el aeropuerto?... No, por supuesto que no estoy ocupado. Ya voy para allá".

Tras eso, colgó y agarró sus llaves, sin dedicarle ni una mirada más a su compañera. "Limpia esto, ¿quieres?", le indicó por encima del hombro, mientras salía corriendo del penthouse. "Volveré tarde".

La puerta se cerró de golpe, dejando a Ellery en un silencio repentino y ensordecedor. Ella se quedó inmóvil por un largo momento. Luego, con la eficiencia metódica que había definido su vida, comenzó a ordenar el lugar. Recogió la ropa sucia del hombre, juntó las botellas vacías, y limpió las superficies pegajosas. Era una rutina familiar y mecánica.

Cuando el lugar estuvo impecable, fue a la habitación. Abrió su lado del clóset y sacó una pequeña maleta de lona. Contenía todo lo que era verdaderamente suyo: unas cuantas mudas de ropa, una copia gastada de su libro favorito y una fotografía descolorida de su madre, quien había fallecido dos meses atrás. Su muerte fue un asunto silencioso y doloroso, pero para Ellery, también fue una liberación, pues la cadena principal que la ataba a Dawson se había roto. Instantes después, su celular vibró, con una llamada de su padre.

"¡Ellery! Dawson llamó. ¡Dijo que te dará una casa y cinco millones de dólares! ¡Dios mío, con eso tendremos la vida resuelta! ¡Tu hermano por fin podrá expandir su negocio!", soltó el hombre, en un tono vertiginoso y lleno de una codicia que a la chica le revolvió el estómago.

"Ese dinero no tiene nada que ver contigo", respondió la hija, en un tono frío y desprovisto de emoción.

"¿De qué estás hablando?", farfulló su papá. "¡Por supuesto que sí! ¡Es para la familia! ¡Solo es otra parte de tu sacrificio!".

"Mi sacrificio ha terminado", declaró ella, con una voz tan fría como el hielo. "El trato era por las facturas médicas de mamá y como ella ya no está, el contrato ha terminado".

"¡Ellery, no seas tonta!", chilló él, en un tono estridente. "¡No puedes dejarlo! ¡Te lo prohíbo! ¡No olvides quién pagó la cama de hospital de tu madre!". Ese era un último y patético esfuerzo de manipulación, pero no surtió efecto.

"Está muerta, papá. Y tus amenazas murieron con ella", señaló Ellery con calma. "Soy libre".

Sin esperar respuesta, colgó y bloqueó su número. Luego hizo lo mismo con el de su hermano. Sacó la tarjeta SIM de su celular, la partió a la mitad y arrojó los pedazos a la basura.

Todo se había acabado. Pensó en aquel día, doce años atrás. Su padre, con una expresión de falsa pena, le había dicho que esa era la única manera. Su madre, ya frágil, lloraba en su cama. Y Ellery, de dieciséis años, aceptó esa cadena perpetua con tal de salvarlos.

La familia Parks había sido discreta. Arregló que ella conociera "accidentalmente" a Dawson en un evento de caridad. La habían instruido sobre sus gustos, sus aversiones y sus detonantes emocionales, así que ella interpretó su papel a la perfección.

En ese entonces, él era un chico roto y enojado, así que se aferró a ella de inmediato. La joven era la calma en su tormenta. La necesitaba para todo: despertarse, elegir su ropa, recordar sus citas, e incluso para calmarse cuando su dolor por su madre o su anhelo por Kenzie se volvían demasiado para soportarlos.

"Kenzie ni siquiera me miraría ahora", lloraba durante los primeros años, después de que la familia de la chica se mudara al otro lado del país. "Era perfecta y... mi todo".

Ellery, la confidente pagada, escuchaba y decía todas las cosas correctas. Vio su enamoramiento por lo que era: la fantasía de un niño, una obsesión con un recuerdo.

La noche en que Kenzie rompió con su novio de la prepa, Dawson se emborrachó hasta perder el conocimiento. Avanzó a trompicones hasta la recámara de Ellery, con los ojos desorbitados por un dolor que no era por ella. Se había abalanzado sobre ella, medio sollozando, medio exigiendo. Fue así como terminaron cruzando una línea final e irrevocable en su relación.

A la mañana siguiente, él se había despertado con una mirada de horror, no por lo que le había hecho a ella, sino por su propia debilidad.

"Ayúdame, Ellery", había suplicado. "No sé qué hacer. Te necesito".

Ella se quedó. Durante doce años, fue su roca, su secretaria y su amante. Todos pensaban que era la mujer más afortunada del mundo. Sin embargo, la joven era consciente de que era una prisionera bien pagada. Estaba atrapada en el trabajo más agotador y aplastante que podía imaginar.

La muerte de su madre, aunque desgarradora, había sido una llave inesperada para salir de su prisión. Era el permiso final y silencioso que necesitaba. Su mamá, sin saberlo, le daba lo único que nunca había tenido: libertad.

Un día después del funeral, Ellery entró en la sede del Grupo Parks, se dirigió al Departamento de Recursos Humanos y presentó su renuncia oficial.

"¿Te vas? Ellery, no puedes. Dawson se derrumbará sin ti", le dijo Sarah, una de sus compañeras, en completo shock.

"Alguien más aprenderá", había respondió la aludida con calma.

"Pero... él tiene que aprobarlo. Nunca te dejará ir".

Ellery simplemente le había indicado que siguiera el procedimiento.

Dawson recibió la renuncia, junto con una pila de otros documentos de rutina, en su tableta, para que los aprobara digitalmente. Los recibió cuando estaba en una lujosa fiesta en la que celebraba el inminente regreso de Kenzie. Se encontraba rodeado de amigos, riendo y bebiendo, así que deslizó su dedo por todos los documentos, presionando "Aprobar" en ellos, sin dedicarles un segundo vistazo.

Con eso, había aprobado su propia ruina y ni siquiera se había dado cuenta.

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