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Portada de la novela Una esposa para mi hermano

Una esposa para mi hermano

Daniel es un CEO viudo de 40 años que vive para sus hijos y su empresa, tras haber cerrado su corazón al amor. Su vida cambia cuando Harry, su hermano, convence a Deanna, una joven soprano de 25 años, para fingir un compromiso y evadir una norma familiar. Aunque el trato es una farsa temporal, la química entre ambos surge de forma inevitable. Pese a la diferencia de edad y los secretos que los rodean, este engaño inicial se transforma en una pasión real que los obligará a luchar contra sus miedos y enemigos.
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Capítulo 4

La fecha llegó, Ben ordenó y a ella solo le quedaba por obedecer.

— Pero Ben… no entiendo.

— ¿Eres idiota Candy? ¿Qué es lo que no entra en esa cabeza tuya? — Ben le daba golpes en la cabeza con su dedo índice, mientras lo decía. Asiéndola sentir menos que nada. — Es tan fácil lo que te pido, debes tener sexo, solo eso, no debes hablar, ni nada, ¿no eras eso lo que querías cuando veíamos las películas?

— Pero tú eres mi novio, yo…

— Soy tu novio y tú me obedeces, así de fácil. ¡Si no fuera por mí, estarías muerta! ¿Acaso quieres volver con tú padre? ¿Sabes lo que te hará?, escúchame, cariño, esto es muy importante, necesitamos el dinero, solo será esta vez y después los dos viviremos felices, tendremos nuestra familia y lo más importante, por fin podremos hacer el amor. ¿Acaso no quieres ser mi mujer? — Candy, tan ingenua, tan simple, tan manipulable, le creyó. Pero aún se seguía preguntando…

— ¿Por qué no puedo hacerlo contigo primero?

— Ya te lo expliqué, yo no duermo con niñas inexpertas. Y ya me cansé lo haces o te llevo con tu padre.

Así la atormentaba, con la condena de llevarla con su padre, el cual, según él, la estaba buscando por todas partes para matarla a golpes.

Cuando Ben le dijo a Candy que tenía una sorpresa por su cumpleaños número 19 ella nunca imaginó que sería esto, la tarjeta decía 20 de diciembre 22 horas y la dirección de un hotel que según Ben era el más lujoso de la ciudad.

— Pero…

— Deja de lloriquear, si no quieres ir, llamaré a tú padre para que te largues de aquí.

— ¡No Ben!, por favor…. Iré, haré lo que quieras. — Candy temblaba con la sola idea de que su padre pudiera encontrarla.

El joven que era bastante corpulento y de rostro hermoso, algo que lo ayudaba para hechizar a las jóvenes, la baño, le refregó el cuerpo hasta que dolió.

— Debes estar bien limpia y perfumada, tú eres mi mejor mujer.

La acompaño hasta el hotel, pero le dijo que no podía subir, ella debía ir al último piso, directo a la alcoba y vestirse con lo que hubiera en la caja que estaría sobre la cama.

Mientras Candy caminaba por el vestíbulo del hotel, Ben recibía el pago de manos de Dominic, quien había quedado más que hechizado con Candy.

— Realmente es una hermosura, un poco pálida, pero toda una belleza, quizás después podamos seguir trabajando juntos.

— No te prometo nada, ya veremos cómo le va hoy.

— Le irá bien, el solo hecho de su cuerpo y esa cara, muy hermosa, vale cada centavo.

— Ese es el problema, quizás la disfrute por un tiempo para mí, y cuando me aburra, volveremos hablar.

Del otro lado de la calle Charly observaba a este par, no había visto a la joven ingresar al hotel, pero si vio el intercambio de maletines de estas escorias y se preguntaba ¿cómo una mujer podía vender su virginidad?

Una vez que Candy ingresó en aquella habitación, quedó deslumbrada.

“¡Esta habitación es más grande que todo nuestro piso! No lo puedo creer.”

Los pensamientos de Candy eran demasiados, estaba nerviosa, triste, pero sobre todo asustada, no sabía que esperar de esa noche, Ben le había advertido que debía obedecer al hombre que entrara con ella en esa habitación, sin decir nada y eso la ponía nerviosa. Vio sobre la mesa una nota escrita en un papel, y una píldora a su lado, pero al no saber leer la volvió a dejar donde las encontró.

Ben por la emoción de recibir el dinero y lo poco que le preocupaba Candy, se olvidó de decirle de la píldora que debía tomar, solo la envió a entregar su cuerpo.

Camino hacia la enorme cama, donde como Ben dijo, había una caja, al abrirla vio la ropa que debía usar, y se sonrojo.

Aunque estaba sola en aquel cuarto, decidió cambiarse en el baño, sus manos temblaban y sudaban, no sabía que esperar de esa noche, Ben siempre le mostraba diversos vídeos, algunos les gustaban, pero otros le daban asco y vergüenza, esos donde más de un hombre tomaba a la chica, o donde les introducían objetos, si, ella estaba aterrada.

Tardo más de la cuenta en saber cómo debía colocarse todo aquello, su atuendo consistía en un sostén lleno de pequeñas tiras, blanco con encajes, un ligero, medias y una pequeña falda del mismo color. Por último, tomo el velo y se lo coloco, cubriendo de esta forma la mitad de su cara, ella creía que había hecho todo según el pedido de Ben, el error radicaba en que Amir no quería ver para nada su rostro, en el fondo le desagradan las mujeres que se vendían, pero esto Candy no lo sabía.

Fue a sentarse en la cama como se le había indicado y esperó, aunque no por mucho tiempo.

La puerta se abrió, pero ella no se movió, tenía miedo de la persona que acababa de ingresar, sus pasos se escuchaban pesado y fuertes, pasos que le recordaban a su padre cuando se enfadaba, comenzó a temblar y se asustó aún más cuando escucho esa voz tan ronca, la persona a su espalda destilaba poder, y eso la hacía sentir pequeña, casi como una hormiga.

— ¿Qué edad tienes?

— 18, 19 años. — Trato de corregir rápidamente.

— ¿18 o 19?

— 19, hoy es mi cumpleaños.

— Bonita forma de festejarlo. — Dijo aquella voz con un timbre de ironía, Candy se quedó en silencio.

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