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Portada de la novela Siempre fuiste tú

Siempre fuiste tú

Tras casi veinte años de ausencia, el exitoso empresario Mateo Zabet se reencuentra con Elizabeth, el amor de su juventud. Pese a que él se alejó para respetar la relación que ella tenía entonces, verla de nuevo despierta pasiones que creía superadas. Aunque Elizabeth intenta resistirse por su matrimonio y sus hijos, Mateo está decidido a confesar lo que calló por décadas. Ahora, él busca recuperar a la mujer que siempre consideró su único y verdadero amor.
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Capítulo 5

Mateo:

Suspiro una vez más, odio esta sensación, el vacío en el que se ha convertido mi vida.

— No deberías sentirte culpable Maca, fui yo quien se equivocó, te obligue a estar conmigo, me aproveche de tu necesidad, quise llenar un vacío en mí y termine haciendo un lio aun mayor, además que te quise obligar a abortar y mejor dejo de hablar o patearas mi culo. — veo asombro en su mirada, creó que nunca me sincere tanto con ella y es que ¿cómo hacerlo? lo reconozco, me cuesta disculparme, me cuesta asumir mis errores y Macarena es el mayor error en mi vida, decido correr mi vista de su escrutinio y es cuando veo a Elizabeth morder su labio, nos está viendo, está ansiosa, pero ¿por qué? ¿Qué le preocupa? Si tan solo pudiera volver el tiempo atrás y no perderla de vista, si tan solo pudiera estar con ella y ser amado, quizás el dolor y peso en mi pecho no sería tal.

— Estas llorando. — el asombro de Maca me hace girar y al tocar mi mejilla descubro que es así, tengo una puta lagrima corriendo en mi mejilla, sé que fui egoísta en usar a Macarena, y luego lo animal que me comporte, pero todo era por Elizabeth, trataba de llenar un vacío que poco a poco me estaba matando, pero solo conseguí que Macarena me odiara y luego mi hijo.

— Debe ser que tengo cansada la vista. — jamás podría confesar lo mucho que me afecta que mi hijo me odie. La puerta se abre de repente y Elizabeth me ve aturdida y luego con enfado a Macarena.

— ¿Qué sucede aquí? — inquiere con voz exigente y el asombro debe ser notable en mi rostro ya que Elizabeth se remueve contrariada. — Perdón, digo… ¿Necesita algo señor Mateo? — a ti, cuantas veces lo tengo que decir, te necesito a ti a mi lado, por siempre.

— Nada, no pasa nada Elizabeth, solo tengo cansada la vista. — y tal vez el corazón y porque no el alma.

— En ese caso permítame cerrar un poco las cortinas y le traeré unas gotas para los ojos, y baje el brillo en su computador por favor, ¿desea que le pida un turno al oculista? quizás…

— Estoy bien Eli. — no puedo evitar que mi labio se mueva medio centímetro hacia arriba, lo máximo que cualquier persona vera de mi sonrisa y solo es por ella y su preocupación en mí, me reconforta, así de patético soy, el gran Mateo Zabet, se conforma con un poco de su atención. — No te preocupes, puedes ir a casa, luces cansada y estoy seguro de que tus hijos se alegraran que no te tenga hasta tarde trabajando. — huye Elizabeth, corre al refugio de tu hogar, dame un motivo por el cual no te secuestre y te lleve conmigo así sea a la fuerza, porque ni mi alma y mucho menos mi corazón soporta cuando tú te preocupas por mí.

— Bien, como diga, hasta mañana señor Mateo, que pase buena noche, trate de descansar su vista y … hasta luego señora. — dice con cierto recelo hacia Macarena que la ve sorprendida, Dios, estas latinas no saben disimular sus emociones, la observo, como estos últimos tres años, me pierdo en el bamboleo de su trasero, y suspiro sin poder evitarlo, la anhelo, siempre lo hice.

— Dios mío, ¡es ella! — me congelo, mi respiración queda atascada al ver el rostro de asombro de Macarena, me atrapo, ella lo sabe.

— No sé de qué hablas… — trato de salirme por la tangente.

— Es ella a quien nombrabas cuando...

— ¿Qué?

— Tú la llamabas Mateo, cada vez que estabas conmigo, le pedias que no te dejara, las veces que dormimos juntos me llamabas Elizabeth. — me descubrió, Macarena me descubrió, estoy jodido.

— No me alcanzara la vida para arrepentirme de lo que te hice. — juego la maldita carta de la culpa, que en parte es cierta, pero que ahora me servirá para que esta latina se olvide de todo y no le diga nada a mi madre que tengo a Elizabeth a solo unos pasos de mi o todo se saldrá de control.

— Mateo, yo ya te perdoné, hace mucho y sé que Baltazar lo hará…

— Baltazar. — dejo salir un suspiro aún más pesado, mi hijo es tan terco e idiota como yo, de tal palo, tal astilla, al menos eso dicen. — Lo buscare, no te preocupes Macarena, él podrá no reconocerme como padre, pero es mi hijo, yo lo encontrare.

Como cada día que dejo la empresa, conduzco hasta el hogar de Elizabeth, solo para ver la fachada de la casa y soñar con lo que ella pueda estar haciendo dentro, me siento como un maldito acosador, y es que lo soy, retomo el camino a mi mansión cuando las luces de su hogar se apagan, y es que hay una diferencia entre mi mansión y su hogar, y es eso, ella tiene un hogar, me repito una y mil veces, es mi mantra, la frase que me obliga a seguir cada día lejos de ella, no podría destruir su hogar, aunque este muriendo de amor, ella no me lo perdonaría y mis padres tampoco.

Quizás no sepan quien demonios soy, bien, se los explicare, soy Mateo Zabet, uno de los quintillizos que los medios de comunicación denominaron los niños dorados, aunque ahora de niño no tengo nada, creo que nacer en una familia como la mía te garantiza que los periodistas te seguirán, que la gente hable de ti y lo afortunado que eres al ser millonario, estupideces como esas, aunque es verdad que nací en cuna de oro y sonajeros de diamantes y es que mi padre fue el magnate más grande de joyas, Diamon aún se mantiene en la cabeza de la industria de joyería y diamantes, pero ahora es manejada por mi hermano mayor Eros, mientras que la mayor de mis hermanas está feliz mente casada, Zafiro, es esposa de un mafioso ruso, esa es otra cosa que atrae la atención sobre nosotros, la mafia, los asesinos, sicarios y empresarios, así está constituida mi gran familia, tres de los quintillizos están casados, somos los menores, mientras que Stefano y yo aún estamos solos, lo que me recuerda que debo llamarlo.

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