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Portada de la novela Si Tuviera Segunda Oportunidad

Si Tuviera Segunda Oportunidad

Elena muere traicionada en un hospital tras ser presionada por su marido, Ricardo, y su propio hijo para entregar sus bienes a una amante. Sin embargo, la vida le otorga un giro inesperado: despierta en el pasado, justo cuando Ricardo le pide matrimonio. Al descubrir que su amor era una farsa para usurpar su riqueza, Elena cancela el compromiso. Con el conocimiento del futuro, iniciará un plan implacable para cobrarse cada humillación recibida.
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Capítulo 2

El aire en la suite del hospital más caro de la Ciudad de México era espeso, cargado con el olor a antiséptico y a muerte inminente. Yo, Elena, yacía en la cama, con el cuerpo surcado por tubos que me mantenían artificialmente con vida. Mi respiración era un silbido débil, cada inhalación un esfuerzo monumental.

Frente a mí estaban los dos hombres por los que había sacrificado todo. Mi esposo, Ricardo, el magnate inmobiliario que yo había ayudado a levantar desde la nada, y mi hijo, Jorge, el joven empresario en ascenso que era el centro de mi universo.

Ricardo no me miraba. Sus ojos, antes llenos de una carisma que podía encantar a cualquiera, ahora estaban fijos en un fajo de papeles que sostenía en su mano. Su traje a la medida, impecable como siempre, parecía fuera de lugar en esta habitación de dolor.

"Elena, tienes que firmar."

Su voz era fría, sin rastro de la calidez que una vez fingió. Me empujó los papeles sobre la colcha. Era un acuerdo. Un documento que cedía todas mis acciones, todas mis propiedades, todo mi legado.

A ella.

A Camila. La joven y ambiciosa arquitecta que había aparecido en nuestras vidas como una brisa fresca y se había convertido en un huracán que lo arrasaba todo. La nueva "socia" de mi esposo.

Mis ojos se movieron lentamente hacia mi hijo. Busqué en su rostro un atisbo de compasión, de amor filial. No encontré nada. Solo una impaciencia mal disimulada.

"Mamá, por favor, solo firma."

Dijo Jorge, su voz era una copia de la de su padre.

"Camila es una visionaria. Es mi verdadera 'madre de negocios'. Tú... tú solo fuiste una socia operativa. Es hora de que dejes paso al futuro."

Cada palabra me atravesaba el pecho. Socia operativa. Después de noches sin dormir, de arriesgar mi propio patrimonio para financiar sus primeros proyectos, de usar mis contactos para abrirle puertas que para él estaban cerradas. Después de criar a un hijo mientras construía un imperio.

Una socia operativa.

Una risa seca y ahogada escapó de mis labios. El monitor cardíaco a mi lado aceleró su pitido.

Ricardo finalmente me miró. En sus ojos vi una sinceridad brutal, la sinceridad que solo se concede a los moribundos.

"Nunca te amé, Elena."

Confesó, y el mundo a mi alrededor se desmoronó.

"Mi matrimonio contigo fue un negocio. El mejor negocio de mi vida. Pero a quien siempre amé, a quien siempre deseé, fue a Camila. Desde el primer día que la vi. Tú solo eras el medio para conseguir el fin."

El pitido del monitor se convirtió en un chillido agudo y continuo.

Mi mano, temblorosa, cayó inerte a un lado. No firmé.

Morí con el corazón hecho pedazos, con el eco de su traición como última nana.

Oscuridad.

Silencio.

Y luego, un rayo de sol cálido en mi cara.

Abrí los ojos de golpe. El techo no era el blanco estéril del hospital. Era el techo familiar de mi antiguo departamento de soltera, con esa pequeña grieta que siempre prometí arreglar y nunca lo hice.

Me senté en la cama, el corazón latiendo con una fuerza que no había sentido en años. Miré mis manos. No eran las manos huesudas y pálidas de una enferma terminal. Eran mis manos de cuando tenía veinticinco años, fuertes, capaces.

Estaba viva.

Estaba joven.

Un golpe en la puerta me sacó de mi estupor. Me levanté, mis piernas se sentían extrañamente firmes. Caminé hacia la puerta y miré por la mirilla.

Mi corazón se detuvo.

Era Ricardo. Joven, radiante, con ese traje que tanto le gustaba y un ramo de mis flores favoritas en la mano. Y justo detrás de él, con una sonrisa tímida y llena de ambición, estaba Camila.

La fecha. Recordé la fecha. Hoy era el día. El día en que Ricardo me propuso matrimonio. El día en que Camila se unió a nuestro incipiente equipo como pasante.

El día que comenzó mi infierno.

Abrí la puerta.

"Elena, mi amor," dijo Ricardo, su voz era miel pura, veneno puro. Se arrodilló, justo como en mi recuerdo. "Cásate conmigo. Construyamos un imperio juntos."

Detrás de él, Camila me miraba con una mezcla de admiración y envidia. La misma mirada que mantuvo durante años, mientras me robaba a mi esposo, a mi hijo y mi vida.

En mi vida pasada, lloré de felicidad y dije que sí.

Esta vez, una sonrisa fría se dibujó en mis labios.

"No."

La palabra salió de mi boca, clara y firme.

Ricardo parpadeó, confundido. La sonrisa se congeló en su rostro. "¿Qué?"

"Dije que no, Ricardo," repetí, disfrutando de su desconcierto. "No me voy a casar contigo."

Me agaché hasta quedar a su altura, mirándolo directamente a los ojos.

"Pero," continué, mi voz era un susurro cortante, "estoy dispuesta a considerar una sociedad de negocios. Con términos muy claros. Y con una cláusula de salida muy estricta para ti."

Ricardo se quedó boquiabierto. Camila lo miraba, su expresión era una mezcla de sorpresa y cálculo. Ya estaba evaluando la nueva situación.

"Ahora, si me disculpan," dije, enderezándome y abriendo la puerta de par en par. "Tengo mucho trabajo que hacer para proteger mi futuro."

Los dejé en el pasillo, atónitos. Cerré la puerta y me apoyé en ella, mi cuerpo temblaba, pero no de debilidad, sino de una furia y una determinación heladas.

Momentos después, escuché sus voces a través de la delgada madera.

"¿Qué le pasa? ¿Está loca?" susurró Ricardo, su tono ya no era encantador, sino irritado.

"No te preocupes, mi amor," respondió la voz falsamente dulce de Camila. "Es solo un capricho. Una vez que la convenzas de la sociedad, la tendrás en la palma de tu mano. Ella es solo un escalón, ¿recuerdas? El dinero de su familia es lo que necesitamos. Una vez que lo tengamos, todo será nuestro."

"Confío en ti," respondió Ricardo, su voz se suavizó. "Eres mucho más inteligente que ella."

Apreté los puños con tanta fuerza que mis uñas se clavaron en mis palmas.

Escalón.

Esa era yo para ellos.

No esta vez.

Esta vez, yo no sería el escalón.

Yo sería el precipicio.

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