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Portada de la novela Si por contrato, Amor inesperado.

Si por contrato, Amor inesperado.

Sofía interviene para evitar que su amiga Catalina se case por error, pero su plan la cruza con el misterioso magnate Naven Fort. Él le ofrece un trato drástico: detendrá el enlace si ella accede a ser su esposa mediante un contrato. Con solo veinticuatro horas para decidir, Sofía se adentra en un vínculo gélido que pronto se carga de secretos y tensión. La situación se vuelve crítica cuando la ex de Naven regresa decidida a recuperar su posición.
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Capítulo 2

-¿Por qué yo? -preguntó con honestidad-. ¿Por qué ofrecerle matrimonio a una desconocida?

Naven sonrió levemente. Una sonrisa apenas curvada, más enigmática que reconfortante.

-¿Por qué no? No necesito amor, ni promesas eternas. Necesito un compromiso conveniente, discreto. Y tú... estás en deuda conmigo.

Sofía apretó los labios.

-¿Y si digo que no?

Él se inclinó un poco, sin invadirla, pero lo suficiente para que sintiera la presión de su presencia.

-Entonces, tu amiga será esposa de Meyer. Y créeme... él no es alguien a quien se le pueda rechazar más de una vez.

La amenaza no fue violenta, pero fue suficiente para helarle la sangre.

-¿Tengo tiempo para pensarlo? -susurró.

Naven asintió.

- Toda esta tarde. A las ocho de la noche, espero tu respuesta. Si no estás aquí... sabré que es un no, y el destino de tu amiga seguirá su curso. Después de todo no tengo nada que perder.

Sofía asintió lentamente.

-¿Puedo irme?

-Claro, nadie te detiene mucho menos yo lo haría -dijo él, dándose la vuelta como si ya hubiese perdido el interés-. La puerta está abierta.

Ella caminó hasta la salida. Antes de cruzar el umbral, se detuvo y volvió la vista atrás.

Naven Fort ya no la miraba. Estaba nuevamente de espaldas, como si lo que acababa de ocurrir no tuviera la menor importancia para él.

Pero Sofía... sabía que su vida acababa de cambiar o lo hará.

*

El camino familiar a la Universidad para Sofia esta vez se sintió pesada, pero sabía que antes de volver a dejar que sus pensamientos tomen el dominio absoluto ella tenía un examen.

El examen había terminado, pero Sofía no podía sentir alivio. La hoja entregada, el aula vacía, los profesores recogiendo materiales... todo parecía tan ajeno a ella. Sentía el zumbido persistente de un dolor de cabeza, quizás por la presión o por la falta de descanso, pero lo ignoró mientras recogía sus cosas.

Afuera, Madrid seguía bañada por esa luz dorada del atardecer, la misma que había observado desde la suite del hotel. Caminó sin rumbo fijo, sin responder los mensajes de sus hermanos ni de su madre, hasta que se encontró en un pequeño parque escondido entre edificios antiguos. Un rincón de tranquilidad en medio del caos.

Se sentó en una banca de madera, bajo un árbol cuya sombra la cubría por completo. Cerró los ojos. Respiró hondo.

Y pensó.

¿Qué estaba a punto de hacer?

Podía sentir el peso de su apellido como si la envolviera una manta demasiado pesada. Era una Morgan.

No solo una hija. No solo una hermana.

Hija de Alessandro Morgan, el hombre que había construido un imperio con disciplina y valores. Hermana de Aaron, líder nato, estratega implacable. Hermana de Alicia Michelle, brillante, carismática y con una mirada que siempre encontraba la verdad.

Y ella... ella era la pequeña Sofía.

La dulce, la noble. La que nunca decía que no si alguien necesitaba ayuda. La que siempre protegía a los que amaba.

Pero... ¿cuánto era capaz de sacrificar por los demás? ¿Hasta dónde llegaría su corazón?

Pensó en Catalina. Su mejor amiga, su hermana de alma. Recordó sus ojos llenos de miedo, su voz quebrada diciendo que no quería casarse. Y entonces, el rostro de Naven apareció en su mente como una sombra.

Frío. Insondable. Directo.

Le había dado solo una tarde. Una oportunidad. Una elección.

Pero también un riesgo.

Catalina no tiene a nadie, solo a unos tíos abusivos que se aprovechan de la vulnerabilidad de Catalina.

Y en ese momento lo supo. Lo entendió con esa certeza que nace del alma. Si alguien tenía que hacer algo para salvar a su amiga... sería ella. Se levantó lentamente. Tenía solo unas horas. Y un solo camino.

*

Sofía regresó al hotel con la decisión ya tomada. El recepcionista del hotel no le preguntó nada. Apenas la vio, hizo una breve llamada interna. Sofía pensó que tal vez la llevarían a la suite de Naven, o a alguna oficina. Pero no fue así.

Un guardia corpulento, vestido con traje negro y un auricular en la oreja, se acercó a ella.

-Señorita Morgan -dijo con tono neutro-. El señor Fort la espera en otro lugar. Venga conmigo.

Sofía no preguntó. Se limitó a asentir y seguirlo.

Subieron a un vehículo negro con cristales polarizados. El interior olía a cuero y madera pulida. Durante el trayecto, Sofía intentó calmar sus pensamientos. No sabía exactamente qué le esperaba... solo sabía que no había vuelta atrás.

El auto recorrió varios minutos por las afueras de Madrid. Finalmente, se detuvo frente a unas instalaciones que, por fuera, lucían como un club privado de élite. Grandes portones, seguridad estricta, cámaras en cada esquina. Al bajar, Sofía escuchó el sonido de relinchos y vítores a lo lejos.

-¿Es esto... un hipódromo? -preguntó en voz baja.

El guardia no respondió, solo la guió a través de una entrada lateral. Caminaron por un pasillo alfombrado en rojo, paredes adornadas con fotografías enmarcadas de caballos ganadores y trofeos de competiciones pasadas. Finalmente, se detuvieron ante una puerta custodiada por dos hombres más. Uno de ellos asintió y abrió.

El guardia habló por fin.

-Adelante, señorita. El señor Fort está en la terraza del nivel superior.

Sofía entró. El lugar era lujoso, con ventanales amplios que daban a las pistas de carrera. Mesas de cristal, sillones elegantes, pantallas gigantes que mostraban estadísticas. Había hombres y mujeres vestidos con trajes caros, copas de champán en las manos y risas artificiales. Era un mundo diferente. Frío. Superficial.

-¿Dónde está él? -preguntó, más para sí misma que a alguien en particular.

Una azafata le indicó con un gesto hacia una escalera dorada al fondo.

Subió.

La terraza era aún más impresionante. Privada. Aislada. Y desde allí, la vista a la pista era perfecta. Los caballos corrían en línea recta, levantando tierra. Se escuchaban aplausos.

Y entonces lo vio.

Naven Fort. De pie, apoyado en la baranda de vidrio, observando con atención la carrera. Llevaba un traje gris oscuro perfectamente cortado, la camisa negra desabotonada solo en el cuello. Tenía la postura de un hombre que no dudaba. Que dominaba todo lo que tocaba.

A su lado, una mujer deslumbrante le hablaba al oído. Rubia, delgada, con un vestido rojo ajustado que dejaba poco a la imaginación. Reía, tocándole el brazo con fingida familiaridad. Naven no la miraba. Ni siquiera parecía prestarle atención. Pero tampoco la apartaba.

Sofía se detuvo a una distancia prudente. Algo en su interior se encogió.

¿Ese era el hombre con quien debía casarse?

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