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Portada de la novela Si, Acepto

Si, Acepto

Lucas Cromwell, un exitoso CEO de treinta años cuya carrera se forjó entre engaños, enfrenta una crisis que pone en riesgo su puesto. Para salvar su posición, recurre a Camila Anderson, una joven madre divorciada de veinticinco años que despierta en él un interés inmediato. Pese a su amargo pasado sentimental, ella accede a fingir un matrimonio por conveniencia. Lo que comenzó como un trato frío se transforma cuando la convivencia aviva una pasión inesperada.
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Capítulo 3

Di que sí, por favor y te compro un helado

Sí, acepto

Habían pasado dos años desde que Camila había abandonado a su esposo, durante ese tiempo ella se vio haciendo mil malabares para poder mantener a su hija y cuando al fin consiguió algo de equilibrio económico se hizo a la tarea de investigar como divorciarse de su esposo, no quería tener que continuar siendo su esposa, odiaba llevar su apellido y aunque no podía quitárselo a su hija al menos cortaría el vínculo legal entre ellos.

Sin embargo, al iniciar el trámite descubrió que realmente ellos nunca se habían casado, su acta de matrimonio era falsa, entonces entendió que fue ella la que vivió siendo la amante de Santiago durante cuatro largos años, si tan solo le hubiese hecho caso a sus padres no habría tenido que pasar por todo eso, pero no se podía devolver el tiempo, solo seguir avanzando.

Camila sonreía al ver a su hija disfrutar de su helado, a pesar de que era una especie de niña superdotada, no dejaba de ser como cualquier otro niño de su edad, le gustaba jugar, hacer amistades en el jardín, era traviesa y le encantaban los dulces. Esa tarde se encontraban celebrando que la pequeña había sido aceptada en un colegio para niños con un IQ alto, el psicólogo que había evaluado a Sofía concluyó que el coeficiente intelectual de la niña era de ciento cuarenta y dos.

No obstante, con la felicidad venían las preocupaciones, si era cierto que Camila ahora tenía un trabajo que le permitía llevar una vida sin necesidades, la verdad es que no se podía dar el lujo de pagar la matrícula de una escuela tan costosa, ¿pero cómo le rompes los sueños a un hijo? ¿Cómo haces para cortar sus alas? Mientras observaba a la niña comerse su helado, en su cabeza realizaba cuentas viendo que debía sacrificar para poder pagar la mensualidad en dicho colegio.

—Cariño, hasta que te encuentro, te presento a mi jefe el señor Roberto Miller. —La voz masculina la sacó de sus cavilaciones y le hizo girar la cabeza en dirección de dos hombres.

Como un autómata, Camila tomó la mano que el hombre mayor le ofrecía y se sonrió al tiempo que pronunciaba su nombre. Sus ojos azules se dirigieron en paralelo al hombre que le había llamado cariño y se abrieron aún más, sintió que toda la sangre se le agolpaba en el pecho, dejándola tan pálida como un papel.

Ambos prospectos eran de buen ver, sin embargo, el más joven de los dos hizo que la boca se le secara al instante e intentara tragar saliva para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta. Cabello y ojos tan negros como el azabache, hombros anchos, un rostro cincelado y una sonrisa seductora que provocó un estremecimiento en el vientre de Camila y al mismo tiempo la dejó muda como una estatua.

—Es mucho más hermosa de lo que habías dicho Lucas —celebró su jefe—, y esta debe ser tu pequeña, ¿cierto? —inquirió haciendo que tanto Lucas como Camila giraran la cabeza en dirección de Sofía, que tranquila como el agua se saboreaba su delicioso helado de fresas.

La pequeña levantó hacia al trío de personas delante de ella una mirada con sus grandes ojos azules iguales a los de su madre, sonrió como cualquier otro niño, dando a entender que no entendía lo que sucedía, por lo que volvió a su tarea, lo único importante para ella en ese preciso momento.

—Si me disculpan un momento, iré a lavarme las manos, pueden ir ordenando —dijo el señor Miller rompiendo el silencio que se había formado en la mesa, siendo el único que había dicho más de dos palabras juntas desde que Camila pronunció su nombre.

—Vamos a esperarlo, es lo que solemos hacer como familia —contestó Lucas provocando que Camila enarcara una ceja.

Apenas desapareció de vista el señor Miller, Lucas tomó asiento al lado de Sofía y miró fijamente a Camila que, sin decir ni una sola palabra por miedo a que se notase el estremecimiento del que era víctima, le exigió con su mirada una explicación.

—Por favor, no digas nada y sígueme la corriente, mi jefe necesita conocer a mi esposa, prometo pagarte lo que me pidas —dijo Lucas en un tono suplicante, algo que usualmente no solía hacer.

Lucas era un hombre acostumbrado a dar órdenes y a seguirla solo de quienes eran superior a él, pero en ese momento entendía que su orgullo no lo llevaría a nada.

—¿Se ha vuelto completamente demente? Yo no lo conozco y tampoco tengo ganas de conocerlo o de ser la esposa de nadie —refutó alzando un poco la voz—, le aconsejo que busque otra forma de salirse del barro —agregó y tomó su bolso—, Sofía, nos vamos.

—Puedo pagarte mucho dinero —insistió, yendo por el lado en que su premisa siempre le guiaba: “todo el mundo tiene un precio”.

—No —espetó tajante y extendió la mano a Sofía, sin embargo, la niña no se movió ni un ápice—, Sofía, nos vamos ahora.

—Mami, dijiste que necesitábamos dinero —musitó la pequeña con claridad—, lo que ganas en tu trabajo no es suficiente para pagar mi colegio nuevo —agregó antes de darle otra lamida a su postre.

Lucas observó a la pequeña, sorprendido por la facilidad de razonamiento con la que habló.

—No, Sofía, no sabemos quién es este hombre y, por lo tanto, no podemos aceptar su dinero —alegó Camila, manteniendo una discusión con su hija de cinco años bajo la intensa mirada de un desconocido.

—No parece un hombre malo, y tú necesitas el dinero —insistió la niña.

Camila se quedó en silencio sopesando la posibilidad.

Sofía tiene razón, necesito pagar la matrícula, y para que ella pueda empezar a asistir tengo que comprar el uniforme y toda la lista de útiles que piden, además de pagar por adelantado los tres primeros meses, eso me daría oportunidad de ir reuniendo poco a poco el dinero para los siguientes pagos —pensó antes de tomar una decisión.

—Está bien, pero debe ser una muy buena cantidad o le cuento a ese señor la verdad —dijo dejándose caer de nuevo en su asiento.

Solo les dio tiempo de intercambiar sus nombres, por lo que cruzaron los dedos para que todo saliera bien y el señor Miller se creyera la mentira.

—Disculpe por mi reacción de hace un segundo, señor Miller…

—Llámeme Roberto, por favor. —La interrumpió el señor Miller con amabilidad.

—No, eso es una falta de respeto y tengo una hija a la que educar, es necesario que ella aprenda como debe comportarse con los adultos —alegó y continuó con su disculpa.

La comida se extendió por dos largas horas en la que el señor Miller parecía fascinado por la supuesta señora Cromwell y su hija, quien lo había impresionado con su soltura para hablar y la manera tan inteligente y educada en la que dirigió la conversación dos o tres veces que el jefe de Lucas le habló de manera directa.

—Camila, fue un gusto conocerte, me la pasé de maravilla y tu hija es exquisita, será la primera mujer presidente del país —bromeó y palmeó la cabeza de la niña—, el próximo sábado tendremos un baile en mi casa, me complacería mucho que pudieras ir y puedes traer a Sofía si no tienes con quien dejarla, estoy seguro de que se sabrá comportar con madurez. —Camila trago saliva al tiempo que Lucas escupió el café que se tomaba.

—No creo que pueda ir…

—Claro que iremos, Roberto, gracias por invitarnos —exclamó Lucas, antes de que su falsa esposa cometiera un error.

El jefe de Lucas se despidió, pero aunque lo escuchaba, la mente de Camila estaba imaginando todos los problemas que se iban a suscitar por haber accedido a los deseos de un desconocido, que provocaba que ella sintiera cosas que hacía mucho tiempo no sentía.

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