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Portada de la novela Sexland

Sexland

Faltando solo una semana para su matrimonio, una novia se entrega a un pacto singular con su prometido que despierta sus deseos más profundos. El escenario es una isla privada consagrada al erotismo, donde celebrará una despedida de soltera única. En este entorno de fantasías y búsqueda del placer máximo, ella vivirá una travesía adictiva. No obstante, el viaje reserva una sorpresa final que lo cambiará todo. ¿Estás lista para descubrir el secreto?
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Capítulo 3

Llegamos todas hasta la nombrada sala de masajes.

Al final habíamos convencido a Rommy para que viniera también, pues ella era fácil de convencer, solo que a veces era un poco intensa y se hacía de rogar.

Dijo que solo conocería al chico, que en su catálogo parecía guapo y pediría el masaje convencional. Sin tocamientos ni nada.

Era raro asumir que era guapo algún chico aquí, cuando justo por eso pagamos. Tíos macizos y que nos den caña. ¿A eso no es a lo que habíamos venido?

En fin, que bajamos de la casa y nos dirigimos por el sendero que indicaba la guía que parecía ya, mi amuleto, no la soltaba para nada. Es que me asombraba la cantidad de cosas que se podían hacer en Sexland, era todo tan increíble que resultaba pues eso... Increíble.

Dejamos el carrito que usábamos para movernos por el sitio, aparcado afuera y entramos todas.

— Que calor más infernal — se quejaba Lindsey, abanicandose con su sombrero — espero que me hagan un cunnilingus o algo, porque sino no me merece la pena venir hasta aquí, pudiendo estar fresquita en mi piscina.

— Las clientas mandan señorita. Tendrá lo que pide — mencionó un pedazo de tío justo detrás de ella que cuando se giró a verlo, casi hiperventila de la impresión.

— Que vergüenza das por dios, no sé cómo soy amiga tuya — protestaba Rommy.

— Hey guapo — decía mi hermana, palpando la piel de su torso espectacular — ¿no tienes un gemelo o algo que me dé un servicio a mi gusto?

— Perdona pero esto es mío — intervino Lindsey poniéndose territorial.

Todas, incluso el ejemplar humano que teníamos delante, reímos.

Habíamos ido en tanga y topless. No estábamos precisamente desnudas, pero casi. Unas batas semitransparentes por encima y a fin de cuentas, era la playa. Una playa un tanto especial, pero topless y tanga tampoco era para escandalizarse.

Una chica muy amable nos recibió, como correspondía y a pesar de que ya Lindsey se había ido con su masajista, nosotras completamos el proceso correctamente.

— Puede pedir el masaje que quiera o dejarse hacer el plus de la casa. Pase por favor — me dijo la rubia simpática y pasé, viendo cómo las chicas seguían hacia sus destinos, haciéndome señas vergonzosas.

Cuando entré, casi salto del susto.

Adentro, había un cristal enorme que daba al océano y se veía mucha gente liberal andando por la playa, evidentemente ajenas a mi vista privilegiada.

— ¿Hola? — dije esperando que hubiese alguien, pero nadie contestó.

Era todo blanco. Cortinas adornaban las paredes y flores aromáticas daban perfume al sitio. Un típico sillón de masajes, con la mesa al lado con lociones y un sofá con poco más era todo lo que allí había.

Avancé hasta el cristal y me perdí en las vistas.

Había un aire acondicionado notable, pero aún sentía mi piel arder.

Estaba pensando quitarme la bata que me cubría muy poco la verdad, hasta que una voz tremendamente varonil me detuvo.

— Tienes un cuerpo increíble. Muy trabajado — me giré a ver al portador de tan sensual voz y... ¡ Dios!, que hombre.

Moreno. Altísimo. Pelo largo, cayendo en sus hombros. Ojos tremendamente verdes y unos labios gruesos mordidos por unos prefectos dientes, me veían con deseo.

— Podría decir lo mismo de tí — dije, acercándome a él para saludarlo y romper el hielo.

Estaba usando solamente un cortisimo bañador y el resto de su anatomía me tenía al borde del babeo. Estaba potente este tío y cuando le ofrecí mi mano, para saludarnos, tiró de mí y me dió un pico húmedo, mordiendo mi labio al final del beso.

Me ericé toda.

— Hola guapa. Soy tu sexmonitor ¿Estás lista para mí o quieres cambiar?

— Que directo ¿no? — le dije tocando mis labios que antes el había mordido.

— Te aseguro que me estoy controlando. Suelo serlo todavía más.

No pude evitar mirar su miembro y se veía importante lo que llevaba ahí debajo.

Ambos sonreímos y negué, relamiendo mis labios en señal de aprobación.

— ¿Me darás tú el masaje?

— Por ahora sí — dijo, rozando mis caderas y levantando la bata que cubría mi cuerpo — pero te daré mucho más que masajes.¿Quieres el plus o algo convencional?

— El plus obviamente — respondí juguetona.

Cuando pasó por la altura de mis pechos, detuvo sus manos a los lados de ellos y rozó la piel, sin dejar de mirar como me sobresaltaba.

Dejó la prenda en el sillón que había a un costado de la mesa para masajes y se agachó delante de mí, quedando a la altura de mi ombligo su rostro y mirando el mío, metió los dedos dentro de mi tanga, por los lados y corrió con ellos sobre mi piel hacia alante y hacia atrás, hasta que empezó a bajarlos lentamente.

Sentía que me ardía la piel bajo su toque. Era increíble como podía excitarme con tan poco, estando tan enamorada como estaba de mi novio. Pero esto sería solo sexo y con Calum tengo mucho más que ganas primitivas.

— Túmbate boca abajo y abre un poco las piernas — dijo, subiendo con sus dedos por mi cuerpo y soltando el enganche de mi pelo, mirando mis ojos verdes como los suyos, justo después de sacarme el tanga.

Estar boca abajo, desnuda, con las piernas semi abiertas y con un tío como el, echándote loción para darte un masaje, no es fácil de resistir.

— Voy a enseñarte diversas técnicas para follar en los próximos días y volverás a casa, satisfecha y con ganas de poner en práctica todo lo que aprendas aquí, con tu novio.

Dijo, comenzando a masajear mis pantorrillas con destreza.

Subía y bajaba por mi piel, haciendo presión y me gustaba. Me encantaba.

— ¿Eres casado? — de pronto me pareció un trabajo un tanto peculiar el suyo.

— Sin preguntas personales — dijo, subiendo por mis muslos separados y llegando hasta mi vagina con su pulgar. Casi gimo y casi lo mete dentro — no debemos desarrollar acercamiento con las clientas — bajó su mano caminando de regreso por mi piel y cambio de muslo — no vienen aquí a enamorarse — siguió masajeando y yo calentandome — vienen a follar y aprender a follar mejor, mantengamoslo simple.

Estaba extasiada con aquel hombre resbalando por mi piel.

Cambio su sitio y en esta ocasión se puso delante de mi cabeza. Comenzó a masajear mi espalda, llegando hasta mis nalgas y con sus pulgares daba vueltas por ellas abriendo mi culo y rozando cuando bajaba, mi entrada en la vagina.

Me sentía húmeda y mi clítoris no dejaba de palpitar. En un momento que no ví venir el metió sus dedos entre mis piernas, apretó mi botón palpitante y me dijo con voz ronca — estás lista para empezar el masaje.

¿ Perdona?, ¿ No era eso lo que me había estado haciendo?

— Date la vuelta y abre un poco más las piernas — hice lo que me dijo y lo miré sin pena, estaba intrigada por ver qué haría — tu solo disfruta.

Comenzó a delizar sus dedos por entre mis pliegues, inclinandose sobre mí y sacando de mi sexo, todo el jugo de mi deseo. Subía las manos por mi abdómen y daba vueltas en mis pechos, pellizcando mis pezones suavemente y volvía a bajar haciendo el mismo recorrido de regreso.

Yo me mordía los labios cada vez que me tocaba el coño y me encorvaba un poco, sin poder abrir mis ojos del placer que estaba recibiendo.

— ¿Lo disfrutas? — preguntó acariciando mi cintura y deslizándose nuevamente hacia mi centro.

— ¡Mucho!

Después de pronunciar aquella palabra, solté un inevitable grito, cuando sus dedos índice y pulgar, comenzaron a masajear sin detenerse en ningún momento mi clítoris.

— Aguanta lo que puedas — decía sin dejar de estirar mi botón entre sus dedos y yo me aferré a la cama para no sacar su miembro y chuparselo allí mismo. Estaba muy cachonda — aguanta.

El repetía y repetía esa palabra y eso me hacía enloquecer mucho más. Sentía que el sabía que no podía más y quería provocarme más, marcando su técnica irresistible.

Mientras más me masajeaba el clítoris, más al borde me ponía y yo me encorvaba buscando que me besara los pechos o algo, pero el hacía muy bien su trabajo y no se dejaba llevar.

— Estás muy cerca.

¿Cómo lo sabía?

Yo sentía que me iba a morir allí mismo. Calor. Temblor en las rodillas. Sed. Palpitaciones y aquellos benditos dedos que no se detenían.

De pronto, soltó mi clítoris y deslizó dos dedos por los lados de él, haciendo que me tocara la entrada de la vagina, casi sin querer y sacando un poco de mi humedad, volvió a tomarlo entre los mismos dedos y empezó a masajear, estirar y provocar en solo quince o veinte segundos más, un tremendo orgasmo, que me dejó con sangre en la boca de la mordida que me había dado en un labio.

— Aguantaste bastante. Serás un excelente alumna — me dió un pico húmedo otra vez y dijo sobre mis labios, mientras yo trataba de controlar mi respiración — nos vemos esta noche en la galería de los orgasmos.

Y así de simple, salió de allí, dejándome completamente relajada y extasiada por el peculiar orgasmo que había recibido y aprendido y desde luego, Calum tendría que tomar nota, porque quería uno de estos al menos una vez por semana.

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