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Portada de la novela Seduciendo a mi enemiga

Seduciendo a mi enemiga

Victoria Kent, una ejecutiva de éxito, asume la dirección de Sutton International Design, dejando a Ethan Callaway sin el ascenso que tanto deseaba. Herido en su orgullo, el director de marketing inicia un plan de sabotaje para desplazarla y recuperar el poder. Mientras ella busca su apoyo profesional, él despliega una guerra de estrategias implacable. No obstante, la intensa rivalidad entre ambos pronto se transforma en un deseo prohibido que amenaza sus planes.
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Capítulo 3

―Ethan, me contenta que estés aquí, hijo ―Sutton, me abraza y me da un par de palmadas en la espalda― ¿Ya conociste a Victoria?

Respiro profundo. No es el momento de perder el control y comportarme como un idiota resentido. Debo mantener la mente fresca y controlarme mientras esa mujer ande en los alrededores.

―Bueno, conocerla no es la palabra correcta, ya que acaba de llegar ―expreso con pedantería―, pero imagino que tendré el tiempo suficiente para hacerlo, es lo que espero ―comienza el ataque. Quiero que sepa que no es bienvenida―. Encantado de conocerla, señorita Kent ―miento―. Espero que esté a la altura del puesto que ha venido a desempeñar y que el tiempo le alcance para demostrarlo.

Con mis palabras le envío, un mensaje claro y certero que espero haya captado. Sonó bastante fuera de lugar, lo admito, pero la intención no es ser condescendiente con ella, al contrario, espero que comprenda que, en mí, no encontrará a un amigo. Mucho menos a un aliado.

―Perdone… ¿Usted es?

El gesto contrariado que se dibuja en su lindo rostro de porcelana, indica que recibió el mensaje. Se ve enojada, pero sabe disimularlo como la buena actriz de cine que es. La he dejado fuera de lugar. Punto para mí. Puedo notar que mis palabras no han sido de su agrado.

―Soy el director de marketing de la empresa, Ethan Callaway.

Extiendo la mano para estrechar la suya. Estuve a punto de dejarla metida en el bolsillo de mi pantalón y hacerle un desplante, pero no es mi estilo. Al contrario, impongo la palma de mi mano en el saludo para indicarle que esta no es una declaración de buenas intenciones, sino una lucha por establecer jerarquía; que soy el que manda y ella es la intrusa.

―Encantada de conocerlo, Señor Callaway ―sonríe al saludarme, pero la tensión en sus hombros y ese pequeño gesto imperceptible en su ojo derecho, es la prueba inequívoca que sabe de qué va esto―, están de más las presentaciones, ya que estuvo presente en la reunión de empleados, por lo tanto, supongo está enterado de quién soy ―por supuesto que esperaba su ataque, está más que consciente que fui el único que no estuvo dispuesto a tenderse a sus pies como un perro faldero―. Además, debo aclararle, señor Callaway, que tengo decididas intensiones de quedarme en este lugar por mucho tiempo.

Pero mírenla pues. Arrojada, además de inteligente. Ha captado con total claridad la señal, sin embargo, hizo caso omiso de ella con gran aplomo. Le muestro una enorme sonrisa para no quedar en evidencia, puesto que, por dentro, estoy que me reviento de la rabia gracias a su desfachatez. Tampoco deseo que note lo furioso que me ha puesto. A cambio, me devuelve una sonrisa satisfecha para darme a entender que comprende con claridad de lo que va el jueguecito. Me dice que acepta el reto y que, con todo gusto, recoge el guante que acabo de lanzarle.

―Ethan, hijo ―Anderson interviene sin darse cuenta de lo que está sucediendo entre nosotros―, quiero dejar a Victoria a tu entera responsabilidad ―pero… ¡¡¿Qué narices?!!―, necesito le prestes toda la ayuda y colaboración que pueda necesitar en su proceso de adaptación en la empresa. Eres la única persona en la que confío para hacerlo ―entonces, ¿por qué carajos no soy el nuevo director ejecutivo?―. ¿Qué te parece si la llevas ahora mismo a dar un recorrido por las instalaciones de la empresa? ―me quedo mirándolo como si acabaran de salirle dos nuevas cabezas―, para comience a familiarizarse con el entorno.

¡Esto era lo único que me faltaba, convertirme en el maldito niñero de la arribista!

―Por supuesto, Anderson ―respondo con hipocresía―, con todo gusto llevo a nuestra nueva jefa dar ese recorrido ―lo digo con sarcasmo―. No vamos a permitir que se pierda en los corredores en su primer día en esta empresa.

¡Mátenme ahora mismo!

―No esperaba menos de ti, hijo ―indica emocionado―. Victoria, lamento despedirme de ti ―mi mentor toma sus manos entre las suyas y la mira con cariño, como muestra de afecto sincero―, pero tengo urgentes obligaciones que atender, te dejo en buenas manos.

Ella asiente, pero en el fondo puedo ver que no está a gusto con la idea. Pero pasa desapercibido antes lo ojos del viejo.

―Agradezco la enorme oportunidad, me siento como una más de la familia.

Estoy a punto de rodar los ojos por nueva ocasión, pero me resisto. Es una bruja aduladora.

―Por supuesto que lo eres, Victoria ―estoy a punto de sacar el móvil y poner música con violines de fondo ―. Ethan, Victoria es toda tuya.

Recibo un gran abrazo, luego se retira del salón no sin antes despedirse de todos los presentes. Respiro profundo y hago lo que el viejo me encargó. De mala gana.

―Señorita Anderson… cuando guste.

Sonrío de manera cínica, al mismo tiempo en que hago un gesto para indicarle que camine adelante. No tiene la más mínima idea de que estoy dispuesto a darle un recorrido inolvidable. Uno que no va a olvidar en mucho tiempo.

Su entrecejo se frunce debido a la desconfianza que le genera la falsa amabilidad que le muestro, sobre todo, después de la manera en la que la he tratado. Endereza su cuerpo con altivez y levanta su barbilla con altanería antes de comenzar a moverse. La sigo de cerca, sin dejar de notar ese precioso y terso trasero que se gasta y el delicioso contoneo de sus dulces caderas al andar. Esta mujer tiene una hermosa figura llena de curvas en los lugares adecuados. Que sea una arribista no quita que la condenada mujer está más buena que comer con los dedos. Además, hay que ser un ciego para no ver que esa mujer es todo un monumento.

Mientras seguimos caminando mantengo la mirada fija en el precioso reloj de arena que llevo delante de mí. No puedo apartar mi vista de ella por más que luche por hacerlo. ¿Dije luchar? Río y niego con la cabeza. No pienso privar a mis ojos del fascinante paisaje; ni imbécil que fuera.

Mis díscolos pensamientos son súbitamente interrumpidos cuando con un movimiento brusco se detiene y me hace chocar contra su espalda. Se voltea con actitud molesta, pero antes de decir o hacer lo que tiene pensado, da un vistazo rápido para comprobar que no hay nadie más por los alrededores. Luego se acerca lo suficiente, tanto que, puedo sentir su aliento dulce golpear contra la piel de mi rostro.

―¿Qué te parece si nos quitamos las máscaras y arreglamos este asunto de una vez por todas?

¿Qué demonios?

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