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Portada de la novela Secretos de Padres y Amores Rotos

Secretos de Padres y Amores Rotos

Logré notas impecables para estudiar medicina, pero mis padres convirtieron mi triunfo en un infierno de cautiverio y maltrato. Tras ser drogada y golpeada para evitar que hiciera mi examen de ingreso, una sospecha sobre mi verdadera identidad comenzó a atormentarme. En medio de esta violencia, surge un deseo de rebelión. Mi única pista es un extraño folder amarillo que guarda la clave de mi origen y la razón de mi oscuro destino familiar.
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Capítulo 2

Recibí la boleta de calificaciones finales y sentí que el corazón se me salía del pecho. Todo eran dieces. Era la mejor estudiante no solo de la escuela, sino de todo el estado. La maestra me abrazó fuerte, sus ojos brillaban de orgullo.

"Sofía, vas a ser una doctora increíble. No tengo ninguna duda."

Sonreí, sentí el papel en mis manos, era la prueba de todo mi esfuerzo, de las noches sin dormir, de los fines de semana estudiando. El examen de admisión a la universidad era en una semana, y estaba más que lista. Era mi sueño, mi única meta: estudiar medicina.

Llegué a casa corriendo, agitando la boleta en el aire.

"¡Mamá, papá! ¡Miren!"

Mi madre, Elena, tomó el papel. Lo miró sin ninguna expresión. Mi padre, Ricardo, ni siquiera se volteó. Estaba sentado en el sillón, con la mirada perdida en la pared. La alegría se me empezó a escurrir del cuerpo.

"¿No están felices?", pregunté en voz baja.

Mi madre me devolvió la boleta y suspiró.

"La cena está lista", fue todo lo que dijo.

La semana pasó en un silencio tenso. Cada vez que mencionaba el examen, mis padres cambiaban de tema o simplemente me ignoraban. La noche antes del gran día, no pude dormir por los nervios y la emoción. Me levanté temprano, me puse mi mejor ropa y bajé a la cocina, lista para irme.

Mi padre estaba bloqueando la puerta de salida. Mi madre estaba a su lado, con los brazos cruzados.

"¿Qué pasa? Se me va a hacer tarde", dije, intentando pasar.

Mi padre me agarró del brazo. Su mano era fuerte, me dolió.

"No vas a ir a ningún lado, Sofía."

"¿Qué? ¿Por qué? Es el examen de admisión, lo saben."

"No irás. Fin de la discusión", dijo mi madre, su voz era dura como una piedra.

Intenté soltarme, pero mi padre me apretó más fuerte. Me arrastraron hasta mi cuarto. Grité, pataleé, pero no sirvió de nada. Me aventaron a la cama y salieron. Escuché el sonido de la llave girando en la cerradura desde afuera. Estaba encerrada.

Golpeé la puerta hasta que mis nudillos sangraron.

"¡Déjenme salir! ¡Por favor! ¡Es mi futuro!"

Nadie respondió. Lloré por horas, hasta que el sol se metió y supe que había perdido mi oportunidad.

Hubo una segunda fecha para el examen, un mes después. Durante ese mes, mis padres actuaron como si nada hubiera pasado. Me hablaban, me servían la comida, pero sus ojos estaban vacíos. Yo no les hablaba. Solo estudiaba, me preparaba con más furia que antes. No me iban a detener otra vez.

La noche antes del segundo examen, mi madre entró a mi cuarto con una taza de té.

"Te veo muy tensa, mi'ja. Tómate esto, te ayudará a dormir bien."

Desconfié, pero la vi a los ojos y por un segundo vi a mi mamá de antes, la que me leía cuentos. Acepté la taza y me la tomé. Sabía amargo.

"Gracias, mamá."

Ella solo asintió y salió.

Me desperté y el sol ya estaba alto. Me dolía la cabeza. Miré el reloj. Eran las tres de la tarde. El examen había terminado hacía horas. Me habían drogado. La desesperación era un pozo frío en mi estómago. Esta vez ni siquiera lloré. Solo me quedé mirando el techo, sintiendo el odio crecer dentro de mí.

La tercera y última oportunidad era en dos meses. Esta vez, no iba a confiar en nadie. Me preparé en secreto. Hice una copia de la llave de mi cuarto y la escondí. Planeé mi escape. No comería ni bebería nada que ellos me dieran el día anterior.

La mañana del examen, me desperté antes que nadie. Me vestí en silencio y me deslicé fuera de mi cuarto. Estaba a punto de abrir la puerta principal cuando una mano me tapó la boca por detrás. Era mi padre. Mi madre estaba ahí, con una soga en las manos.

Me ataron las manos y los pies. Me pusieron un trapo en la boca. Me sacaron de la casa a rastras y me metieron en la cajuela de nuestro viejo coche. El viaje fue una tortura, olía a gasolina y a tierra. Sentía cada bache en mis huesos.

Cuando el coche se detuvo, me sacaron y me llevaron a una casa abandonada en medio de la nada. Me encerraron en un cuarto oscuro y húmedo.

"Aquí te vas a quedar hasta que entiendas", dijo mi padre antes de cerrar la puerta con un candado.

Pero esta vez yo tenía un plan. Había logrado esconder una pequeña navaja en la costura de mi pantalón. Me tomó casi una hora, pero logré cortar las sogas. Forcé la ventana vieja y oxidada y salí. Corrí sin mirar atrás, corrí como si mi vida dependiera de ello.

Llegué al lugar del examen justo a tiempo, sucia, sudada y con rasguños por todas partes. La gente me miraba raro, pero no me importó. Presenté el examen. Mi mente estaba clara, las respuestas fluían. Sabía que lo había hecho bien.

Al salir, sentí una mezcla de triunfo y terror. No quería volver a casa, pero no tenía a dónde más ir.

Cuando llegué, mis padres me estaban esperando en la sala. La cara de mi padre era una máscara de furia.

"¿A dónde crees que fuiste, maldita escuincla?", gritó.

Antes de que pudiera responder, se quitó el cinturón. Mi madre solo se sentó en el sofá y se tapó la cara con las manos.

Me golpeó. Me golpeó con el cinturón una y otra vez, hasta que caí al suelo.

"¡Te dijimos que no fueras! ¡Nunca aprendes!", gritaba con cada golpe.

El dolor era insoportable. Sentía la piel arder. De repente, el timbre sonó. Una vecina, doña Carmen, había escuchado los gritos.

"¡Elena, Ricardo! ¿Qué está pasando? ¡Abran la puerta!"

Mi padre se detuvo, jadeando. Mi madre se levantó y fue a abrir.

"No es nada, Carmen, solo un problema familiar."

"¡Estoy escuchando los gritos! ¡Esa es Sofía!", insistió la vecina, asomándose por la puerta. Me vio en el suelo, llorando. Su cara se llenó de horror.

Entonces, mi padre caminó hacia un cajón, sacó un folder amarillo y se lo entregó a doña Carmen. Ella lo abrió, leyó el papel que estaba adentro. Su expresión cambió por completo. El horror se convirtió en algo más, algo que no pude descifrar. ¿Pena? ¿Desprecio?

Miró el papel, luego me miró a mí en el suelo, y finalmente a mis padres.

"Ah", dijo en voz baja. "Ya entiendo. Discúlpenme. No debí meterme."

Se dio la vuelta y se fue, cerrando la puerta detrás de ella. Me quedé ahí, en el suelo, más confundida y rota que nunca. ¿Qué había en ese papel? ¿Qué podía ser tan terrible como para que una persona viera a una niña golpeada y decidiera que estaba bien?

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