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Portada de la novela Secretos de Padres y Amores Rotos

Secretos de Padres y Amores Rotos

Logré notas impecables para estudiar medicina, pero mis padres convirtieron mi triunfo en un infierno de cautiverio y maltrato. Tras ser drogada y golpeada para evitar que hiciera mi examen de ingreso, una sospecha sobre mi verdadera identidad comenzó a atormentarme. En medio de esta violencia, surge un deseo de rebelión. Mi única pista es un extraño folder amarillo que guarda la clave de mi origen y la razón de mi oscuro destino familiar.
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Capítulo 3

Tirada en el suelo, con el cuerpo ardiendo por los cintarazos, levanté la vista hacia mi madre.

"¿Por qué?", susurré, la garganta me dolía de tanto gritar. "¿Por qué me hacen esto? Solo quiero estudiar."

Mi padre se acercó y me jaló del pelo para que lo mirara.

"Porque no entiendes, Sofía. Hay cosas más importantes que tus estúpidos sueños."

"¿Qué puede ser más importante que mi futuro?", grité, la desesperación me daba una fuerza que no sabía que tenía.

"¡Cállate!", me gritó mi madre, y por primera vez, fue ella la que me dio una bofetada. El golpe me volteó la cara y me dejó un zumbido en los oídos. Me quedé en silencio, más por la sorpresa que por el dolor. Mi propia madre.

La discusión había atraído a más vecinos. Pronto, había un pequeño grupo de personas en nuestra puerta, todos con caras de preocupación. El señor Juan, el de la tiendita, intentó razonar con mis padres.

"Ricardo, Elena, cálmense. Es solo una muchacha. No hay que llegar a estos extremos."

"Usted no sabe nada, Juan. No se meta en lo que no le importa", respondió mi padre con los dientes apretados.

"Todos aquí conocemos a Sofía", dijo otra vecina, Marta. "Es una buena niña, la más lista de la colonia. ¿Qué pudo haber hecho para que la traten así?"

Sentí una pequeña chispa de esperanza. No estaba sola. La gente estaba viendo lo que pasaba.

Pero entonces, mi madre, con una calma que me heló la sangre, volvió a tomar el folder amarillo. No dijo una palabra. Simplemente se lo mostró al señor Juan. Él lo leyó. Su cara se arrugó en una mueca de confusión, y luego de comprensión. Le pasó el papel a Marta. Ella lo leyó y jadeó, llevándose una mano a la boca.

El folder pasó de mano en mano. Con cada persona que lo leía, la reacción era la misma. La preocupación en sus rostros se borraba y era reemplazada por una mirada de lástima y distancia. Empezaron a murmurar entre ellos.

"Pobres Ricardo y Elena, con razón."

"No lo sabía, qué terrible."

"Ahora todo tiene sentido."

Me miraban a mí, pero ya no con compasión. Me miraban como si yo fuera una cosa rota, un problema, una vergüenza. Uno por uno, se fueron disculpando.

"Mejor nos vamos."

"Sí, esto es un asunto privado."

"Que se mejore la niña."

En menos de cinco minutos, ya no quedaba nadie. La puerta se cerró y yo me quedé sola de nuevo con mis verdugos, en un silencio que era peor que los gritos. La pequeña chispa de esperanza se había apagado. Estaba completamente sola.

El día que salieron los resultados del examen, mi padre entró a mi cuarto. Yo no había salido de ahí desde la golpiza.

"No entraste", dijo, su voz plana. Dejó el periódico sobre mi cama.

Abrí la sección de admisiones con manos temblorosas. Busqué mi nombre. No estaba. Busqué y busqué, pero no estaba. En el lugar que debía ser mío, en la carrera de medicina, con el puntaje más alto, había otro nombre: Valeria Torres. No lo podía creer. Estaba segura de haber contestado todo bien. Era imposible.

Me derrumbé. Era el fin. Todas mis esperanzas, todos mis sacrificios, todo mi dolor, para nada. Lloré hasta quedarme sin lágrimas, un llanto seco y amargo. Mis padres ni siquiera intentaron consolarme. Para ellos, el asunto estaba cerrado.

En los días que siguieron, mi mente no paraba de dar vueltas, buscando una explicación. ¿Por qué me odiaban tanto? ¿Por qué preferían verme destruida a verme triunfar? Empecé a pensar en locuras. Tal vez no eran mis verdaderos padres. Tal vez me habían adoptado y se arrepentían. Era la única explicación que mi cerebro podía encontrar para justificar tanto odio. Una familia normal no le haría eso a su propia hija. No podía ser.

Me aferré a esa idea, a esa fantasía. Me daba un extraño consuelo pensar que en algún lugar del mundo, mis verdaderos padres me estarían buscando, que ellos sí estarían orgullosos de mí.

Pero la realidad era la que era. Estaba atrapada en esa casa, con esas dos personas que me habían dado la vida solo para quitármela pedazo a pedazo. La desesperación era abrumadora, pero debajo de ella, una pequeña brasa de rebeldía se negaba a extinguirse.

No. No me iba a rendir. Si no podía entrar a esa universidad, buscaría otra. Si tenía que esperar un año, esperaría. Trabajaría, juntaría dinero y me iría de esa casa. No iban a ganar. Iban a ver de lo que era capaz Sofía. Me levanté de la cama, me miré en el espejo. Estaba más delgada, con ojeras profundas y moretones que apenas se desvanecían. Pero mis ojos, mis ojos todavía tenían fuego.

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