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Portada de la novela Secretaria por accidente

Secretaria por accidente

Clara buscaba un empleo administrativo sencillo, pero un error en el sistema la convierte inesperadamente en la secretaria de Alexander Del Valle, un director ejecutivo sumamente exigente. Aunque no tiene experiencia previa, su persistencia logra que el frío empresario le dé una oportunidad. Entre intrigas laborales y enemigos ocultos, nace una conexión profunda que revive viejas heridas. Un intenso choque de voluntades que transformará sus destinos.
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Capítulo 3

Clara había sobrevivido su primer día. A duras penas.

Y eso, para alguien que nunca había trabajado en una empresa con más de cinco empleados, ya era todo un logro.

Regresó a su pequeño apartamento esa noche con los pies destruidos, una lista de tareas que no entendía del todo, y la certeza de que dormiría con pesadillas sobre café derramado y agendas imposibles.

Pero lo que más le daba vueltas en la cabeza era él.

Alexander Del Valle.

Ese hombre parecía haber sido diseñado para intimidar. Frío, meticuloso, con un tono de voz que sonaba a dictado final. Y aun así, había algo en él… algo que hacía que Clara no pudiera evitar mirarlo con una mezcla de fascinación y rabia.

Al día siguiente, llegó incluso más temprano. Esta vez trajo su propio termo de café, por si acaso, y un par de galletas escondidas en su bolso. Aún no entendía del todo su rol, pero sí sabía una cosa: no iba a permitir que la despidieran sin al menos intentarlo.

Justo a las 7:15 a.m., el ascensor se abrió y apareció Julián, el asistente jurídico del piso. Siempre vestido de manera impecable, y con un tono de voz suave pero seguro.

—Clara, ¿puedes pasar a la sala de reuniones pequeña? Necesitamos tu firma en los documentos de ingreso formal.

—¿Mi firma?

—Sí, Recursos Humanos lo aceleró. El sistema ya te tiene registrada, pero falta tu rúbrica para completar el expediente.

Clara lo siguió con una expresión extrañada. El día anterior, Alexander había dicho que su contrato ya estaba procesado por el sistema, pero ella no había firmado nada. Supuso que, en medio del caos, ese pequeño detalle había quedado pendiente.

Entró en una sala de cristal con una mesa larga. Sobre esta, una carpeta gruesa y una pluma estilográfica esperaban.

—Lee si lo necesitas, pero es un contrato estándar de confidencialidad y funciones. Te da acceso a las plataformas internas, correo institucional, y establece tu relación directa con dirección general —explicó Julián, como si recitara algo aprendido de memoria.

Clara abrió la carpeta. La primera página tenía su nombre completo, número de identificación, y el cargo: Asistente Personal del CEO.

Sintió una punzada en el estómago.

—¿Puedo hacer una pregunta? —dijo, alzando la mirada.

—Por supuesto.

—¿Nadie se dio cuenta de que esto fue un error? Yo no apliqué a este puesto. Ni siquiera tengo el perfil.

Julián sonrió como si ya hubiera escuchado eso mil veces.

—El sistema cruzó datos erróneamente, sí, pero el contrato está aprobado por el mismo CEO. Y si Alexander Del Valle firma algo… rara vez se echa atrás.

Clara tragó saliva. Miró el documento otra vez.

Ahí estaba su nombre, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar. Como si toda su vida hubiese sido una antesala para sentarse justo frente a esa carpeta.

—¿Qué pasa si no firmo?

—Tendría que reportarlo. Pero legalmente, ya estás contratada. Solo falta formalizarlo por escrito. Aunque claro… —bajó la voz—, si tú decides no firmar, puede interpretarse como una renuncia tácita.

Clara se quedó en silencio unos segundos. Lo lógico era dar las gracias, sonreír educadamente y salir corriendo. Buscar un trabajo más adecuado. Más seguro. Más… normal.

Pero algo dentro de ella —una mezcla de orgullo, terquedad e instinto— le impidió levantarse.

Tomó la pluma. Sintió su peso entre los dedos. Firmó.

Cuando su rúbrica quedó estampada al pie de la página, algo cambió.

No solo en el documento.

También en ella.

Horas después, mientras organizaba unos informes de proyectos pendientes, Alexander apareció en su escritorio.

—¿Firmó?

Clara asintió.

—Sí.

—Bien. Entonces ahora es oficialmente mi asistente personal.

—¿Oficialmente por error o por convicción?

Él ladeó ligeramente la cabeza, como si la pregunta lo hubiese tomado por sorpresa. Luego respondió:

—No suelo mantener errores cerca… a menos que sean interesantes.

Clara no supo si eso era una advertencia o un cumplido, así que optó por no responder.

Alexander dejó un sobre manila sobre su escritorio.

—Estudio esto para mañana. Tiene instrucciones sobre protocolos de confidencialidad, contactos clave, estructura jerárquica y mi calendario personal.

—¿Todo esto para mañana?

—Sí.

—¿Debería llevármelo a casa?

—¿Planea dejar de ser mi asistente fuera del horario laboral?

Ella lo miró con los ojos entrecerrados.

—¿Siempre es así de encantador o solo conmigo?

Alexander la observó unos segundos… y luego, para su sorpresa, soltó una breve risa por la nariz. Apenas un soplo.

—Tengo mis momentos.

Se giró sin más y entró a su oficina. Clara lo siguió con la mirada, confundida.

Ese hombre… era un rompecabezas. Uno difícil. Uno de esos que te hacen pensar que sobran piezas o que el fabricante se equivocó. Pero lo que más la inquietaba no era su frialdad, sino ese destello fugaz de humanidad que a veces se asomaba por debajo de su armadura de CEO.

Esa noche, en su apartamento, Clara se sentó en la cama con la carpeta abierta sobre las piernas. Las hojas estaban llenas de instrucciones, códigos internos, normas no escritas y horarios de locura.

Pero lo más curioso estaba al final: una lista titulada “Reglas personales de Alexander Del Valle”.

No me interrumpas cuando hablo.

No llegues tarde. Nunca.

No supongas. Pregunta.

No revises mi agenda sin permiso.

No toques mi café si no sabes hacerlo bien.

No hables con la prensa. Ni un susurro.

No me hagas perder el tiempo.

No me mires como si me entendieras.

No me contradigas en público.

No olvides que todo error… tiene consecuencias.

Clara soltó una carcajada.

—Parece el manual de un villano de película —murmuró.

Luego tomó una lapicera azul y, sin pensarlo demasiado, escribió debajo:

“¿Y si rompo todas?”

Se recostó en la almohada, cerró los ojos… y por primera vez en mucho tiempo, sonrió con ganas.

Porque ahora sí era oficial: estaba dentro. Aunque no sabía si eso significaba su ascenso… o su sentencia.

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