Portada de la novela Santuario Prohibido

Santuario Prohibido

8.4 / 10.0
En la novela Santuario Prohibido, Valentina debe proteger su orfanato de Dorian, un implacable líder criminal. Al aceptar un pacto oscuro, arriesga su fe en este intenso mafia romance books. Una mystery story de poder y sacrificio ideal para quienes buscan read novels online de calidad.
Resumen de Santuario Prohibido
En los rincones más oscuros de Nápoles, Valentina intenta proteger su orfanato de la destrucción. Su vida cambia drásticamente cuando Dorian, el temido Fantasma de la Mafia, decide amenazar su refugio. Obligada a evitar la ruina, ella acepta un pacto sombrío que desafía sus principios y su pureza. En medio de riesgos y deseos prohibidos, Valentina entregará su destino a un juego de traición donde la redención y el peligro se funden de forma inevitable.
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Santuario Prohibido Capítulo 1

VALENTINA

La tormenta cae sobre Nápoles como un juicio antiguo. Los relámpagos rasgan el cielo y, por un segundo, iluminan los callejones empapados de secretos, de sangre y de pecados que nadie confiesa. El trueno sacude los muros de la iglesia y hace vibrar los vitrales. Yo permanezco de rodillas, con las manos juntas, repitiendo oraciones que esta noche no consiguen calmarme.

Entonces la puerta se abre de golpe.

El estruendo de un cuerpo al caer sobre la piedra rompe el silencio sagrado. El sonido resuena por la nave vacía como una blasfemia. Alzo la cabeza con el corazón detenido en el pecho.

Lo veo. Un hombre yace en el suelo, empapado de sangre, la camisa abierta, la respiración rota. Sus labios están pálidos, pero sus ojos... sus ojos me atraviesan. Cuando nuestras miradas se cruzan, algo dentro de mí se estremece, como si una cuerda invisible hubiera sido tensada de repente.

No es solo miedo lo que siento. Es algo más peligroso, algo que no sé nombrar.

Me acerco despacio, levantando la vela. La luz revela un rostro duro, marcado, pero no cruel. Hay fuerza en él, una fuerza oscura, indomable. Y, al mismo tiempo, una dulzura inesperada, casi dolorosa, como si estuviera acostumbrado a no ser visto.

-¡Dios bendito! Estás herido -susurro, arrodillándome junto a él.

-No tienes que ayudarme -responde con una voz áspera y profunda, cargada de cansancio.

-Aquí nadie se queda sin misericordia -contesto, sorprendida por la firmeza de mis propias palabras.

Me inclino hacia él.

-Déjame ayudarte.

Paso su brazo por encima de mis hombros y lo ayudo a incorporarse.

-¿Por qué eres tan necia? -gruñe.

-Porque soy sierva de Dios -respondo, mientras su peso cae sobre mí-. Y debo proteger a todos los que buscan refugio en su santuario.

Es pesado. Fuerte. Su cuerpo tiembla, pero no cede.

-Entré por error a este maldito lugar.

-Aunque maldigas esta casa, estás a salvo dentro -le digo-. Aquí Dios solo ofrece misericordia.

-Si vuelves a pronunciar su nombre, juro que te mataré -murmura con dificultad, mientras su respiración choca contra mi cuello.

Mi pulso se acelera.

Lo llevo, paso a paso, hasta una banca cercana al altar. Cada movimiento es lento, compartido, íntimo de una manera que me quema por dentro. Cuando se sienta, apenas logra mantenerse erguido.

Me quito el pañuelo del cuello con manos temblorosas y presiono su herida. La sangre tibia empapa la tela. Mis dedos rozan su piel firme, caliente.

-Mantén la presión -le indico, colocando su mano sobre el pañuelo.

Un gemido bajo escapa de su boca y se me clava en el vientre.

-Si me encuentran aquí... -murmura.

-Entonces diré que fue mi decisión -respondo sin pensarlo.

Me observa con una mezcla de incredulidad y algo más. Algo intenso. Peligroso.

-Estás loca, monja -dice-. ¿Sabes quién soy?

Un golpe resuena en la puerta lateral.

El miedo me sacude de pies a cabeza. Sin pensarlo, llevo uno de mis dedos a sus labios para silenciarlo. El contacto es breve, eléctrico. Luego lo arrastro hasta uno de los pilares y lo escondo tras él, cubriéndolo un segundo con mi propio cuerpo, como si pudiera protegerlo de todo.

Los pasos del intruso se acercan.

-Sal con las manos en alto o disparo, Dorian -ordena una voz masculina.

Sin dudarlo, camino hacia el intruso con la vela en alto.

-Está prohibido entrar a estas horas. La iglesia está cerrada.

-Dile al hombre que te acompaña que salga o te mataré primero.

-Aquí no hay nadie más que yo -respondo- y mis oraciones.

El hombre armado me mira con burla. Señala la mancha de sangre en mi hábito.

-Hermana... se supone que ustedes no mienten. ¿Por qué proteger a un hombre peligroso?

-Solo respondo ante Dios -digo con calma.

El hombre se acerca de golpe. Cierro los ojos, como si ese gesto pudiera ser mi mejor escudo.

Entonces el disparo estalla detrás de mí.

El cuerpo cae al suelo.

Cuando giro, él está de pie, tambaleándose, con el arma aún humeante en las manos. Me mira como si yo fuera algo sagrado... o algo que nunca debió tocar.

-Pudiste dejarme morir -dice.

-No podía.

Da un paso y se desploma contra mí, lo sujeto con todas mis fuerzas. siento su calor, su fuerza, su vulnerabilidad. Mis manos se aferran a su espalda sin permiso de mi mente.

Su rostro queda a centímetros del mío. Veo cada línea de su expresión, cada sombra.

-Nunca nadie me ha mirado así -susurra.

-¿Así cómo? -pregunto, apenas consciente de mi voz.

No responde.

Sus labios encuentran los míos.

El beso no es violento. Es profundo. Lento. Como si el tiempo se detuviera para observarnos pecar. Mis labios se abren sin resistencia. Su boca es cálida, firme, exigente sin ser brusca. Me besa como si necesitara aferrarse a algo vivo.

Siento su mano deslizarse hasta mi cintura. Sus dedos aprietan con cuidado, con deseo contenido. Mi cuerpo responde antes que mi fe. El hábito deja de existir. La iglesia desaparece. Solo existimos él y yo, respirando el mismo aire, compartiendo el mismo temblor.

El beso se vuelve más intenso. Más profundo. Su lengua roza la mía y el mundo se vuelve peligroso. Mis dedos se clavan en su espalda. Siento su cuerpo reaccionar, tenso, vivo, deseándome de una forma que me hace arder por dentro.

Cuando nos separamos, nuestras respiraciones están mezcladas. Su frente descansa un instante contra la mía. Su pulgar roza mis labios.

-Te debo algo más que la vida -murmura-. Y algún día vendré a cobrar lo que ahora no puedo tomar.

Se aparta lentamente, como si arrancarse de mí le doliera. Retrocede hacia la oscuridad justo cuando el padre Vittorio aparece con otra vela, alarmado por el disparo.

Y yo me quedo allí, temblando frente al altar, sabiendo que acabo de permitir que el pecado me mire a los ojos... y me reconozca como suya.

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Tabla de contenidos de Santuario Prohibido

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