Portada de la novela Casi Perfecto

Casi Perfecto

8.3 / 10.0
En Casi Perfecto, una abogada busca justicia hasta que conoce a Enko, un asesino que oculta su identidad criminal. Esta mafia romance books explora una traición peligrosa y la lucha por sobrevivir. Descubre esta novela de romance novel con acción y misterio en nuestra plataforma de web novel.
Resumen de Casi Perfecto
Madison es una abogada comprometida que ignora que su vida cambiará tras conocer a Enko Bogoloski. Este letal asesino finge ser el hombre perfecto para seducirla, ocultando un origen oscuro donde la felicidad es imposible. Entre mentiras y riesgos mortales, él sufrirá la traición de la mujer que ama. El conflicto estalla cuando ella descubre su identidad: ¿podrá Madison perdonar a quien la tortura y pone en peligro su existencia tras caer su máscara?
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Casi Perfecto Capítulo 1

Justo en ese momento, Madison odió a su mejor amiga.

—Prometo que si nos dejan ir, jamás diremos nada. Lo juro, fue un completo error. Un juego de niñas. Le suplico, déjenos ir.

Jess suplicó, con una esperanza casi muerta pero aun así lo intentó. Miró a su mejor amiga y ésta seguía en shock.

—¡Qué divertido! —rió el hombre desconocido—. De verdad, es muy divertido... Ver cómo todas las personas que atrapamos juran que sufrirán amnesia. —Volvió a reír burlonamente.

Dió un sorbo a su ron y se posó justo al lado de su hijo.

—¿Qué dices, hijo? ¿Jugamos con ellas un poco?

Presente

—¡Qué día de mierda! —se quejó Madison al teléfono camino a la parada de autobuses —. Necesitamos tener una noche agradable de chicas, Jess.

—¿Contratamos strippers? —bromeó.

—No es mala idea —continúo la broma—, pero justo ahora, no tengo apetito de hombres. Solo tú y yo haciendo cosas cursis tipo película cliché de amigas, eso necesito —dijo cruzando la calle a trotes.

—Estoy de acuerdo contigo, aunque mi jefa es mujer, también se comporta como una perra. Te espero en casa cariño. ¡Pediré pizza!

—Genial, ya estoy en la estación de autobús, nos vemos en un rato colega —colgó.

La estación de autobuses estaba vacía, al parecer, a la media noche no hay muchos autobuses circulando. Solo ella y un chico llamativo esperaban por un autobús. Sin poder evitarlo se fijó en este chico, estaba vestido de negro, con las piernas largas cruzadas, llevaba puesta una gorra. Aunque en la parada había muchos faros de luz, no alcanzó a ver su rostro pues, este chico por alguna razón fingía estar leyendo un libro y su rostro estaba oculto tras él.

—¡Mierda! —susurró Enko. «¿Qué demonios hace una chica a solas a esta hora aquí?» Se preguntó.

Luego de mucho tiempo, empezó a sentirse nervioso. El sujeto estaba tardando demasiado. Treinta minutos de retraso no parecía casualidad. Solo quería volver a casa, la paliza del día anterior aún ardía en su cuerpo, estaba agotado y deseoso de terminar su trabajo para volver a casa y sumergirse en una bañera con hielo y que el dolor desapareciera con el entumecimiento del frío.

Por el rabillo del ojo vió que la chica que había llegado hace un momento estaba caminando en su dirección.

—Disculpa, hola —llamó Madison con una sonrisa amable. El chico por fin alzó la mirada pero no quitó el libro frente a su cara—, lamento molestarte. Quería preguntarte, ¿tienes mucho tiempo esperando el autobús?

Enko la miró de arriba abajo. La chica llevaba un traje ejecutivo para dama y unos tacones no muy altos, todo del maravilloso color blanco. Era de altura promedio, su cabellos era castaño oscuro, casi negro y estaba recogido en una elegante cola de caballo. Sus rasgos eran delicados y sus pómulos regordetes, y poseía unos hermosos ojos café.

—Eh —Madison llamó su atención de nuevo.

Echó un vistazo al edificio frente a él y no había movimiento en absoluto. Con disimulo bajó el libro sobre su regazo y metió la mano en el bolsillo de su chaqueta Armani hecho a medida.

Sin el libro como obstáculo, Madison notó que el chico llevaba lentes, y descubrió unos ojos preciosos cristales. Literalmente parecía cristal. No azules, no verdes, no grises, no cafés, sus ojos eran preciosos.

—Lo siento, no te escuché.

«Por supuesto que me escuchaste, estoy a un metro de distancia». Pensó Madison.

—Pregunté si llevas mucho tiempo esperando el autobús. Nunca he estado aquí a esta hora y me pregunto si realmente llegará.

—Creo que el último autobús salió hace una hora.

—Oh, ¿de verdad? Pensé que tú también esperabas el transporte —dijo tomando asiento junto a Enko, el cual se puso tenso de inmediato.

—No, solo estoy esperando a un amigo hasta que salga de trabajar.

—Al parecer no soy la única con un jefe de mierda que te obliga a trabajar hasta tan tarde —bromeó y rio. El chico permaneció inmóvil, sin ninguna expresión. Si tenía alguna expresión, ésta era una clara demostración de molestia ante la presencia de Madison.

Madison notó que su compañero de espera no era muy animado, así que dio por terminada la charla amistosa.

—Bueno, entonces creo que es mejor que llame a un taxi.

Rebuscó su teléfono en su bolso y torpemente lo dejó caer esparciendo todo su contenido en el piso.

—¡Oh, mierda que estúpida! —se maldijo así misma por su auto-humillación. Se agachó a recogerlo y por fin, el chico decidió ayudarla un poco.

Lápiz labial, estuche de maquillaje, un sándwich a medio comer, un perfume barato, las llaves de su departamento y...

—No pierdas esto. —El desconocido había recogido sus condones y se los ofrecía con lo que parecía ser una sonrisa.

Con mano temblorosa los tomó y terminó de arrojar todo nuevamente dentro del bolso. Se sentía avergonzada. Pero ¡vamos! Son dos adultos probablemente sexualmente activos. No había nada de qué avergonzarse, las mujeres también deben estar precavidas. El lado positivo de esto es que había descubierto que este chico no era por completo un emo, ¡si demostraba emoción! Bueno, Madison juró ver una sonrisa burlona.

De vuelta en el asiento, Madison llamó pronto a un taxi. Mientras esperaba, el silencio la estaba volviendo loca, y más luego del bochorno con los condones.

—¡La Ilíada! —mencionó de pronto.

—¿Disculpa?

—El libro que estás leyendo. —dijo mirando a su regazo.

—Oh, sí. —se limitó a decir y volvió su vista al edificio.

«Vaya, el chico no es muy hablador» pensó Madison.

—¿Qué tal está? La verdad siempre lo quise leer.

—Está bien.

«Ok, deja de intentarlo, claramente no quiere hablar contigo». Pensó Madison dejando de buscar conversación con él.

Para su alivio, el taxi no tardó mucho en llegar.

—Bueno, ese es mi taxi. Fue agradable esperar contigo, que tengas buena noche —se despidió poniéndose de pie y alisando su traje.

—Oye —antes de subir al taxi, el chico la llamó—, siéntate detrás del chófer, si intenta secuestrarte, ahórcalo desde allí —dijo guiñando un ojo—. Oh bueno, quien sabe... tal vez puedas usar esos condones antes de que caduquen —no se resistió a bromear.

—Ja, ja, eres comediante. Pero gracias por el dato, iré por la opción de sentarme detrás del chófer —le guiñó un ojo de vuelta y él por fin sonrío dejando una hermosa dentadura a la vista.

Sin más, se fue a casa.

«Que hermosa y atrevida». Pensó Enko.

¿Cuándo en su vida había visto a una mujer así? Tal vez nunca. Esta mujer gritaba respeto y elegancia por cada uno de sus perfectos poros. Sintió celos del hombre que pudiera usar esos condones.

—Déjate de estupideces. —se regañó así mismo. Estaba en una misión, tenía que centrarse.

Al cabo de unos minutos, por fin había movimiento dentro del edificio, el ascensor estaba bajando. Retomó su posición inicial, con el arma oculta detrás del libro, disparó.

Alguien llamó a la puerta de Enko. Se levantó de la cama e indicó que pasaran.

—¿Cómo fue todo, hijo mío? —preguntó su padre quedándose en el umbral de la puerta.

—Objetivo cerrado.

—Escuché que hubo retrasos.

—Sí, tardó más en salir de lo que nos habían informado. Pero al final, el resultado fue el mismo.

—Sabía que tú eras el adecuado para este trabajo. Solo tú eres capaz de disparar a esa distancia a un ascensor en movimiento sin fallar.

Enko no dijo nada, los halagos de su padre ya no significaban nada para él. Toda una vida complaciendo a ese hombre y ya no significaba nada, estaba cansado de ser su títere.

—Bueno, has cumplido con éxito todas tus misiones. Te demostraré mi amor dejándote una semana libre. Espero los disfrutes y descanses. Salió de su habitación.

Las visitas de su padre siempre le incomodaba, pero al menos esta vez le había concedido un merecido descanso. Una semana completa solo para él. Él y sus pensamientos que ahora se desarrollaban con la imagen de aquella hermosa mujer. Tomó el libro de su mesa y lo abrió.

La pícara y distraída mujer había dejado su identificación olvidada debajo del asiento, seguramente perdida cuando dejó caer su bolso.

—Madison de Freites. —saboreó su nombre en sus labios. ¿Quién era esta mujer?

Sin poder resistirlo, tomó su computador portátil y tecleó su nombre. Veintiocho años de edad, abogada, sin historial delictivo, calificaciones admirables, huérfana a la edad de diecisiete años.

De pronto sintió que un hilo tiró de él, quería conocerla. Tan opuestos y parecidos a la vez. Él tenía treinta años, sin historial delictivo registrado, calificaciones inalcanzables en su campo, huérfano a la edad de un año.

Sí, tenía que conocerla. El programa de su computador le daba toda la información que necesitaba de ella; dirección de habitación y trabajo. Y en su favor, la excusa perfecta para buscarla, su identificación perdida.

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Tabla de contenidos de Casi Perfecto

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