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Portada de la novela Sálvame de mí

Sálvame de mí

Andrexa llega a Córdoba con su familia para establecer una congregación religiosa. Al comenzar su último año de escuela, lucha contra el temor y el aislamiento, refugiándose en su misión espiritual. En el aula conoce a Tomás, quien se vuelve su pilar, y a Tyler, un joven de personalidad hostil marcado por remordimientos pasados. Su conexión es una pieza del plan de Dios; mediante la fe, hallarán juntos el sendero hacia la redención y el amor verdadero.
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Capítulo 2

Primer día de Clases en todas las escuelas de la ciudad y los colectivos eran un enjambre

de personas andando por las calles. Andrexa, que aún no conocía Córdoba, caminaba

usando el GPS en su celular para encontrar la escuela a la que iba a concurrir a partir de

ese momento.

La institución era un edificio antiguo, muy alto. Ella caminaba por los pasillos buscando

el aula que le habían asignado. No demoró en encontrarla. Su vida escolar comenzaba en

el salón 1B.

Aún se podía percibir el aroma de la pintura en las paredes blancas que daban más luz al

aula.

Andrexa tomó un lugar vacío junto a la ventana y contempló con un poco de nostalgia a

los pequeños grupos de chicos que, a risotadas y abrazos, se reencontraban después de

varios meses de vacaciones.

―Hola, ¿Este lugar está ocupado? ―preguntó un joven interrumpiendo sus

pensamientos.

―No, todo tuyo.

―Mi nombre es Tomás ―dijo, mientras se sentaba a su lado—. Eres nueva, ¿verdad?

―No, ya tengo 18 años ―se burló ella―. Con gran pesar debo decir que sí. Soy nueva

en la ciudad. Me llamo Andrexa.

―Entiendo, no debe ser fácil, pero te aseguro que te vas a acostumbrar. Córdoba es una

ciudad muy bonita, lo notarás cuando la conozcas más.

―Eso espero ―contestó Andrexa mirando a la calle―. Dejar mi ciudad y mis amigos

fue un golpe bajo, pero era necesario.

―Necesitas un amigo y un guía para este tiempo ―dio un salto alegre por la idea que

había tenido.

Andrexa no pudo evitar sonreír. Este cambio brusco no era tan malo después de todo.

―Tú no estás bien.

―Tú tampoco, por eso me ofrezco a ser tu primer amigo y tu guía en esta asombrosa

ciudad.

Estaba a punto de contestar cuando entró la profesora. Esta era una señora de

aproximadamente 50 años. Se notaba en sus ojos azules y rosadas mejillas la emoción

por dar la clase. Enseñar era una pasión y no solo un trabajo.

El salón estaba inquieto. Todos hablaban sin notar la presencia de la profesora que

esperaba frente al pizarrón a que todos guardaran silencio.

―Hola alumnos. Buenos días, mi nombre es Rita Gómez. Yo voy a ser la tutora de este

curso y su profesora de inglés. Esta materia es una de las más importantes de este año

debido a que la especialización que eligieron, “Turismo”, requiere mucho aprender

idiomas. Mi manera de evaluar no sólo es a través de exámenes, sino también voy a

valorar los aportes en clase y los trabajos grupales.

Aunque medio curso solo le prestaba atención, ella prosiguió.

―Voy a tomar lista.

La profesora fue nombrando uno a uno los nombres hasta que llegó al de ella.

―¿Andrexa McGregor?

―Presente ―respondió la joven levantando su mano para que pudiera verla.

―Tú eres la nueva estudiante. ¿De dónde eres?

―Soy de Buenos Aires. Me mude aquí hace unas semanas.

Andrexa era una joven alta, de pelo color castaño oscuro con ondas que le llegaban a la

cintura. Sus ojos eran de color avellana y su mirada, tierna y transparente.

Rita mostró el programa y los libros de actividades que iban a usar durante el año y

comenzó a explicar los tiempos verbales.

Al cabo de un rato, un timbre sonó en todo el edificio dando fin a la clase. Todos

salieron y se dirigieron a la cafetería.

Andrexa salió cabeza gacha, sin saber exactamente qué hacer, todo esto le parecía nuevo

y la aturdía. Caminaba inmersa en sus pensamientos cuando un impacto le hizo caer los

libros que llevaba en la mano.

―¿Acaso no ves por dónde caminas? ―gruñó un chico alto que la miraba con unos ojos

que pasaban de verdes a rojos de la furia.

―Perdón, no fue mi intención ―se disculpó avergonzada porque todo el mundo había

puesto su atención en ella.

Tyler, era el típico chico malo, popular, deportista, atractivo que todas las chicas se

volvían locas y todos los chicos querían estar en su círculo de amigos.

Él solo la miró de arriba abajo y se abrió paso entre todas las personas con aire de

ganador. Por detrás iban dos de sus amigos que más que amigos parecían escoltas, o

peor aún, bufones de un rey sin gracia.

Cuando ella creyó que nada podía ser más humillante, se pone a recoger sus libros.

―Creo que vas a tener que empezar a manejarte mejor en esta ciudad si no quieres vivir

examinando baldosas de cerca todo el día ―dijo una de sus compañeras.

Laura era el clon de Tyler en mujer. Era alta y delgada. Su pelo rubio y sus ojos celestes

resaltaban en su piel rosada. Era una bella joven, pero engreída, siempre buscaba resaltar

en todo.

―No entiendo tu sarcasmo ―contestó Andrexa—. ¿Podrías explicarte mejor?

―Que, al parecer, de donde vienes es un lugar alborotado y aquí no. Aquí estamos

civilizados. Solo es un consejo.

La joven la miró con una sonrisa sobradora y se fue junto a una amiga que la miraba

igual, aunque no dijo nada.

Respiró unos segundos tratando de no reaccionar. Ella estaba ahí para estudiar y por un

propósito divino. Empezar con el pie izquierdo no era buen plan.

La cafetería estaba llena de estudiantes. Muchos sentados y otros muchos haciendo cola

sirviéndose el menú del día. Ravioles.

Tomás estaba en la cola cuando visualizó que en la entrada estaba Andrexa. Agitó su

mano para llamar su atención.

Ella tomó una bandeja y se puso junto a él, esperando su turno para servirse. Luego se

sentaron en una mesa que estaba desocupada.

Aún le daba vueltas en su cabeza la escena que tuvo que vivir minutos atrás. No entendía

cómo pudo haber pasado algo así. Se preguntaba una y otra vez si ella despertaba ese

maltrato en sus compañeros o si así eran todo tiempo. Aunque ninguna de las dos

opciones le parecía buena se limitó a enfocar su atención en lo que en ese momento era

más importante. Estaba hambrienta y los ravioles se veían deliciosos.

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