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Portada de la novela Sádico

Sádico

Libia Musso viaja a Brasil para cerrar un trato con Tiodor Lison, un CEO implacable. Aunque ella anhela el amor, cae en la trampa de un hombre que solo busca vengarse de Elena Musso. Capturada por este villano sádico, Libia se convierte en el peón de un juego cruel. Atrapada entre el miedo y una atracción inexplicable, deberá descubrir si lo que siente por su captor es un vínculo genuino o simplemente una consecuencia de su oscuro cautiverio.
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Capítulo 2

—¡Esta no es la mujer que estaba esperando! —dijo Lison en su lengua materna.

El par de hombres que habían llevado a la chica, se miraron el uno al otro con confusión.

—Pero ella es la mujer que vimos salir del restaurante—respondió uno de ellos.

—Elena Musso es una señora madura, de caderas prominentes, cabellera oscura y estatura promedio. —Lison señaló a Libia con el dedo índice—, en cambio, esta, es una mocosa de mierda, bajita, sin curvas, cabello castaño y ojos marrones.

Libia no entendió ni la mitad de lo que decían, eso la hizo sentir más miedo.

Los subordinados de Lison se disculparon. Él se acercó hasta donde estaba tendida Libia.

—¿Por qué me hiciste creer qué eras Elena Musso? —interrogó de mala gana con su notable acento.

—Yo, no…

—Sí, el correo iba dirigido a tu tía, tú respondiste en su nombre, eres una pequeña idiota.

Libia negó con la cabeza, incapaz de poner su mirada al frente.

»Ahora eso te puede costar la vida —amenazó Lison, para luego salir de ahí dando un portazo.

Libia se abrazó a sí misma, el par de hombres que la habían traído ahí negaron con la cabeza. Luego de unos minutos más, también salieron del cuarto.

Tiodor estaba más que furioso, por un momento pensó que al fin podría llevar a cabo su venganza. Toda la mañana se la pasó imaginando cómo iba a torturar a Elena Musso, su deseo de hacerla pagar cada uno de los sufrimientos infligidos a Jami Jones, se había ido al carajo, porque una muchachita estúpida estaba jugando a ser adulta.

—¿Qué pasa? Supuse que estarías ocupado. —Sarah entró al despacho de Lison, lo encontró sentado en su escritorio, y viendo el humor que se cargaba, intuyó que las cosas no salieron como él quería.

—Una maldita chiquilla se metió en mi camino.

Sarah no entendía lo que acababa de escuchar.

Lison giró su vista a la mujer de piel pálida y al ver la confusión en su rostro le explicó que Libia Musso suplantó la identidad de su despreciable tía.

—No volveré a tener otra oportunidad así nunca —masculló el hombre.

Elena sabía muy bien que no debía pisar Brasil, se le hizo hasta irreal cuando respondió a su email que estaría allí en cuanto antes para cerrar el trato.

»¡Maldita sea! —El hombre arrugó el entrecejo.

—Porque no mejor usas esto a tu favor —sugirió Sarah.

Lison la miró como si acabara de volverse loca.

—¿De qué me puede servir una tonta mimada?

—Ya sabes, Tiodor —dijo la mujer, acortando la distancia de la entrada al escritorio—, tú eres un hombre muy atractivo, estoy segura de que si le hablas bonito, esa mocosa va a temblar como una hoja.

—No digas estupideces —gruñó él.

—Vamos, al final esa es legítima heredera, llegarás a Elena con mayor facilidad y podrás ser el dueño de la empresa Musso, no creo que esa mujercita sea difícil de conquistar —explicó la pelirroja.

—Largo de aquí —ordenó Lison.

Sarah rodó los ojos e hizo caso.

Tiodor se lo pensó por un momento, si le daba otro vistazo al plan de Sarah, no era tan loco. Había escuchado hablar de Libia, una muchacha carente de amor y atención, envuelta en varios escándalos por ser la exnovia de Julio Dorantes, un hombre que incluso era diez años mayor que él.

—Es una tarada —dijo en voz alta.

No sabía si sería sencillo fingir atracción por una chica como ella, es decir, a él no le gustaban las flacas desabridas, mucho menos las que trataban de llenar sus huecos existenciales con relaciones de pareja; pero para obtener su venganza, sería capaz de eso y de mucho más.

Libia seguía recostada en el frío suelo del cuarto.

Ya no guardaba la esperanza de ser liberada, ese hombre podía matarla, torturarla o tenerla allí hasta el fin de sus días y nadie haría nada, así que la muchacha se empezó a resignar a su final.

Al día siguiente, alguien entró a la habitación y le llevó comida. Libia devoró los alimentos, la luz del sol alumbró el cuarto, fue allí que se dio cuenta de que el lugar no era un calabozo, más bien era una habitación vacía. Le dieron comida, así que la cosa no estaba tan mal.

Cuando comenzó a oscurecer, Libia se acurrucó en la esquina de la habitación, el cansancio mental hizo lo suyo y se quedó dormida.

A la mañana siguiente despertó con la horrible sensación de ser vigilada, cuando pudo recuperar la noción de a dónde estaba, vio a Tiodor Lison observándola. Su cuerpo tembló, sus ojos se llenaron de lágrimas, de seguro el hombre venía a acabar con eso de una vez por todas.

—Levántate del suelo, Libia —ordenó Tiodor.

La muchacha hizo caso, sin chistar.

»Me engañaste, ¿qué crees que deba hacer contigo?

No respondió nada, su cara enrojecida del llanto lo decía todo.

—Perdón —lloriqueó—, no era mi intención, por favor, no me mate.

—Shhh. —Él puso su dedo índice en los labios de la jovencita—, no quiero que digas nada, quita esas lágrimas de tus ojos.

Libia se limpió con el antebrazo.

Tiodor caminó, para estar frente a ella, e hincó una rodilla, tratando de quedar a su altura, acercó su pulgar y acarició su mejilla.

Libia tembló de miedo, ni siquiera podía articular palabra.

—Tranquila —susurró él—, estás a salvo.

Tiodor se levantó del suelo, y le extendió la mano.

La chica no sabía si estaba bien aceptar ayuda de su captor; pero no tenía muchas opciones.

»Te daré un recorrido por el lugar —dijo él, sin emoción, abriendo la puerta y haciendo señas para que lo siguiera.

Libia quedó sorprendida al ver qué el lugar al que la trajeron, era una casa y bastante ostentosa, desde las paredes con ese azul intenso, hasta la decoración, todo gritaba “costoso”.

»Allí está la sala —dijo Lison.

—Señor, yo… —Libia, titubeó, el pánico se apoderó de ella, pero necesitaba obtener respuesta—, ¿puedo ir a mi casa?

—Digamos que pasarás una larga temporada aquí —dijo él, para luego darle la espalda.

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