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Portada de la novela Sabrinna

Sabrinna

Bajo la implacable ambición de un oasis árabe, Sabrinna y su hermana enfrentan matrimonios forzados por culpa de un error fraternal. Atrapada con un hombre despiadado en una unión donde solo la muerte ofrece escape, ambos deben lidiar con pasados marcados por el trauma y el abuso. En un palacio definido por la violencia y los secretos, esta pareja buscará sanar sus heridas mientras la pasión y oscuras verdades surgen entre constantes guerras de poder.
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Capítulo 2

Despedirme de mi madre fue duro, triste y efímero.

Solo lágrimas mojando dos besos y un abrazo cuando tiraron de nosotras para subirnos a un coche que nos alejaría de mi madre para siempre.

Con papá era distinto. Él era seco, duro y distante. Casi cruel, aunque al menos no nos tocaba. Eso lo reservaba a mi madre, que ya sabíamos que en más de una ocasión era golpeada por él y solo Savannah podía ayudarla. Yo era la presa de otra persona siempre que pasaba.

El padre y el hijo tenían similar comportamiento. Ambos explotaban en ira cuando algo no les salía bien y algunas de nosotras teníamos que calmar sus furias.

Era trabajo mío y de mi madre.

Savannah siempre ha sido más beligerante, más luchadora y menos sumisa. Ella era de las tres la que más se parecía al carácter combativo de papá y también era de esas personas que por muy mansas que parezcan estar o ser, son una bomba de relojería.

Con un contraste perfecto con su corazón noble y caritativo, capaz de empatizar con causas ajenas y revolucionarias incluso, cosa que yo no sabía hacer porque ya bastante trabajo me daba mantenerme a salvo a mi misma como para pelear por otros.

Un negocio fallido y una deuda pendiente, nos había llevado a las dos a un avión hacia Dubai, dónde un jeque poderoso nos esperaba para usarnos como moneda de cambio por la inoperancia de ser humano que podía ser Onir, el hermano más vil y enfermo de la historia de la crueldad.

Mi hermano vestido de traje negro, peinando su barba cuidada con sus dedos, estaba sentado en un avión privado que asumía era del jeque que nos reclamaba, y no disimulaba su furia por haber perdido varias cosas en un mismo mal negocio.

Pero su fracaso era mi victoria... O eso creía yo en aquel momento donde solo podía verme lejos de él, aunque fuera en otro país, otro dominio y otra cárcel.

Hasta estando cautivo se puede estar en paz.

Llegar a aquel lugar fue asombroso. Un país bellísimo con un lujo imposible. Estaba tan asombrada con todo que no paraba de mirar por las ventanillas de la camioneta en la que íbamos sin más equipaje que nuestra obligación.

Por lo poco que pude oír, las pocas ocasiones en las que presté atención a su discusión con mi hermana, allí tendríamos todo lo que nuestro futuro dueño decidiera y haríamos todo lo que nos indicaran, si queríamos que mamá viviera.

Ella estaba enferma del corazón y a su edad, con solo cuarenta y dos años era muy peligroso, pues sin sus medicinas y cuidados, moriría. Y la única verdadera familia que conocíamos era ella, y nosotras, pues papá era papá, y Onir no clasificaba como familia y en mi caso menos.

En algún momento entramos en un camino desierto, nunca mejor dicho. Una zona apartada de los rascacielos de la ciudad, dónde solo se veía arena, sol y más sol.

Mi hermana se había vencido y nosotros dos, nos mirábamos a los ojos el deseándome sin poder volver a tenerme y yo maldiciendolo mientras celebraba la distancia que estaba por levantarse entre los dos... Indefinidamente.

Más adelante pudimos ver otras cuatro camionetas parecidas venir sorteando el desierto y no fuí capaz de  evitar que mi vista se perdiera en la peligrosidad que manifestaban aquellos autos viniendo hacia nosotros.

Atravesaban dando saltos y levantando polvo a alta velocidad, las arenas rojas inacabables y parecía como su nos estuvieran cercando.

— ¿Quienes son esos? — preguntó mi hermano al chófer que pasó un arma por entre mi rostro y el de mi hermana, que quedaban uno al lado del otro de espaldas al conductor.

— Los Chaumanes, necesitan estar listos o se llevarán a las mujeres del jeque Amir — contestó el chófer y pude ver, como los autos finalmente nos alcanzaban y se iniciaba la persecución.

Dando saltos y aguantada a los tiradores del techo de mi lado del coche, iba sufriendo en silencio el ardor en mi trasero por los hechos anteriores, en cada salto que dábamos por la alta velocidad.

Onir bajó su ventanilla y comenzó a disparar hacia atrás, como todo un experto.

Savannah y yo nos agachamos y abrazadas, escondimos entre nuestras piernas los rostros pavorosos, esperando a que alguien nos ayudara o en mi caso, me hicieran el favor de matarme.

Un redoble de sonidos de balas llenó el ambiente y supe que los otros también disparaban.

Todo a partir de aquel momento fue una locura. El auto en el que íbamos finalmente se había detenido y sentimos un impacto que nos removió, haciéndome supo que habíamos colisionado con alguien más.

Mi hermano salió al exterior y escondido detrás de la puerta del coche, continuó disparando en ese momento ayudado por el chófer, que imitaba su acción.

En medio de todo el caos que se había creado en cuestiones de segundos, tomé a mi hermana del brazo y la insté a sacar su cinturón para aprovechar la cobertura del alboroto y huir de allí.

Ella entendió mia intenciones y tomando mi mano, sin saber si moriríamos en el intento de escapada, bajamos del auto y agachadas, lanzando los malditos burkas al suelo, vistiendo solo dos vestidos largos el mío muy correcto y el de mi hermana muy revelador, empezamos a correr hacia ninguna parte sin ningún destino.

Tal vez aquellos hombres estaban tan perdidos en su propio altercado, que no repararon en nuestra carrera hacia la libertad, pero nadie nos detenía.

Comenzamos a notar que habían más autos delante del nuestro, de los que habían detrás y muchos más hombre de los que había visto acercarse por mi ventanilla.

— ¡Corre Sabrinna! — los susurros de mi hermana me hicieron dejar de prestar atención a lo que hacíamos para escucharla y reorientar nuestro rumbo, teniendo como resultado que perdiera un zapato.

— Espera hermana...

No podía avanzar descalza por un desierto árido y soleado, mis pies echarían ampollas.

Cuando fui a tomar mi zapatilla, una mano se me adelantó y perdí toda esperanza de salvarme y ser libre.

Mientras unos ojos verdes oscuros que había que mirar muy bien para notar su color me miraban a los míos negros, sentí un jadeo de mi hermana y cuando miré en su dirección ví como un hombre con un turbante en la cabeza y un traje inmaculado le apuntaba al pecho, dejando su arma sobre el centro de los pechos expuestos de mi hermana...

Aquella fue la primera vez que lo ví. La primera vez que sus ojos verde oscuros me privaron la razón y fue la primera vez, que obedecí una orden suya.

En el momento en que me fuí a levantar, puso un ametralladora en mi hombro y me obligó a quedarme agachada y soltar la mano de mi hermana que permanecía de pie girada hacia el sentido contrario de dónde yo me encontraba frente a él.

—¡ No te levantes y no te atrevas a dejar de mirarme!...

Sus palabras fueron bajas, duras y demandantes y era como si solo él y yo pudiéramos oírnos, en cualquier idioma en el que habláramos.

Desde ese justo instante me sentí suya, completamente a sus pies, y no era una metáfora... Y él lo sentenció así desde ese mismo momento y para siempre.

— ¡Esta será la mía papá!

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