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Portada de la novela Rostro destrozado, Venganza interminable

Rostro destrozado, Venganza interminable

La tragedia golpea cuando una paramédico, impulsada por un odio psicópata hacia mi prometido Alejandro, deja morir a mi hermano. No satisfecha con eso, ella y su cómplice me secuestran para desfigurarme y privarme de la posibilidad de ser madre. Tras ser rescatada en un estado lamentable, Alejandro y yo transformamos nuestro dolor en un motor de represalia. Juntos, iniciaremos una cacería implacable para ejecutar una justicia que la ley no puede ofrecer.
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Capítulo 3

Punto de vista de Sofía Valdés:

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, tan viles, tan absolutamente dementes, que por un momento no pude procesarlas. Mi mente simplemente se negó.

—¿Qué dijiste? —susurré.

La paciencia de Jimena se agotó. Me agarró el brazo y me lo torció detrás de la espalda, forzando un grito de dolor de mis labios.

—No tengo tiempo para repetirme —siseó—. Míralo.

Me giró la cabeza bruscamente hacia Leo. Sus labios estaban azules. Su pecho estaba quieto. Una quietud aterradora que gritaba finalidad.

Estaba atrapada. Absoluta y completamente indefensa. Fede y dos de sus amigos matones se habían desplegado, creando una jaula humana a mi alrededor. Sus ojos recorrían mi cuerpo, desnudándome con sus miradas lascivas. Uno de ellos se lamió los labios. Instintivamente traté de cerrar mi blusa rota, un patético gesto de pudor frente a tal violación.

Lágrimas de pura y absoluta desesperación quemaron mis ojos.

—Por favor —lloré, la palabra perdiendo todo significado.

Jimena solo se burló.

—Las lágrimas no lo salvarán. —Miró su reloj—. Su cerebro ha estado sin suficiente oxígeno durante casi ocho minutos. Podría tener daño permanente ya. Unos minutos más y no importará lo que haga.

La frialdad clínica de sus palabras era más aterradora que cualquier amenaza física. Tenía la vida de mi hermano en sus manos y disfrutaba viéndola escaparse.

Pensé en Alejandro, en cómo había descrito a Jimena como "un poco empalagosa" y "melodramática". No tenía ni idea. No podría haber imaginado este nivel de monstruosidad. Esto no era melodrama; era pura maldad psicopática.

—Apúrate —gruñó Fede, empujándome con la punta de su bota—. No tengo todo el día.

Jimena sacó su teléfono y le dio a grabar, la luz roja un ojo malévolo mirando directamente a mi alma.

—El tiempo corre —canturreó.

No había opción. Por Leo. Por la pequeña y parpadeante posibilidad de que este monstruo cumpliera su palabra.

Me dejé caer de rodillas sobre el suelo duro e implacable. La grava se clavó en mi piel. Los amigos de Fede se rieron.

—Buena vista desde aquí abajo —dijo uno de ellos con vozarrón.

La vergüenza, caliente y ácida, me subió por la garganta. Mi cuerpo temblaba con una mezcla de dolor, miedo y humillación total.

—¿Lo... lo ayudarás si hago esto? —pregunté, mi voz apenas un susurro.

—Tal vez —dijo Jimena, su sonrisa ensanchándose—. Depende de lo convincente que seas.

Acercó el teléfono, enmarcando mi cara.

—Mira a la cámara. Y quiero que empieces quitándote la blusa.

Se me cortó la respiración.

—Hazlo —ordenó, su voz como el acero—. ¿O le digo a Marcos que llame al forense de una vez?

—¡No! —grité, el sonido arrancado de mí—. De acuerdo. De acuerdo.

Mis dedos, entumecidos y torpes, fueron a los botones de mi blusa. Mis manos temblaban tanto que apenas podía manejar la simple tarea. La tela se sentía como un escudo, y estaba a punto de desecharlo.

Los ojos de Jimena me devoraron, un brillo hambriento y depredador en sus profundidades.

Con la blusa quitada, quedándome solo en una delgada camiseta de tirantes, la miré, mis ojos suplicantes.

—¿Ahora lo ayudarás?

—Todavía no —ronroneó—. Ahora, repite después de mí: "Mi nombre es Sofía Valdés, y soy una zorra insignificante".

Las palabras eran veneno. Se sentían como tragar fragmentos de vidrio. Pero el rostro de Leo, pálido e inmóvil, nadaba ante mis ojos.

Tomé una respiración temblorosa, miré a la lente impasible del teléfono y forcé la mentira de mis labios.

—Mi nombre es Sofía Valdés... y soy una zorra insignificante.

—Seduje a un hombre que ya estaba comprometido —dictó Jimena, su voz goteando veneno.

—...Seduje a un hombre que ya estaba comprometido.

—Soy una patética rompehogares que merece ser castigada.

—...Soy una patética rompehogares... que merece ser castigada.

Cada palabra era otro pedazo de mi alma que se desprendía.

—Ahora, por favor —sollocé, mi voz quebrándose por completo—. Por favor, Jimena. Salva a mi niño. Salva a mi Leo.

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