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Portada de la novela El Regreso de la Reina: consentida por sus tres poderosos hermanos

El Regreso de la Reina: consentida por sus tres poderosos hermanos

Tras un lustro de mentiras, Rylie es repudiada por su familia adoptiva al descubrirse que es una sustituta. Sola, traicionada por su prometido y su círculo cercano, retorna con sus parientes de sangre, quienes resultan ser la estirpe más acaudalada de la zona. Sus tres hermanos, líderes en los negocios, la ciencia y la música, la blindan con un afecto absoluto. Mientras sus detractores ruegan clemencia, el almirante Brad Morgan exige su sitio junto a ella.
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Capítulo 2

Con una pesada mochila al hombro, Rylie abandonó la residencia de los Kirk sin mirar atrás. Se dirigió al estacionamiento, donde la esperaba su motocicleta de edición limitada.

Los años de reprimir su talento y ocultar su inteligencia para mantener la frágil paz de la familia Kirk quedaron atrás. Por fin era libre.

Su motocicleta rugió por las calles, rasgando el aire de la tarde hasta detenerse frente a la imponente entrada de una urbanización privada, adyacente a un complejo militar.

En la garita de seguridad, el protocolo era estricto, como de costumbre. Sin embargo, en cuanto el guardia reconoció la motocicleta, le dedicó una amplia sonrisa y abrió la barrera de par en par. "Señorita Kirk, siempre es una grata sorpresa tenerla por aquí".

Con un gesto experto, Rylie levantó la visera del casco y asintió con cortesía.

En el interior, el aroma de los cerezos en flor impregnaba la brisa. Varios oficiales retirados que paseaban bajo las ramas se le acercaron en cuanto la vieron.

"¡Miren quién ha vuelto! Rylie, justo iba a buscarte. Se me acabaron las pastillas que me preparaste la otra vez".

Ella detuvo la motocicleta y se quitó el casco. Sus delicadas facciones provocaron gestos de aprobación entre los presentes. "Puedes pasar mañana por la clínica. Estaré allí todo el día, si necesitas reponerlas".

Se volvió hacia otro rostro conocido, un anciano que todavía llevaba un collarín. "Y usted, ya le advertí que ese collarín solo le va a empeorar el estado del cuello", le dijo.

El viejo sonrió, avergonzado, y se lo quitó. "¿Tengo permitido realizar al menos unos ejercicios sencillos?".

"Sí, pero con calma y sin imprudencias", le aconsejó Rylie antes de entrar en un edificio de apartamentos.

Su vínculo con esa comunidad había comenzado tiempo atrás de la forma más inesperada. Durante una de sus visitas al Hospital General Militar para comprar medicinas, se encontró con un anciano que sufría un ataque de epilepsia. Le recetó un tratamiento que se enfocaba en la raíz del problema, proporcionándole un alivio que ningún otro médico había conseguido.

Ese desconocido resultó ser un célebre especialista clínico ya retirado. Asombrado por el talento de Rylie, insistió en que ella era su salvadora y, en gratitud, le ofreció un apartamento en la urbanización.

El ambiente cordial de la comunidad y su ubicación privilegiada hacían de ese lugar un refugio tranquilo y práctico. Con el tiempo, Rylie había llegado a considerar ese apartamento su verdadero hogar, el que siempre había necesitado.

Apenas entró, las luces se encendieron y una voz robótica, suave y familiar, la saludó. "Bienvenida a casa, Rylie. Has estado fuera tres días. Tienes dos mensajes de voz encriptados, nuevos correos en tu bandeja de entrada y el baño está listo".

Ella dejó caer la mochila al suelo con un golpe sordo. Con el impacto, el cierre se abrió y un grueso fajo de billetes se desparramó por el vestíbulo.

Calculó a ojo que allí había unos diez mil, y de sus labios escapó un sonido que era mitad risa, mitad mueca de desprecio. ¿Eso era todo lo que los Kirk creían que valía? ¿Le lanzaron un poco de dinero como a una mendiga?

"Reproduce los mensajes", ordenó.

La voz de Britton Davies, grabada la noche anterior, fue la primera en llenar el lugar.

"Hola, Rylie. La inscripción para la carrera de relevos está a punto de cerrar, ¡y ya hemos hecho dos prácticas! ¿Todavía sigues con los Kirk? ¿No piensas reconsiderar mi propuesta? ¡He estado dejando en ridículo a Phillip estos días!".

Rylie enarcó una ceja, recordando ese asunto.

Phillip Kirk, su tercer hermano, dirigía uno de los clubes de carreras más exclusivos del mundo, una cantera de campeones que acumulaba premios millonarios. El club debía su racha de victorias a una piloto que pasaba noches en vela al volante, guiando al equipo a un triunfo tras otro. Sin embargo, cada temporada, al acercarse las finales, Phillip la reemplazaba por Stacey, quien se llevaba toda la gloria y el dinero. Las habilidades de Riley impulsaron su éxito año tras año, pero era Stacey quien subía al podio bajo los focos, mientras ella permanecía en la sombra.

Los trofeos le importaban poco a ella. En aquel entonces, proteger el ego de su familia era más importante. Pero ahora…

Esbozó una sonrisa mientras marcaba el número de Britton. "Quiero la mitad del premio".

Cualquier atisbo de decepción que Britton pudiera sentir se desvaneció al instante. "¡Trato hecho! El equipo de Phillip no me intimida, tengo estudiados todos sus movimientos, pero cuando tú pilotas, nadie puede seguirte el ritmo. ¡Y eso demuestra que mi derrota es debido a ti, no a su equipo!".

A Rylie se le escapó una breve risa, seguida de un suave suspiro. "Veo que tú también te has dado cuenta. Es curioso que sea tan evidente y, aun así, ellos sean incapaces de verlo".

La curiosidad se apoderó de la voz de Britton cuando cambió de tema. "Por cierto, ha surgido otra cosa. Corren rumores en la red oscura sobre la familia Owen, los más ricos de Kouhron. Dicen que están aquí, en Crolens, buscando a su hija desaparecida. Ofrecen una fortuna por cualquier información. ¿Crees que deberíamos involucrarnos?".

Rylie respondió sin dudar: "No me interesa. Pronto tendré que presentar mis exámenes finales, así que paso. Voy a colgar, hablamos luego".

Al otro lado de la línea, la confusión de Britton era palpable. De todas las excusas posibles, los exámenes eran la última que habría esperado de Rylie. Por lo que él recordaba, ella ni siquiera se presentaba a los exámenes. La verdad, ella era quien los redactaba.

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