Portada de la novela El lamento de amor

El lamento de amor

8.5 / 10.0
Después de tres años de indiferencia y un matrimonio vacío, Kaitlin abandona a Alan tras ser ignorada en su peor momento de salud. Al recuperar su estatus como heredera de un imperio joyero, se convierte en una diseñadora de fama global. Convertida en madre de gemelos, su nueva vida despierta el interés de otros hombres y el tardío remordimiento de su exesposo. Aunque Alan suplica una oportunidad y conocer a sus hijos, Kaitlin ya no es la mujer sumisa de antes.

El lamento de amor Capítulo 1

"¡Miren esa cara y ese cuerpo! Si la obligamos a trabajar como prostituta, ¡podría ganar fácilmente por lo menos cien mil al día!".

Kaitlin Hewitt se encontraba retenida en un edificio abandonado, con la frente sangrando.

Su ropa estaba rota y desaliñada, dejando al descubierto los hombros magullados y gran parte de su pecho, un testimonio de su inútil resistencia.

Dos días atrás, una misteriosa llamada la arrastró a esta pesadilla. La persona que la llamó afirmó conocer a sus padres biológicos, e incluso mencionó detalles específicos sobre su cuerpo que solo ella sabía.

La atrajeron a las afueras de la ciudad, y acabó en las garras de esos matones.

"No hagan nada precipitado… Puedo pagarles la cantidad que quieran", afirmó la muchacha con voz firme a pesar de la sangre que goteaba de la comisura de sus labios. "Soy la esposa de Alan Hewitt, sea cual sea el rescate, él puede permitírselo".

"¡¿Alan Hewitt?!". La revelación golpeó a los hombres como un rayo, provocando miradas de desconcierto entre ellos. "¿Él está casado? Nunca lo había oído".

Alan Hewitt era un hombre poderoso en Osewood, cuya mera reprobación podía enviar oleadas de conmoción a toda la ciudad. Si de hecho tenían a su esposa, la ira de aquel hombre podría aniquilarlos sin esfuerzo.

Notando la incertidumbre en las expresiones de los hombres, Kaitlin se serenó y dijo: "No diré que me secuestraron. Déjenme ir y les aseguro que recibirán el dinero sano y salvo".

El líder del grupo la observó detenidamente, fijándose en su costoso vestido de diseño y sus llamativos rasgos, y titubeó un poco.

Era evidente que su prenda era cara y ella atractiva, así que tenía sentido que un pez gordo de la talla de Alan la tomara como esposa.

Tras una breve y atenta mirada a sus cómplices, habló en tono gélido: "Dame su número, y sin trucos. Si tratas de engañarme, te venderé a un burdel de los alrededores, y no podrás escapar de la interminable fila de clientes".

Kaitlin, con la boca manchada de sangre, dijo con debilidad un número de teléfono.

El líder intentó marcar el número, pero la llamada se cortó de repente.

Frustrado, gritó: "¡Maldita sea! ¡¿Estás jugando conmigo?! ¡Ni siquiera contestó!".

Su expresión se ensombreció y propinó una fuerte patada a Kaitlin en la cintura.

El golpe le quitó el color de la cara a la muchacha y su voz se fue apagando. "No atiende las llamadas de un extraño… Por favor, déjame usar mi celular para llamarlo...".

"¡Típica gente rica y sus excentricidades!", masculló el líder.

Tras dudar un momento, le dio el celular a la chica y gruñó: "¡Dile que envíe doscientos millones! ¡O te joderán hasta que te desmayes!".

Los dedos de Kaitlin temblaron al marcar, con el corazón acelerado.

A pesar de llevar tres años casada con Alan, sabía que a él no le importaba ella; sin embargo, siempre había sido generoso, lo que le daba a la mujer una pizca de esperanza. ¿Pagaría el rescate?

El timbre del teléfono parecía no tener fin, sus nudillos palidecían mientras lo agarraba con fuerza.

Por fin contestó una voz, pero no era la de Alan, sino la de una mujer.

La que contestó no era otra que la renombrada diseñadora Lilliana Willis, hermana menor de la chica a la que Alan amaba.

"¿Kaitlin? Alan y yo estamos visitando la tumba de Ashley, ¿qué necesitas?". Se oyó la voz de Lilliana, y un temblor recorrió la mano de Kaitlin.

Ella encontró que lo que estaba sucediendo era irónico.

Era su tercer aniversario de boda y la habían secuestrado. Pasaron dos días y su esposo todavía no se había dado cuenta, sino que pasaba el tiempo junto a la tumba de su primer amor.

Le dolió el corazón, pensando en las razones de aquel hombre para casarse con ella: su abuela, Beth Hewitt, ansiaba tener bisnietos, y Kaitlin tenía un inquietante parecido con su amor verdadero, Ashley Willis, que murió en un deslizamiento de tierra tres años antes.

Al darse cuenta de que no era más que una mera sustituta, a la chica se le rompió el corazón; sin embargo, no era momento para la angustia.

Kaitlin luchó por contener las lágrimas y el dolor que se hacía evidente en su voz al pronunciar: "Señorita Willis, me urge hablar con Alan. Por favor, ¿podrías pasarle el celular?".

Lilliana dejó escapar una risita. "Oh, Kaitlin, ya sabes cómo es Alan. Hoy es el aniversario del fallecimiento de Ashley, así que no está de humor para tu drama. ¿Por qué no me cuentas lo que pasa?".

Mordiendo su frustración al notar la creciente impaciencia de los secuestradores, Kaitlin alzó la voz y gritó al celular: "¡Necesito hablar con Alan! ¡Ahora mismo! ¡Soy su esposa y no tienes derecho a impedírmelo!".

No se atrevió a mencionar el secuestro, temiendo que los secuestradores entraran en pánico y le hicieran daño, pero su tono asertivo pareció surtir efecto, pues oyó pasos de fondo y luego se escuchó la voz de Alan. "¿Quién es?".

Lilliana, fingiendo disgusto, tapó el auricular y susurró: "Es Kaitlin, insiste en hablar contigo. Le dije que estamos visitando la tumba de Ashley, pero se enfadó bastante y reclamó sus derechos como tu esposa...".

Alan se burló con desdén. "¿Esposa? ¿Acaso cuenta como tal? No es más que una doble. Cuelga. Hablar con ella solo perturbará la tranquilidad de Ashley".

Con un pitido escalofriante, la comunicación se cortó, y Kaitlin sintió que sus esperanzas se hacían añicos.

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Tabla de contenidos de El lamento de amor

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