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Portada de la novela Renacida, adiós a la esposa del Don

Renacida, adiós a la esposa del Don

Tras ser forzada a casarse con Gideon, el implacable Don de la mafia que la despreciaba por creerla una usurpadora, la protagonista vive un infierno de desprecio que culmina en su trágica muerte y la de su hijo en una montaña nevada, abandonada por su esposo y sus propios padres. Al reencarnar justo el día del regreso de su hermana, decide romper el ciclo. En esta nueva vida, rechazará mendigar el afecto de su familia y del frío mafioso, decidida a reclamar su propio destino y libertad.
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Capítulo 2

Después de cambiarme, bajé las escaleras y me encontré a todos los invitados rodeando a Bella. Ella llevaba un vestido blanco de edición limitada. Parecía un ángel entre estos mafiosos.

Gideon estaba junto a la ventana, dándole vueltas al vino en su copa mientras la observaba con una ternura que nunca había visto en él.

Yo no les presté ni la menor atención. Me quedé en un rincón, picando algo de comer.

—Hola, ¿puedo saber quién eres? —dijo un hombre acercándose—. Estás demasiado guapa para estar aquí sola. ¿Me das un baile?

Antes de que pudiera abrir la boca, Bella se metió de inmediato.

—Es mi hermana mayor, Evelyn.

El hombre asintió educadamente y me tendió la mano.

—Un placer, soy Zerrick.

En cuanto escuchó su nombre, a Bella se le borró la sonrisa. Zerrick Shane era un pez gordo. Su nombre pesaba tanto como el de Gideon.

Vi un destello de envidia en sus ojos antes de que buscara, casi con ansiedad, la mirada de Gideon.

—Vaya, Evelyn, parece que algunas personas tienen toda la suerte del mundo. Acabas de llegar y ya tienes a un pez gordo a tus pies. Qué envidia me das.

Gideon me clavó la mirada y frunció el ceño. Su voz sonó helada:

—Esta es la fiesta de Bella. No es lugar para que andes coqueteando con cualquiera.

¿Coqueteando? ¿Con cualquiera? Lo absurdo de sus palabras casi me hizo soltar la risa. No había hecho absolutamente nada, pero bastó una palabra de Bella para que él me declarara culpable.

Zerrick frunció el ceño, visiblemente molesto.

—Señor Wade, ¿no cree que está exagerando? Esta señorita no ha hecho nada malo.

En cuanto terminó de hablar, un frío intenso recorrió la habitación. Todo el mundo se quedó callado, como si presintieran el choque entre dos pesos pesados.

Gideon esbozó una media sonrisa. Metió la mano en su chaqueta y, en un abrir y cerrar de ojos, ya tenía el cañón del arma plantado en la frente de Zerrick.

El lugar quedó en un silencio sepulcral; a todos se les cortó la respiración. Ya todos conocían de sobra de lo que era capaz Gideon.

Gideon se había forjado desde abajo. Era un hombre implacable, de esos que no perdonan ni una.

—Hace mucho que nadie se atrevía a hablarme en ese tonito —soltó con desprecio.

Zerrick ni parpadeó. Sostuvo la mirada de Gideon con una calma que helaba la sangre.

Sentí un arranque de coraje ante la actitud tan arrogante de Gideon. No pude más, di un paso al frente y lo agarré del brazo.

—Gideon, ya basta...

No me dejó ni terminar. El cañón helado del arma se desvió hasta quedar plantado justo en mi frente.

El grito desesperado de Bella rasgó el silencio:

—¡Gideon, por favor, no! ¡Es mi hermana!

Parecía que me estaba defendiendo, pero yo conocía ese tono.

Tenía un tono de burla que me revolvió el estómago. Se estaba burlando de mí. Se regodeaba de que el hombre que había dormido a mi lado durante cinco años, ahora me estuviera apuntando a la cabeza sin dudarlo

Un temblor incontrolable se apoderó de mi cuerpo. Gideon soltó una carcajada seca y cargada de desprecio antes de bajar el arma y guardársela en la cintura. Dio unos pasos hacia mí, y su voz sonó baja, casi venenosa.

—Esto lo arreglamos luego, en la casa —soltó él con voz gélida.

Sin más, dio media vuelta y volvió con la multitud, llevando la mano de Bella bien sujeta entre la suya. La fiesta continuó como si no hubiera pasado nada.

Todas las miradas se clavaron en sus manos entrelazadas. El aire se llenó de murmullos y de pura curiosidad.

—Bella, ¿qué hay entre tú y el Don? Se nota que te adora mucho.

—¡Entonces sí era cierto! Con razón el Don no pelaba a nadie... ya tenía dueña.

—Parece que ella es la futura señora Wade. Más vale que nos llevemos bien con ella desde ahora.

Mis padres estaban ahí, en medio de todos, anchos de orgullo mientras le sonreían a su hija menor.

Antes solían presumir que yo era la esposa del Don, hasta que Gideon les puso un alto públicamente y los mandó a callar. Después de esa humillación, su resentimiento hacia mí creció día con día.

Gideon sonreía, como si disfrutara de cada chisme y de cada susurro que flotaba en el aire.

Los miré ahí, bajo las luces y rodeados de halagos, cuando de pronto una puntada de dolor me atravesó el vientre. Las piernas me fallaron y me desplomé al suelo.

El tenedor se me escapó de las manos y chocó contra el piso, pero antes de que yo tocara el suelo, Zerrick ya me tenía entre sus brazos.

—¿Estás bien? —preguntó alarmado.

Yo me presionaba el vientre, encogida por el dolor, mientras un sudor frío me recorría la frente. Estiré la mano hacia él, casi sin fuerzas.

—Lo siento. ¿Podrías llevarme al hospital?

Pensé que los calambres no eran para tanto, pero en cuanto subí al auto, todo se volvió negro.

Al despertar, la única persona a mi lado era Zerrick, el hombre que acababa de conocer. De pronto, la pantalla de mi celular se iluminó. Eran varios mensajes de Gideon:

"¿Quién te dio permiso para irte?"

"¿No te pones a pensar en lo preocupada que está Bella? Evelyn, deja de hacer numeritos."

"Vuelve en una hora. Si no lo haces, mandaré a alguien por ti. Ya sabes de lo que soy capaz."

En cuanto la pantalla se apagó, otra punzada de dolor me atravesó el vientre. Zerrick notó mi gesto de dolor y estiró la mano para llamar a la enfermera, pero lo detuve de inmediato. Me quité la sábana y me obligué a ponerme de pie.

—Gracias por lo de esta noche, pero me tengo que ir.

Él me sujetó del brazo, firme.

—No. El doctor dijo que tienes que descansar.

—No puedo...

—¡Evelyn, basta!

Los gritos de Gideon retumbaron por todo el pasillo.

En cuanto apareció, se le veía la rabia en los ojos. Me apretó el mentón con una fuerza brutal, dispuesto a deshacerme la mandíbula, y me siseó al oído:

—¡¿Quién te dio permiso de largarte?! ¡Como le pase algo a Bella, te juro que te mato!

—¿De qué estás hablando? —lo miré fijo a los ojos—. ¿Qué le pasó a Bella?

Zerrick intentó intervenir, pero los hombres de Gideon le cerraron el paso al instante.

—Ella acaba de perder mucha sangre —gruñó Zerrick, perdiendo la paciencia—. ¡No puedes tratarla así!

—¿Mucha sangre? —Gideon se quedó helado un segundo. Desvió la mirada hacia Zerrick y soltó una carcajada seca y amarga—. Vaya, parece que te fuiste de cita.

Apretó el agarre con más saña. Sentí que la mandíbula me iba a tronar del puro dolor. Zerrick intentó lanzarse contra ellos, pero lo superaban en número.

Forcejeé para soltarme, pero Gideon me empujó contra el piso y dejó caer todo su peso sobre mí, aplastándome el pecho. Sentí un desgarro horrible en el vientre... me faltaba el aire.

—¡Un doctor! —grité con lo último que me quedaba de voz—. ¡Traigan a un doctor!

Apenas podía mantenerme consciente cuando, de pronto, mis padres aparecieron corriendo hacia nosotros.

—¡Eres un monstruo, Evelyn! —mi padre, fuera de sí, gritó—. ¡Bella nos lo contó todo! Dijo que la llamaste desde el hospital diciendo que estabas en problemas. Ella dejó su propia fiesta por venir a buscarte y ahora… ¡tuvo un accidente por tu culpa!

Mi madre sollozaba detrás de él, señalándonos a Zerrick y a mí con un dedo tembloroso.

—¡Bella es un ángel y así es como le pagas! ¡Andabas de vaga con tu amante mientras ella arriesgaba su vida! ¡Cómo te atreves a fingir que estás enferma?

Me quedé helada, mirándolos sin poder creer lo que oía.

—¿Qué... qué acaban de decir?

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