
Renacer de un Engaño
Capítulo 2
Mateo Vargas conducía hacia Valle de Bravo.
Llevaba consigo una orquídea rara, una que había buscado por semanas.
Decían que sus pétalos, preparados de cierta manera, podían ayudar con trastornos neurológicos.
Esperanza.
Eso era lo que sentía.
Sofía, su prometida, supuestamente estaba en una clínica especializada allí.
Una enfermedad rara, degenerativa, le habían dicho.
La boda pospuesta.
Su beca en Buenos Aires, también.
Todo por ella.
Porque la amaba.
Llegó al resort de lujo que Sofía llamaba "clínica".
No parecía un hospital.
Más bien un paraíso para ricos.
Preguntó en recepción por Sofía de Alba.
Le indicaron una cabaña privada cerca del lago.
Se acercó, la orquídea en mano.
Escuchó risas.
Voces femeninas.
Una era de Sofía.
La otra, de Isa, su mejor amiga.
Y una voz masculina, desconocida.
"¡Ay, Sofi! Eres tremenda," decía Isa, entre carcajadas. "¿Un trastorno neurológico degenerativo? ¿De dónde sacaste eso?"
"De una película vieja, ¿qué importa?" respondió Sofía, su voz clara, sin rastro de enfermedad. "Necesitaba una excusa creíble para tomarme unas vacaciones de Mateo antes de la boda. Un último respiro de libertad, ¿sabes?"
Mateo se quedó helado.
La orquídea tembló en su mano.
"¿Y Mateo se lo creyó todo?" preguntó la voz masculina. Era Leonardo Montes, un artista bohemio que había visto en algunas revistas de sociales.
"Como un tonto," dijo Sofía. "Es tan bueno, tan leal. A veces me aburre un poco, la verdad. Pero es una apuesta segura. Siempre estará ahí."
"¿Y este último respiro incluye revolcones con artistas vividores?" bromeó Isa.
"¡Oye!" protestó Leo, fingiendo ofensa. "Yo soy parte de la terapia intensiva."
Sofía rio. "Exacto. Unos meses más de 'tratamiento intensivo', y luego volveré 'milagrosamente curada' a los brazos de mi devoto Mateo. Nos casaremos, él seguirá con sus edificios viejos y yo... bueno, yo tendré mis escapadas discretas."
Un frío intenso recorrió a Mateo.
El corazón le latía con fuerza, un tambor doloroso en el pecho.
La orquídea se deslizó de sus dedos y cayó al suelo.
Los delicados pétalos se ensuciaron con la tierra.
Igual que su amor.
Igual que su futuro.
"Además," continuó Sofía, "Mateo es mío. Hice mucho por él, ¿recuerdan cómo salvé su proyecto de la iglesia esa? Estaba a punto de ser demolido por esos corruptos. Usé toda la influencia de papá. Él me debe su carrera, prácticamente."
Isa asintió. "Sí, eso fue grande. Ahí lo amarraste bien."
"Claro," dijo Sofía con arrogancia. "Puede tener sus aventuras ahora, pero al final, siempre volverá a mí. Soy Sofía de Alba. Nadie me deja."
Mateo no podía respirar.
El aire olía a engaño, a burla.
Se dio la vuelta, tropezando.
No quería que lo vieran.
No quería que ella tuviera la oportunidad de mentirle a la cara, de manipularlo una vez más.
La lluvia comenzó a caer, fina y fría, como sus lágrimas internas.
Recordó cómo había conocido a Sofía.
Él, un joven arquitecto luchando por hacerse un nombre.
Ella, la socialité inalcanzable.
Él la había cortejado con la misma paciencia y detalle con que restauraba edificios antiguos.
Cartas, flores, cenas modestas que ella aceptaba con una sonrisa encantadora.
Luego vino el proyecto de la iglesia de San Jerónimo.
Un edificio histórico, su pasión.
Intereses inmobiliarios querían demolerlo.
Él luchó, pero estaba perdiendo.
Entonces Sofía intervino.
Su padre, un hombre influyente, movió hilos.
El proyecto se salvó.
Mateo, abrumado por la gratitud y el amor, le propuso matrimonio esa misma noche.
Ella aceptó, diciendo que admiraba su pasión y su integridad.
"Eres diferente, Mateo," le había dicho. "Eres real."
Ahora entendía.
Todo había sido una farsa.
Su "enfermedad".
Su "reclusión".
Su amor.
El dolor era tan grande que lo paralizaba.
Decidió en ese instante.
Rompería con todo.
Con ella, con su pasado, con Mateo Vargas.
Necesitaba desaparecer.
Necesitaba renacer.
Martín Herrera.
Sí, ese sería su nuevo nombre.
Un nombre sin historia.
Sin Sofía.
También te puede gustar





