Portada de la novela Amo de la perversión

Amo de la perversión

8.8 / 10.0
Ludwig Reeves ha quedado fascinado por la pureza de Rachel Ward, una joven cuya inocencia despierta en él una obsesión implacable. Decidido a poseerla, este hombre peligroso la arrastra a un entorno de depravación donde su destino se convierte en el epicentro de una disputa feroz. Dos rivales se enfrentarán en una lucha de poder sin límites, mientras Reeves se dispone a eliminar cualquier barrera para dominar a su manzana prohibida en este oscuro juego de perversión.

Amo de la perversión Capítulo 1

Nunca pedí venir al mundo, llegué siendo un alma ingenua e inocente en medio de un mundo corrupto, lleno de caos y perversión. Un pequeño ser al que la vida todo se lo negó y no tuvo más opciones que luchar con sus uñas para sobrevivir. He escuchado a diversos teóricos decir que, por ley universal, todo ser humano al nacer debe ser amado y protegido por sus padres, tener una familia que se supone, debe estar a nuestro lado, nos debe guiar, brindar su apoyo y darnos su amor incondicional. Sin embargo, todo fue una sarta de asquerosas mentiras ideadas por un grupo de psicópatas fanáticos que se hacen llamar especialistas familiares y que no tienen ni una maldita idea de lo que dicen.

Mi madre, una puta adicta a la heroína, cuyo único error fue estar drogada hasta la inconsciencia la noche en que fue abusada por sus compañeros de adicción. Mi padre, uno de los tantos sujetos que depositaron su esperma en la desgastada vagina de la mujer que se hizo llamar mi madre, pero a la que nunca tuve la fortuna de conocer. Nueve meses después, fui abandonado en las puertas de un prostíbulo que se convirtió en mi hogar y en el que el olor a tabaco rancio, licor, sexo y orina; fueron la única herencia que recibí por haberme atrevido a ocupar el vientre de una mujer que prefirió deshacerse de su hijo, antes que cargar con el recuerdo de una tragedia que cambió el rumbo de nuestras vidas para siempre.

¿Cómo pudo ser capaz de abandonar un pedazo de su vida? ¿Cómo puede llamarse madre a una mujer que tuvo el don de la procreación, pero que, sin pensarlo dos veces, se deshizo sin ningún remordimiento de la sangre de su sangre?

Le agradezco por haberme llevado en su vientre durante tanto tiempo, alimentarme y protegerme dentro de su cuerpo, en lugar de optar por una solución más fácil… Abortarme. Pero la maldigo con todas mis fuerzas por haber sido tan cobarde, por deslindarse de su responsabilidad de la manera más vil y desalmada en la que un ser humano, si acaso ella lo era, puede hacerlo. Abandonando a su suerte a un ser indefenso y puro cuando más la necesitaba.

―¡Maldita seas!

Espeto en voz alta. Aprieto los puños al recordar mi triste pasado. Uno al que ninguna criatura inocente jamás debería enfrentarse. Crecí siendo amamantado por una de las putas que se compadeció de mí cuando me encontraron abandonado dentro de una caja de cartón frente a las puertas de un burdel de mala muerte. Lloraba sin parar, azotado por el hambre y el frío. Un pequeño que estuvo a punto de morir por hipotermia bajo el cielo oscuro y helado de Nueva York, cuya única vestimenta era la sangre y un cordón umbilical cortado con torpeza.

Con la mirada puesta sobre el portarretrato que descansa sobre mi escritorio, sacudo las cenizas de mi cigarrillo en el cenicero de cristal. Inclino la cabeza hacia atrás y hundo el cilindro entre mis labios para darle una nueva y profunda calada. Lleno mi boca con el humo y lo retengo dentro de mis pulmones el tiempo suficiente para disfrutar de su adictivo sabor fresco y mentolado. Finamente, lo dejo salir con suavidad, expulsando pequeñas bocanadas que forman hermosos y perfectos aros de humo que se expanden en el aire hasta desaparecer por completo.

¿Quién se iba a imaginar que el destino metería sus manos para unir a dos almas que se necesitaban y se encontrarían en el momento más inesperado?

Luz Marina, ese era el nombre de la mujer que me cobijó entre sus brazos y dedicó toda su vida para convertirme en el hombre que ahora soy. Una puta que vendía su cuerpo para asegurarse que nada me faltara y que resultó siendo mejor madre que la maldita adicta al fentanilo que me engendró.

Una semana antes de que yo apareciera en su vida, sufrió el golpe más doloroso que una mujer puede recibir. Perdió a su primer y único hijo pocas horas después de que este naciera. El reporte médico indicaba que la causa de su muerte de menor era el síndrome de muerte infantil súbita. El pequeño falleció cuando dormía de manera apacible entre las almohadas mullidas de su pequeña cunita, en tanto era arrullado por ella. Fue un dolor terrible para la joven mujer que, además de perder a su pequeño bebé, también sufrió por el abandono del único hombre al que amó en toda su vida y que decidió desaparecer mientras se encontraba pariendo a su hijo en el quirófano de un hospital.

¡Maldito hijo de puta cobarde!

Una madre que padece por su hijo muerto y un niño que sufre por el abandono de su propia madre. Llegué a su vida como un ángel caído del cielo y ella apareció en la mía, como un premio de consolación para mi desafortunado destino. Dos vidas marcadas por el abandono y la pérdida, dos corazones endurecidos por el desamor y la traición.

Me forjé bajo su protección y aprendí todo lo que necesitaba de su negocio. Era su mano derecha y un aprendiz ávido de conocimiento que no se detenía ante cualquier circunstancia. Con el tiempo fui tomando el control y trabajé incansablemente a su lado para construir un imperio cuyo nombre fuera sinónimo de poder y grandeza. Un mundo en el que mi influencia y dominio fuera comparable con el poder del mismísimo Dios.

Tomo la foto entre mis manos y deslizo el pulgar sobre la superficie plana de vidrio para recorrer el contorno de su pequeña cara. Cuando tuve la oportunidad la aparté de esta vida y le concedí todo lo que una madre como ella merecía tener. Le di respeto, riquezas, lujo y cariño, porque, a pesar de que del lado izquierdo de mi pecho no existía un corazón, adoraba a la mujer que me aceptó y me recibió como a su hijo. No había nada en este mundo que me pidiera que no estuviera dispuesto a darle, sin embargo, no fui capaz de ofrecerle lo único que necesitaba de mí… vida.

Treinta y dos años después, toda la riqueza y el poder que poseía, no fueron suficientes para arrancarla de las inmundas garras de una enfermedad que se negó a dejarla ir y la apartó de mi lado para siempre. Desde entonces, la oscuridad y el rencor se apropiaron de mi alma y, cualquier indicio de algo cercano a lo que llaman sentimientos, quedó enterrado junto a ella… a tres metros bajo la tierra.

Soy un ser sin alma y sin corazón. Un hombre perverso y cruel que se alimenta de la debilidad de los demás y que disfruta al hacerlo. Soy el veneno que puede intoxicarte el alma y el corazón y destruirte en el proceso… Soy Ludwig Reeves, el amo de la perversión.

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Tabla de contenidos de Amo de la perversión

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