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Portada de la novela Relatos De Una Loca Pasión.

Relatos De Una Loca Pasión.

Esmeralda Lombardi vuelve con un firme propósito: rescatar el legado hotelero que los Guidacci le quitaron a su progenitor. No obstante, la última voluntad de Don Dimarco impone un matrimonio forzado con el cruel Lino Guidacci, su peor adversario. Mientras él intenta seducirla para que abandone su herencia bajo el acecho de la tía Carlota, el odio mutuo se convierte en una atracción letal que pondrá en juego tanto sus riquezas como sus sentimientos.
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Capítulo 1

Florencia, Italia

​-Lo lamento mucho, pero el señor Joaquín ha muerto. Hicimos todo lo que estaba en nuestras manos, pero fue imposible salvarlo.

​Esas palabras atravesaron como una bala el corazón de la joven. Solo deseaba ver a su padre una vez más; anhelaba que saliera de aquel hospital con vida, como lo había hecho tantas veces antes, pero esta vez el destino era distinto: se había ido para siempre.

​Las lágrimas que surcaban sus mejillas estaban cargadas de dolor y rabia. Se sentó lentamente, intentando procesar la noticia, pero le resultaba imposible aceptar la ausencia de su padre. Su tía paterna se sentó a su lado e intentó consolarla, acariciando su larga cabellera negra mientras susurraba:

​-Era lo mejor, hija. Mi hermano ya estaba muy enfermo, estaba sufriendo demasiado.

​-¿Por qué, tía? ¿Por qué me ha tocado esta vida? -preguntó Esmeralda con el alma desgarrada, un nudo en la garganta y una opresión asfixiante en el pecho.

​-No lo sé, Esmeralda, pero ahora debes ser fuerte, como siempre lo has sido. Tenemos que seguir adelante porque no nos queda otra opción.

​Esmeralda miró a su tía y cerró los ojos, intentando recuperar la fuerza que se le había escapado apenas unos segundos atrás.

​Los Ángeles, California

​Mientras tanto, a kilómetros de allí, en un mundo totalmente diferente, el heredero del CEO más poderoso de Estados Unidos ponía fin a otra relación.

​-Lo siento, Lino, pero me he enamorado de otro hombre. Intenté luchar por nosotros, pero no tenía sentido; cada vez me sentía más sola e ignorada. Lo único que te interesa es tu trabajo y complacer a tu abuelo.

​Lino, un hombre de atractivo imponente, alzó la vista y clavó sus ojos azules en la bella rubia frente a él. Sus palabras no eran nuevas; era un guion que ya había escuchado muchas veces.

​-Está bien, Soraya. Si ya has tomado una decisión, la respeto. No voy a suplicarte que te quedes.

​-¡Vaya! ¿Eso es todo? Eres increíble, Lino. ¿Ni siquiera una disculpa por más de seis meses de total abandono? -preguntó ella, indignada.

​-¿Una disculpa? No, Soraya, no esperes eso de mí. No soy de los hombres que piden perdón -sentenció él con frialdad, como si el final de su relación fuera un trámite más. Acto seguido, dejó dinero sobre la mesa y se marchó.

​En una elegante habitación, un hombre mayor miraba fijamente por la ventana.

​-¿Señor Dimarco? Aquí le traigo sus medicinas -dijo Braulio, su empleado de confianza.

​El hombre lo ignoró, con la mente perdida en algún lugar lejano.

​-¿Qué sucede, señor? ¿Se encuentra bien? -preguntó Braulio, quien había sido su amigo por más de cincuenta años.

​-Creo que es hora de devolver lo que robé hace medio siglo, Braulio. El fruto del trabajo de un hombre que lo dio todo.

​-Señor, ¿aún sigue con eso?

​-Sí, hoy más que nunca. Siento el aliento de la muerte en mi cuello, Braulio. ¿Qué le diré a Dios cuando esté frente a Él? ¿Cómo voy a explicarle mi traición?

​-¿Pero qué piensa hacer? Han pasado muchos años. Seguramente Joaquín pudo rehacer su vida; ya no tiene sentido que se angustie.

​-Para mí sí lo tiene. No quiero marcharme sin reparar mi error. Me duele por mi familia, pero tengo miedo de la condena eterna.

​Braulio lo miró inquieto, temiendo que Don Dimarco hubiera perdido la razón.

​Florencia, Italia (Dos días después)

​-Me partió el alma dejar a mi padre en ese lugar tan solitario, tía.

​-Lo sé. La vida sin Joaquín será difícil, pero fue lo mejor. Ya no teníamos dinero para sus medicinas y él sufría cada vez más. Desde aquel accidente, su vida cambió para siempre. Mi pobre hermano luchó tanto para nada...

​-He estado pensando algo, tía. Quiero reabrir la panadería de papá.

​-¿Qué? ¿Pero con qué dinero? No nos queda nada.

​-Podría hipotecar la casa y usar ese capital para el negocio.

​-Hija, es muy arriesgado. La panadería ha estado cerrada años. Si nos va mal, perderemos la casa que tanto esfuerzo le costó conseguir a tu padre.

​-No importa. No pienso quedarme de brazos cruzados. Tengo que hacer algo.

​Esmeralda se miró al espejo, secó sus lágrimas y retocó su maquillaje. Sus ojos café claro aún reflejaban el dolor de la pérdida, pero también una nueva determinación. Sin perder tiempo, se dirigió al banco.

​La residencia se preparaba para una gran celebración.

​-¿Abuelo? Buenos días. Mi tía y mi madre están vueltas locas con los preparativos de tu fiesta -dijo Lino, besando la frente del anciano.

​Dimarco no respondió; para él, la fiesta carecía de importancia.

​-Te noto extraño, abuelo. ¿Qué pasa?

​-Nada. ¿Cómo va todo en la compañía? -preguntó, evadiendo el tema.

​-Muy bien. Sabes que puedes confiar en mí.

​-Lo sé. Eres mi orgullo, Lino, igual que lo fue tu padre.

​-No me engañas -insistió Lino, inclinándose hacia él-. ¿Qué tienes?

​-Lino, quiero pedirte algo muy serio -dijo Dimarco con solemnidad-. No me preguntes nada, solo prométeme que cumplirás lo que deje ordenado en mi testamento.

​-¿Qué? Abuelo, me estás asustando. No hables de testamentos hoy, es tu cumpleaños.

​-Solo promételo. Haz exactamente lo que estipule; será por el bien de la familia.

​-Está bien, te lo prometo -respondió Lino, desconcertado.

​Al caer la noche, la mansión se vistió de gala. Los invitados vitorearon cuando el CEO bajó lentamente las escaleras.

​-¡Feliz cumpleaños, suegro! Espero que nos acompañe muchos años más -dijo Anthony, el esposo de Carlota.

​-¿Más años viéndote gastar mi dinero sin trabajar? No lo creo -replicó Dimarco con dureza.

​La fiesta avanzaba, pero Dimarco comenzó a sentir un dolor agudo en el pecho. Mientras disimulaba el malestar, Sora, la madre de Lino, se acercó a su hijo.

​-¿Qué pasa con Soraya? ¿Por qué no ha llegado?

​-No vendrá, mamá. Terminamos hace un par de días.

​-¿Otra vez, Lino? No duras más de seis meses con nadie. Tu única relación es con el trabajo.

​Lino sonrió con suficiencia. Para él, el amor era irrelevante; su única meta era ser como su abuelo: un hombre poderoso y respetado. De repente, un grito desgarrador de Carlota interrumpió todo.

​-¡Papá!

​Don Dimarco se desplomó, con la mano apretada contra el pecho. El momento que tanto temía había llegado.

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