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Portada de la novela Relatos De Una Loca Pasión.

Relatos De Una Loca Pasión.

Esmeralda Lombardi vuelve con un firme propósito: rescatar el legado hotelero que los Guidacci le quitaron a su progenitor. No obstante, la última voluntad de Don Dimarco impone un matrimonio forzado con el cruel Lino Guidacci, su peor adversario. Mientras él intenta seducirla para que abandone su herencia bajo el acecho de la tía Carlota, el odio mutuo se convierte en una atracción letal que pondrá en juego tanto sus riquezas como sus sentimientos.
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Capítulo 2

La celebración se transformó en angustia en cuestión de segundos. Los invitados se vieron obligados a marcharse; la fiesta había terminado abruptamente. Angustiados, los Guidacci aguardaban noticias del patriarca tras la puerta de su habitación.

​Después de varios minutos de incertidumbre, el médico de cabecera de don Dimarco finalmente salió.

​-¡¿Qué pasó, doctor?! ¿Cómo está mi abuelo? -preguntó Lino, desbordado por la ansiedad.

​-Don Dimarco ha sufrido un preinfarto. Debemos trasladarlo de inmediato al hospital; ya he solicitado una ambulancia.

​La noticia cayó como un balde de agua fría. Todos se miraron entre sí, desconcertados. Una vez en el hospital, Dimarco, sintiendo que su tiempo se agotaba, llamó a su hombre de confianza.

​-¿Braulio? Envía a Josué a Italia. Todavía conservo la dirección de Joaquín. Dile que lo traiga; es hora de devolver lo que le pertenece. Ya no me queda tiempo.

​-Señor, insisto... han pasado demasiados años.

​-¡Escúchame bien, Braulio! -sentenció Dimarco con desesperación-. No quiero irme con esta culpa. Dile a Josué que viaje hoy mismo y encuentre a Joaquín.

​Aterrorizado por la idea de morir sin enmendar su traición, Dimarco no aceptaba un no por respuesta. Sin perder tiempo, Josué partió hacia Florencia en busca de Joaquín Lombardi, sin saber que el hombre ya había partido de este mundo días atrás.

​Florencia, Italia

​Mientras guardaba las pertenencias de su padre en una caja, Esmeralda encontró algo que captó su atención.

​-¿Tía? ¿Quién es este hombre que aparece en la foto con papá?

​Fiorela tomó la fotografía y su expresión se ensombreció al instante.

​-¿Qué pasa? ¿No te agrada el hombre de la foto? -preguntó Esmeralda, intrigada.

​-No, hija. Ese hombre es el peor ser humano del mundo. Es increíble que tu padre conservara esto; yo la habría quemado hace años. No hubiera querido volver a ver su rostro jamás.

​-¿Qué hizo, tía? ¿Por qué hablas así de él? ¿Qué le hizo a mi papá? Necesito saberlo.

​-Nada, no me prestes atención -respondió Fiorela intentando cerrar el tema-. Mejor terminemos de guardar las cosas.

​-No, tía, dímelo.

​-Ya no vale la pena. Sigamos.

​Esmeralda quedó sumida en la confusión. En la imagen, su padre y aquel desconocido lucían muy unidos, lo que hacía que las palabras de su tía resultaran aún más enigmáticas.

​Mientras tanto, Josué llegó a la dirección indicada, pero no encontró rastro de su objetivo.

​-¿Braulio? Estoy en Florencia. Acabo de ir a la dirección, pero no hay ningún Joaquín Lombardi en esta casa.

​Braulio se acercó al oído de don Dimarco para informarle.

​-¿Señor? Joaquín ya no vive en esa dirección. ¿Qué debe hacer Josué?

​-Que lo busque. Que lo busque por toda Italia si es necesario -respondió el anciano con un hilo de voz desesperado.

​Los días pasaron y la salud de Dimarco continuó deteriorándose. Lino, incapaz de aceptar la realidad, increpó al médico.

​-Tiene que hacer algo para que mi abuelo se recupere, doctor.

​-Lino, escúchame. Don Dimarco tiene noventa años y un problema cardíaco grave. Su terquedad al evitar las revisiones médicas nos ha traído a este punto. Hacemos lo posible, pero no puedo garantizar nada.

​-¡¿Cómo que no?! Estamos hablando de Dimarco Guidacci. Él tiene que vivir. ¿No será que usted ya no es el médico que solía ser?

​-Lino, no voy a responder a eso porque entiendo tu angustia. Haré como si no hubiera escuchado nada.

​Frustrado y colérico, Lino golpeó la pared del hospital. Sentía que el pilar de su vida se desmoronaba y él era impotente para evitarlo.

​-¡Tía! ¡Ya tengo respuesta del banco! Aprobaron el crédito. Iré por el dinero mañana mismo; ¡podemos reabrir la panadería!

​Para Esmeralda, este proyecto era como renacer de las cenizas. Fiorela, aunque con una sonrisa nerviosa, aceptó apoyarla. Al día siguiente, tras obtener los fondos, comenzaron a organizar el local.

​Sin embargo, mientras Esmeralda luchaba por su futuro, Dimarco se hundía en la desesperación al no hallar a Joaquín.

​-Señor, ha hecho lo que ha podido. Ya no es su culpa -intentó consolarlo Braulio.

​-No, no me rendiré. Llama a los abogados. Si no logro encontrar a Joaquín, al menos dejaré estipulado lo que le pertenece para poder marcharme en paz.

​Pero el destino intervino de forma inesperada. Una mañana, mientras Esmeralda pedaleaba hacia la panadería, fue atropellada por el vehículo de Josué.

​-¡Lo siento, señorita! ¡¿Está bien?! -exclamó él, bajando del auto aterrado.

​-¿Es que no se fija por dónde va? ¡Esto es Florencia! Todo el mundo va en bicicleta.

​-Lo lamento de verdad. Permítame llevarla a un hospital.

​-No, estoy bien. Pero le aconsejo que tenga más cuidado la próxima vez.

​-Sí, lo tendré. Qué vergüenza... Me presento, soy Josué Dartem, vengo de Estados Unidos. Aquí tiene mi tarjeta -dijo él con la voz trémula.

​-Está bien, no se preocupe. Me llamo Esmeralda Lombardi.

​-¿Lombardi? -Josué se quedó petrificado-. ¿Conoce usted a Joaquín Lombardi?

​-Sí... era mi padre -respondió ella con nostalgia.

​Al enterarse de la noticia, don Dimarco quedó conmocionado.

​-¿Muerto? ¿Joaquín ha muerto?

​-Así es, señor. Parece que fue un cáncer. Su hija se lo confirmó a Josué por una coincidencia del destino.

​-¿Su hija? ¿Es joven? ¿Está soltera?

​-Sí, una muchacha de unos veintitrés años. Al parecer es soltera, ¿por qué lo pregunta?

​-Braulio, llama a los abogados ahora mismo. Ya sé lo que voy a hacer.

​Dimarco regresó a su mansión para pasar sus últimos días, dejando todo meticulosamente organizado. Una noche, Lino entró a su habitación y el anciano lo recibió con los brazos abiertos.

​-Ven, hijo. No olvides lo que te dije: todo es por tu felicidad. A veces necesitamos un pequeño empujón.

​-¿De qué hablas, abuelo?

​-Un día lo entenderás.

​Tras la salida de Lino, Dimarco le entregó dos cartas a Braulio con una instrucción final:

​-No olvides tu misión. Entrega estas cartas al abogado; solo podrán abrirse cuando se cumplan los dos años de mi condición. No lo olvides.

​Dimarco cerró los ojos y un silencio sepulcral se apoderó de la estancia.

​Dos días después, la familia Guidacci, vestida de riguroso luto, descendía de sus lujosos autos. El patriarca se había ido.

​-¿Lino? ¿Estás bien? -preguntó Sora.

​-No, mamá. Me hará mucha falta.

​-Ahora tú estás a cargo. Tienes que ser fuerte.

​-Siempre lo soy. Soy Lino Guidacci; la debilidad no forma parte de mí. Seguiré el legado de mi abuelo. Nada ni nadie destruirá este imperio. Somos indestructibles.

​-No hables así, hijo. Suenas arrogante.

​-Solo digo la verdad.

​A la mañana siguiente, Sora despertó a Lino con urgencia. El abogado de la familia esperaba en el estudio para la lectura del testamento.

​-¿Hoy? Es demasiado pronto -protestó Lino.

​-Don Dimarco ordenó que fuera un día después del sepelio.

​A pesar de la premura, la familia se sentía tranquila. No esperaban sorpresas. Sin embargo, estaban profundamente equivocados. Lo que estaba a punto de revelarse era algo que jamás habrían imaginado ni en sus pesadillas más oscuras.

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