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Portada de la novela Reina Maldita

Reina Maldita

Alanis Vanter domina el mercado de diamantes en Sudáfrica bajo el apodo de La Reina. Pese a su éxito y frialdad, carga con un oscuro secreto que solo confía a su amiga Sanza: Dylan Serway, su antiguo amor, le lanzó una maldición. Todo hombre que se enamore de ella morirá, a menos que Alanis vuelva con él. Esta solitaria realidad se tambalea cuando un valiente desconocido aparece decidido a ganar su afecto, desafiando el peligro mortal que la rodea.
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Capítulo 2

Pasó media hora cuando Devon entró a la ofi-cina. Alanis ya había ordenado que le llevaran dos tés.

- Ya llegó Sanza.

- Hazla pasar y que nadie nos moleste.

- Entendido.

Sanza, una sacerdotisa mulata, la única amiga de Alanis que conocía su secreto, de pelo largo y ne-gro azabache, entró casi corriendo y la abrazó.

- ¿Qué pasó ahora?

- Sabes que no te hablo a menos que te necesite.

- ¡Lo sé! ¿Qué ocurrió?

- Dylan Serway ha decidido presentarse hoy en la junta de accionistas.

La pelinegra guardó silencio.

- Me temía esto. Estás a seis meses de tomar el control de todo. Va a tratar de convencerte de que vuelvas con él.

- ¡Primero muerta! – Alanis gritó. - ¡Primero me suicido! ¡Jamás volvería con él!

- Alguna vez lo amaste más que a tu propia vi-da…

- ¡Fui una estúpida! ¡Una idiota!

- ¡El idiota fue él, no tú! – Sanza se acercó y to-mó a la rubia por los hombros. Alanis ya estaba temblando. - ¡Cálmate! El hecho de que venga no tiene porqué ponerte así.

- Anoche peleé con Kristen…

- ¿Por qué? – preguntó Sanza.

- Me metí con Peter Barthes para demostrarle a mi hermana que era un estafador y ahora me odia.

- ¿Qué? – Sanza se indignó. - ¿Te metiste con Peter Barthes, el novio de tu hermana para…?

- Sí.

- ¿Por qué la heriste así?

- Porque es mejor que desde ahora no confíe en los hombres. No quiero que le pase lo que me suce-dió a mí.

Alanis se quedó mirando el horizonte fijamen-te mientras su mente volaba hacia sus días de cole-giala en la preparatoria de Johannesburgo.

- ¿Entonces es cierto que estás enamorada?

- ¡Ay, Molly! ¡Estoy tan enamorada que siento que no piso la tierra! ¡Es tan lindo, es tan guapo, me quiere tanto!

- ¡Alanis, me da tanta envidia tu situación! – ex-clamó Alice mientras le compartía de su almuerzo. – Tener un novio que va en la universidad… que te envía rosas rojas todos los días. ¡Es muy romántico!

- ¿Cuánto llevan de novios? – preguntó otra compañera.

- Ya casi un año… - respondió Alanis.

- Probablemente, ya sea tiempo de que se den más que unos besos… - sugirió Sanza con desenfa-do.

- ¡Sanza! – gritó Alanis toda ruborizada.

- ¿Tú qué opinas, Reese? – preguntó Sanza a una rubia que, por extrañas circunstancias, no se unía a la plática.

- No lo sé… cada quién.

Alanis agitó sus cabellos rubios y volvió de sus recuerdos al presente.

- Sanza… ¿Cuándo estábamos en la prepa, tú al-guna vez sospechaste de…?

- No. Y si lo hubiese hecho te lo habría dicho.

- Es que… por más que intento y vuelvo a lo mismo…

- Nadie lo sabíamos, Alanis. Tienes que dejar de culparte por ello. El único maldito desgraciado aquí es…

Alanis cerró los ojos y recordó. Esa noche era su primer aniversario de novios con Dylan Serway. Como sus padres todavía no la dejaban salir sola de noche, aunque su novio fuera un universitario, el plan era que saldría con Sanza para pretender que pasaría la noche con ella para una pijamada cualquie-ra.

- ¿Estás segura que quieres que te deje con Dy-lan? ¿En verdad van a tener relaciones? – cuestionó Sanza.

- Creo que ya es hora y estoy lista. Lo amo.

- ¿Y eso qué? Yo amo mi maquillaje y no por eso lo hago con él.

Ambas se rieron, bajaron del coche y subieron hasta el penthouse. Alanis tomó la llave que Dylan le había dado varios meses atrás y abrió. Todo estaba oscuro.

- ¿Estás segura que Dylan estaría aquí? – pre-guntó Sanza.

- Se supone que sí, pero…

De pronto, oyeron unos gemidos provenientes de la cocina. Alanis y Sanza se miraron. Ambas ca-minaron silenciosas y los ruidos se hacían más y más ardientes hasta que Alanis prendió la luz. Lo que vie-ron hizo que Alanis gritara con dolor.

- ¡Dylan!

- ¿Reese? – Sanza no podía creer que su amiga, la callada e inteligente Reese, estaba teniendo relacio-nes sexuales con el novio de su mejor amiga.

- ¡Alanis! – Dylan le aventó un trapo a Reese y siguió a su novia que lloraba amargamente en la sala mientras Sanza miraba de un lado a otro sin saber qué hacer.

- ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué demonios te hice para que me hicieras esto? ¿No soy lo suficientemente buena? ¿Necesitabas a una cerebrito y que, además, fuera mi amiga?

- Alanis yo… - Reese intentó hablar, pero Sanza se interpuso.

- ¡Tú cállate, mosca muerta! Creo que deberías largarte…

- ¡Estoy esperando una maldita explicación, Dy-lan!

Dylan de pronto se relajó y se recargó en el so-fá.

- Nunca te prometí un jardín de rosas.

- ¿Qué?

- ¡Que nunca te prometí un jardín de rosas! ¡El amor es como cada quién quiere verlo! Y yo te amo, pero a mi manera.

- ¿Qué demonios quieres decir con eso?

- Que siempre te voy a amar. Pero no implica que no quiera estar con otras. Yo no funciono así. Y eso también deberías metértelo en la cabeza. Reese satisface mis necesidades. Pero resulta que yo quiero que seas mía, nadamás.

- ¿Y quiere algo más el señor? – Sanza refutó.

- ¡No te metas, mulata! Mira, Alanis, aquí no ha pasado nada. Deja me cambio y vamos a cenar.

- ¡No seas imbécil! ¡Jamás volverás a tocarme! ¡Nunca! ¡Tú y yo hemos terminado!

- No seas tontita. Tú y yo no hemos terminado.

- ¡Por supuesto que lo hemos hecho! ¡No sé cómo pude enamorarme de ti y de tu fachada! ¡Si al-guna vez sentí algo por ti, acaba de morirse esta no-che! ¡Vámonos, Sanza!

Alanis y su amiga se dirigieron hacia la puerta, pero Dylan fue más rápido y se interpuso.

- Muy bien. Por las malas será. Si no eres mía, no serás de nadie.

- ¿Qué dices?

- Te maldigo, Alanis Vanter. Te maldigo para que nunca conozcas el amor verdadero y seas odiada hasta por tu propia familia. Te maldigo para que to-dos los hombres que intenten acercarse a ti, sean eliminados y no puedas amar ni ser amada. Solo po-drás romper esta maldición volviendo a mis brazos. Que así sea.

Un aire congelado inundó la habitación. Alanis empezó a temblar, pero se llenó de valor y le res-pondió a Dylan.

- Que así sea entonces.

Sanza la hizo volver al tiempo presente acari-ciándole los rubios cabellos.

- La maldición de Dylan debe tener algo débil.

- Sanza… ¿dónde? Desde ese entonces mis pa-dres han muerto, Kristen me odia, Kevin, aquel chi-co al que le gustaba en la prepa, murió inexplicable-mente de un infarto…

- Pero puede ser por otra cosa…

- ¿Cuál, Sanza? Desde que murió Kevin sólo por la relación que tenía conmigo, he preferido ma-nejar a todos los hombres de lejos. El más cercano a mí es Devon y sólo porque es mi asistente.

- Bueno… el punto es… ¿Qué harás hoy cuan-do veas a Dylan Serway?

- ¿Qué sugieres que haga?

- Pues lo que se te da tan bien desde el pasado hasta ahora. Ignóralo. Que entienda que no volverás con él…

- Y que no estaré con nadie.

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