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Portada de la novela Reina Maldita

Reina Maldita

Alanis Vanter domina el mercado de diamantes en Sudáfrica bajo el apodo de La Reina. Pese a su éxito y frialdad, carga con un oscuro secreto que solo confía a su amiga Sanza: Dylan Serway, su antiguo amor, le lanzó una maldición. Todo hombre que se enamore de ella morirá, a menos que Alanis vuelva con él. Esta solitaria realidad se tambalea cuando un valiente desconocido aparece decidido a ganar su afecto, desafiando el peligro mortal que la rodea.
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Capítulo 3

Alanis y Sanza se despidieron. Sanza le prome-tió a la rubia investigar sobre el paradero de Reese Colt y sobre la muerte de Kevin. Aunque todo pare-cía que había sido un infarto, Sanza, con sus poderes de sacerdotisa, se metería más en el asunto. La poli-cía había determinado que, por consumo en exceso de bebidas energéticas, el corazón de Kevin se había agitado de tal manera, que lo había conducido a una arritmia tal, que su corazón se había detenido. No había sospechosos, pero Alanis siempre había tenido la certeza de que era culpa de la maldición de Dylan.

- Cualquier cosa nueva que descubras, llámame.

- Lo haré. No te dejes amedrentar por Dylan.

- No.

Devon interrumpió anunciando que faltaban cinco minutos para la junta de accionistas.

- Ya casi es hora, Alanis.

- Sí, está bien. ¿Le avisaste a Edward que lo veré en Qunu?

- Sí. Te estará esperando en el área VIP.

- De acuerdo. ¿Algún cambio de último minuto?

- Sí. El tercer accionista mayoritario está muy enfermo.

- ¿El profesor Javelly?

- Sí. Y mandó a su abogado y a su representante.

- Dos sillas más… ¿Nombres?

- El abogado es Dominic Hart y su representan-te es Ethan Hart.

- ¿Son hermanos?

- Sí. Los investigué rápidamente y de hecho son tres. El otro se llama William Hart, pero se está que-dando a cuidar al profesor Javelly.

- ¿Y qué son ellos de Charles Javelly? – preguntó interesada Alanis.

- Al parecer, nadie lo sabe. Charles Javelly no tiene familia. Pero está muy grave por la pérdida de su ojo y de pronto aparecieron estos chicos.

- Mientras no causen problemas, no importa quien se presente. Vamos.

Alanis caminó segura con su taza de té en la mano al área de juntas. Se sentó en la silla que presi-día el consejo esperando a que los demás llegaran cuando vio una rosa roja en la mesa.

- ¿Cómo estás, querida? ¿Me has extrañado?

Alanis tomó la flor entre sus manos y la des-trozó.

- Ni un ápice. No sé a qué demonios te presen-tas.

- Fui lo bastante inteligente para comprar las su-ficientes acciones antes de que tus padres fallecieran para estar siempre cerca de ti. – Dylan se sentó a su derecha y se recargó más en la butaca.

- Deberías estar ejerciendo Medicina… con Re-ese.

- Ya sabes que a la que quiero es a ti. Y tú tien-des a poner las cosas difíciles. ¿Por qué no aceptas que nuestro destino es estar juntos? – El pelinegro intentó tomar una de las blancas manos de la rubia, pero ella las quitó a tiempo.

- Porque tú me hiciste dejar de creer en esas idioteces llamadas amor, cariño y confianza. Mejor dime de una vez el precio que quieres por tus accio-nes para no tener que verte la cara.

- No, querida. Jamás las voy a vender.

De pronto, tuvieron que guardar silencio por-que el resto de accionistas llegó y se sentaron para dar inicio a la junta. Iban a comenzar cuando dos fi-guras masculinas entraron con algo de retraso.

- Lo siento. – dijo un castaño de ojos grises que sostenía una laptop y que iba seguido por un peline-gro, vestido de traje negro y lentes oscuros, cabello negro azabache y peinado igual que él, con el pelo re-lamido hacia atrás. – Soy el abogado del señor Javelly y vengo con su representante.

- Soy Ethan Hart y él es Dominic Hart. ¿Pode-mos sentarnos?

- Les voy a suplicar que sea la primera y última vez que se retrasan… - pidió Devon.

- Yo sólo recibo órdenes de la reina… - el lla-mado Ethan se quitó los lentes y miró con interés a Alanis que se fijó en él con curiosidad. Vaya que era impertinente. Disimuló una sonrisa y dijo.

- Primera y última vez, señor Hart.

La reunión fue aburrida. Alanis miraba a todos de vez en cuando y cambiaba de postura. Dylan la miraba y Dominic, el abogado de Charles Javelly, ha-cía algunas intervenciones de vez en cuando. Cuando Ethan Hart se quitó los lentes, no dejó de ver a Ala-nis. Era tal y como la había visto en las fotografías de paparazzis. Incluso, más hermosa. Definitivamente, se ganaba a pulso su apodo de “La Reina”. Después, analizó a Dylan Serway. ¿Sería cierto lo que decían en el bajo mundo de él? ¿Qué era un huérfano que de la nada se había hecho de una fortuna considera-ble por estar metido en cosas de ocultismo y teorías conspirativas? ¿Qué bajo su mando, se había forma-do una secta llamada “Pie de Bruja” donde él era el rey supremo? Aparentemente, no. Pero lo que les había contado el profesor Javelly parecía bastante creíble. Al fin, la sesión terminó. Alanis se iba a le-vantar, pero Dylan la detuvo.

- Te pido que reconsideres lo nuestro.

- ¡No tengo nada que reconsiderar!

- ¿Está molestando a la reina? – Ethan Hart se acercó y se interpuso entre Dylan y Alanis.

- No se meta donde no lo llaman. – sentenció Dylan.

- Entonces no moleste a la reina.

- Gracias, pero sé cuidarme sola. – Alanis apro-vechó el momento y se fue a toda prisa.

- Si quieres ser parte de esta junta de accionistas, más vale que no te metas con Alanis Vanter. – ame-nazó Dylan.

- Yo no me metí con la reina. – aclaró Ethan. – Me metí contigo.

Dylan carraspeó y se acercó al oído de Ethan.

- Más vale que no lo hagas si quieres seguir con tu miserable vida…

El pelinegro salió. Ethan y Dominic se queda-ron solos.

- Así que ese es Dylan Serway.

- Sí, Dominic. Ése es.

- ¿Crees que el profesor Javelly tenga razón en todo lo que nos ha contado sobre él?

- Puede que sí. Acaba de amenazarme sólo por-que defendí a la reina.

- Será muy interesante cuando le informemos. Ya investigué que Kristen, la princesa, no tiene ofici-na aquí, pero que al parecer tuvo un percance con Peter Barthes.

- Bueno, al menos ya sabemos algo…

- Sí. Le gustan los platinados…

Los dos hermanos se vieron a los ojos.

- ¡William!

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