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Portada de la novela Regreso a Mi Hogar Verdadero

Regreso a Mi Hogar Verdadero

Después de tres años de martirio y cautiverio por culpa de Rodrigo, Sofía reaparece solo para ser despreciada frente a Elena. Con la salud quebrantada y falsas acusaciones sobre ella, descubre que su esposo planea entregar su corazón para sanar a su rival. Tras revelarse la verdad mediante su hijo, el sistema le otorga una oportunidad definitiva. Sofía viajará al pasado para rescatar a su sobrina, enmendar su trágico destino y vengarse de quienes la traicionaron.
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Capítulo 3

Mi regreso a la mansión de la Torre, unos meses antes de mi desaparición, fue silencioso y frío.

Había pasado semanas en el hospital recuperándome del "accidente" que Elena había planeado tan meticulosamente, mis piernas estaban enyesadas, y el diagnóstico de los médicos era sombrío: parálisis permanente.

Rodrigo me había enviado a la habitación de invitados más alejada, como si mi presencia fuera una mancha en su hogar perfecto.

Los sirvientes me evitaban, susurrando a mis espaldas, sus miradas una mezcla de lástima y desprecio, seguían las órdenes de su señor, y su señor me despreciaba.

Pasaba los días en una silla de ruedas, mirando por la ventana el jardín que una vez cuidé con tanto amor, ahora, parecía un lugar extraño y ajeno.

Un día, la puerta de mi habitación se abrió de golpe.

Era Carlitos, mi hijo de cinco años, su pequeño rostro estaba fruncido en una expresión de ira que no correspondía a su edad.

En sus manos sostenía un conejo de peluche, uno que Elena le había regalado.

"¡Eres una mujer mala!"

Me gritó, sus palabras infantiles cargadas de un veneno que no era suyo.

"¡Lastimaste a tía Elena! ¡Papá dice que eres una mentirosa!"

Mi corazón se encogió, un dolor agudo y familiar me oprimió el pecho, este era el resultado de meses de manipulación por parte de Elena, había puesto a mi propio hijo en mi contra.

Intenté hablar, mi voz temblorosa.

"Carlitos, mi amor, eso no es verdad, mamá nunca lastimaría a nadie."

"¡No me llames así!"

Gritó, arrojando el conejo de peluche al suelo.

"¡Tú no eres mi mamá! ¡Mi mamá es tía Elena!"

Cada palabra era un golpe, me quedé sin aliento, incapaz de responder, las lágrimas nublaron mi visión mientras veía a mi hijo salir corriendo de la habitación, como si huir de mí fuera lo más importante del mundo.

Poco después, Elena entró, su rostro una máscara de preocupación.

"Sofía, querida, acabo de ver a Carlitos, estaba muy alterado, ¿qué le dijiste?"

Se arrodilló junto a mi silla de ruedas, tomando mi mano entre las suyas, su tacto era frío.

"Sé que estás pasando por un momento difícil, pero no deberías desquitarte con el niño, él es muy sensible."

La hipocresía de sus palabras era asfixiante, ella era la que le había llenado la cabeza de mentiras, la que me había pintado como un monstruo.

Aparté mi mano de la suya.

"No le dije nada, Elena."

Mi voz era plana, sin emoción, había aprendido que mostrar cualquier vulnerabilidad frente a ella era un error.

Ella suspiró, como si estuviera genuinamente decepcionada.

"Escucha, sé que estás resentida por lo del premio de diseño, pero tienes que entender, ese concepto era mío desde el principio, simplemente lo desarrollaste un poco, y el accidente… fue un accidente, Sofía, deberías estar agradecida de que Rodrigo no presentara cargos."

Un flashback rápido e incontrolable inundó mi mente: yo, trabajando hasta altas horas de la noche en los bocetos del juego, el núcleo de lo que se convertiría en el mayor éxito de "Innovaciones Globales", y Elena, entrando a mi estudio, "admirando" mi trabajo, memorizando cada detalle.

Luego, el día de la presentación, ella subiendo al escenario con mis diseños, llamándolos suyos.

El "accidente" en el laboratorio, una explosión controlada que ella misma provocó, y yo empujando a Rodrigo fuera del peligro, mientras una viga caía sobre mis piernas.

Cuando desperté, Rodrigo estaba al lado de la cama de Elena, sosteniendo su mano mientras ella lloraba, diciendo que yo la había empujado hacia el peligro para robarle su "momento de gloria".

Volví al presente justo cuando Rodrigo entraba en la habitación.

Vio la expresión de "dolor" en el rostro de Elena y su mirada se endureció al posarse en mí.

"¿Qué le estás haciendo ahora, Sofía?"

Su tono era acusador, no había lugar para la duda en su mente.

Elena se secó una lágrima inexistente.

"No es nada, Rodrigo, solo hablábamos, Sofía está un poco alterada, es comprensible."

Rodrigo se acercó a mí, su sombra cubriéndome.

"Elena es la víctima aquí, ella casi muere por tu culpa y aun así te perdona, lo menos que podrías hacer es mostrar algo de gratitud en lugar de actuar como una arpía resentida, deja de molestarla."

Miré su rostro, el rostro del hombre que había prometido amarme en la salud y en la enfermedad, y no sentí nada más que un vacío helado, la misión era una farsa, este amor era veneno.

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