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Portada de la novela Quedate Conmigo (Crepusculo Fic)

Quedate Conmigo (Crepusculo Fic)

Sigo sus pasos mediante la prensa y las pantallas, reviviendo el lazo que nos unió. Ella fue la única que logró conocerme profundamente, pero hoy se encuentra atrapada en un torbellino de vicios y superficialidad. Mantengo la fe en que elija dejar atrás esa vida vacía para volver a mi lado. Anhelo rescatar nuestro vínculo y consolidar, al fin, el romance que dejamos pendiente. Un relato de pasión y redención inspirado en el universo de Stephenie Meyer.
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Capítulo 3

Edward POV

Me preparo mentalmente para lo que se viene, subirse en unas escaleras y arreglar un techo de metros más alto que yo. De tan solo pensarlo me da escalofríos. Pero el dinero que me pagarán servirá para pagar otro poco de la medicina de papá. Es necesario, tanto como para comer.

Me subo a mi camioneta Chevy del 50, color durazno ya desteñido. Tiene casi 30 años. Fue un regalo que le dio mi abuelo a mi padre el año 1959. Creo que debería pintarlo.

Llueve a cantaros en Forks, no hay ni rastros de la salida del sol. El frío me cala los huesos y los dedos se ponen rígidos contra el manubrio, por lo que debo moverlos constantemente para que no se me estanquen en la misma posición. Odio este frío insoportable, pero no puedo hacer más que quedarme hasta secarme; papá no puede estar solo.

Cuando estaciono frente al instituto de Forks, miles de recuerdos golpean mi cabeza. Por eso es que no me gusta venir, solo me hace recordar feos momentos. Intento buscar un recuerdo que me produzca algún signo de agrado, pero no hay.

Bajo del auto, sintiendo las gotas de lluvia golpeando mi cabeza con fuerza, no duro ni un segundo sin estar completamente mojado. En la entrada espera el director del establecimiento; es gordito y alto, risueño y suda bastante, por lo que siempre anda con un pañuelo bordado, que frota constantemente sobre su frente. Me hace un gesto de saludo con la mano, alegre y emocionado de verme.

—¡Muchas gracias por venir, Edward! —exclama, dando dos pasos hacia adelante, pero retractándose al notar las gotas gruesas contra su escasa cabellera.

—Buenas tardes, Sr. Dublin. ¿En dónde es el problema? —inquiero rápidamente, no tengo ánimos para charlar.

Por el rostro estupefacto del director, noto que mi directa y escasa forma de entablar conversación le es una total y horrible sorpresa, sobre todo porque fue mi mayor apoyo cuando estuve estudiando ahí. Sí, puede ser bastante feo de mi parte, pero ya estaba cansado de trabajar para los demás, siendo enviado como un simple obrero de mi padre.

—Bien. Podríamos ir a por el problema directamente, sí… —divaga.

Lo sigo por el recorrido que él utiliza, veo sus pies ir hacia el pasillo más próximo, justo frente a la repisa de cristal que contenía los premios y diplomas de alumnos destacados. A su lado descansaba el anuario, el cual contenía recuerdos de todos los años. Quizá estoy yo por ahí, aunque no me atrevo a mirarlo, el simple hecho de observarme hace diez años me da un poco de vergüenza y hace de este viaje algo más que incómodo.

El Sr. Dublin me muestra unos pequeños agujeros del techo ya podrido por la madera vieja. Noto que está tan arcaico, que en algún momento podría desquebrajarse. Es algo más serio, quizá necesitaré la ayuda de mi colega.

—Veo que necesitaré remodelar todo esto, ya está por caerse —le indico con mi dedo mientras le voy diciendo el problema.

El hombre asiente, aunque sé que no entiende absolutamente nada. Desde que estaba en este instituto, el pobre hombre era un cabeza dura, alguien poco autoritario para tener tal nivel en el lugar.

—Entonces le dejo hacer su trabajo, yo mientras iré a hacer lo mío. Muchas gracias, Edward —se despide afectuosamente de mí.

Suspiro cuando se va por el pasillo y entra a la salita pequeña, su oficina. Miro al techo nuevamente, buscando lo más fácil para hacer. No, definitivamente necesito de la ayuda de Jasper.

Jasper es mi primo, mi madre era una Whitlock, la segunda hija de Lucius Whitlock. Su hermana era la madre de Jasper, Martha Whitlock. Desde pequeños nos llevamos bien, ambos somos unos desdichados de la vida. Intento no pensar tan mal por él, al fin y al cabo recibirá la herencia de su padre el cual nunca lo quiso reconocer hasta hace unas semanas. Yo, en cambio, moriría trabajando de carpintero. O bueno, hasta que mi padre se fuese al mundo de los muertos.

Tomo el banquillo y subo dos peldaños, sintiendo la altura en la que me estaba inmiscuyendo. Inspecciono con los dedos la mojada madera, que ya está gris. Está completamente podrida, creo que no podrá resistir más temporales de Forks.

Pongo mis manos en la cintura y respiro profundamente, aguantando el frío casi asfixiante del lugar. También está húmedo, algo que no aguanto. Odio Forks, sin embargo, no tengo la suficiente valentía de irme de aquí.

Giro mi cabeza, distrayéndome un poco de la soledad y el silencio profundo del pasillo. Hoy es domingo, por lo cual, no hay nadie ni mucha actividad que digamos. Pero algo me llama la atención, es una fotografía de la generación del año 1969. La mía.

Sonrío apesadumbrado, no es algo que me gusta recordar, tampoco me genera buenas sensaciones. Solo hay algo… , alguien que me llama la atención.

—Bella —gimo.

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