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Portada de la novela Promesas Eternas Ardido en Cenizas

Promesas Eternas Ardido en Cenizas

Cinco años de casada terminaron en pesadilla cuando Javier mostró su verdadera cara. Tras humillarme con su amante, Sofía, su crueldad no tuvo límites: me empujó por las escaleras y me drogó para arrebatarme un riñón para el abuelo de ella. Sobreviví a intentos de envenenamiento y constantes abusos hasta que mi amor se extinguió. Al firmar el divorcio, elegí mi libertad sobre el dolor. Ahora huyo hacia la Patagonia, escapando de ese monstruo para siempre.
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Capítulo 2

Nuestro quinto aniversario de bodas.

Javier me había reservado una mesa en el mejor restaurante de Sevilla, con vistas a la Giralda.

Pero la silla frente a mí permaneció vacía toda la noche.

Llamé a su teléfono una y otra vez. No contestó.

Finalmente, a medianoche, me envió un mensaje.

"Lo siento, Isa. Algo importante surgió en el trabajo."

Sabía que era mentira.

Su "trabajo" tenía nombre: Sofía Vega.

Una joven estudiante de Bellas Artes que trabajaba en el museo. La conoció esa misma mañana, mientras supervisaba la instalación de una de sus obras arquitectónicas.

Me lo contó él mismo, fascinado.

"Es diferente, Isa. Pura. Inocente."

Me dijo que le había ofrecido llevarla a casa en su coche de lujo. Ella se negó.

"Yo no soy el capricho de nadie, señor Ríos", le dijo ella.

Esa frase fue el detonante. Para Javier, un hombre que lo tenía todo, el rechazo era el mayor afrodisíaco.

Mi marido, el hombre que me conquistó con doce promesas de amor eterno escritas en pergaminos, una por cada palo del flamenco, había encontrado una nueva conquista.

Esa noche, en silencio, volví a nuestra casa.

Abrí la caja de taracea granadina donde guardaba sus letras.

Saqué la primera. Alegrías. Recordaba el día que me la dio, en una playa de Cádiz, riendo bajo el sol.

"Tú eres la alegría de mis días", escribió.

La acerqué a la llama de una vela.

El pergamino se arrugó, se volvió negro y desapareció.

Una de doce. Le daría doce oportunidades. Una por cada letra.

Cuando la última ardiera, yo me habría ido.

La segunda letra ardió una semana después. Me había invitado a una gala benéfica. A último momento, me dijo que no podía ir, que tenía una reunión urgente en Madrid.

Esa noche, las redes sociales se llenaron de fotos de él. Estaba en la misma gala, pero con Sofía del brazo.

Ella llevaba un vestido sencillo, casi infantil. Él la miraba con una devoción que antes era solo para mí.

Quemé los Tanguillos, la letra que me escribió en Granada, prometiendo un baile eterno.

La tercera letra, Fandangos, ardió en una noche de tormenta.

Yo estaba en nuestra finca, ardiendo de fiebre. La tormenta cortó la luz. Lo llamé, asustada.

"Estoy en camino", me dijo.

Una hora después, volví a llamar. No contestó.

A la mañana siguiente, lo vi entrar. Traía la ropa húmeda y olía a la lluvia de la ciudad.

"Sofía les tiene pánico a los truenos", dijo sin mirarme. "Tuve que ir a consolarla. Vive sola, la pobre."

Esa noche, el Fandango se convirtió en cenizas.

Los meses pasaron. Cada traición, una letra menos.

La cuarta, la quinta.

La sexta letra que quemé fue la de las Bulerías.

Llegué a casa y vi un hueco en la pared del salón. Faltaba el cuadro. Un paisaje de la campiña jerezana pintado por mi madre antes de morir.

Mi corazón se detuvo.

"¿Javier, dónde está el cuadro de mamá?"

Apareció desde su estudio.

"Lo he guardado. Necesitaba espacio."

Señaló la pared ahora vacía. En su lugar, colgaba un pequeño boceto a carboncillo. Un retrato torpe de una joven con ojos grandes.

"Es de Sofía. ¿No es encantador? Tiene tanto talento."

No dije nada. Subí a mi cuarto y quemé las Bulerías, la letra que me escribió en la Feria de Abril, celebrando la vida.

La humillación más grande llegó con la novena letra.

Estábamos en una subasta benéfica en el Palacio de las Dueñas. Entre los lotes, había una joya de mi familia: un mantón de Manila antiguo, bordado a mano por mi bisabuela. Mi padre lo donó, pensando que yo pujaría por él para mantenerlo en la familia.

La puja comenzó. Yo levanté mi paleta.

Pero otra voz subió el precio. Y otra. Y otra.

Era Javier.

Estaba pujando contra mí. Miré hacia donde él miraba.

Sofía estaba al fondo de la sala, observando el mantón con ojos anhelantes.

El precio se disparó. Una cifra absurda, desorbitada. El martillo cayó.

"¡Adjudicado al señor Javier Ríos!"

Todos aplaudieron. Yo sentía que me ahogaba.

Javier se acercó al escenario, tomó el mantón y, en lugar de venir hacia mí, caminó directamente hacia Sofía.

"Para ti", le dijo.

Ella, con su estudiada dignidad, negó con la cabeza. "No puedo aceptarlo, señor Ríos. Es demasiado."

El rostro de Javier se contrajo. Impresionado por su rechazo, la siguió a los jardines.

Yo los seguí, oculta entre las sombras.

"Por favor, acéptalo. Lo he comprado para ti."

"No. Mi dignidad no está en venta."

Javier, frustrado, en un arrebato de ira, hizo algo impensable.

Arrojó el mantón de mi bisabuela a una fuente de mármol.

El agua oscura se tragó la seda y los bordados.

Sin pensarlo, me quité los tacones y me metí en el agua helada. El frío me cortaba la piel, pero no me importaba.

Rescaté el mantón empapado y pesado. Lo abracé contra mi pecho.

Javier y Sofía me miraban desde el borde de la fuente. Él, con una extraña mezcla de sorpresa y fastidio. Ella, con una máscara de inocencia.

Esa noche, el fuego consumió la novena letra. Tientos.

Solo quedaban tres.

Dos días después, la obsesión de Javier alcanzó un nuevo nivel de crueldad.

Para tener a Sofía cerca, para que su presencia fuera una constante en mi vida, necesitaba una excusa.

Y la encontró.

Bajaba la majestuosa escalera de mármol de nuestra casa. Él subía.

Nos cruzamos en el rellano. Me sonrió, una sonrisa vacía.

Luego, sentí un empujón.

Perdí el equilibrio. Rodé escaleras abajo. El dolor en mi tobillo fue agudo, cegador.

Cuando abrí los ojos, él estaba a mi lado, con el rostro lleno de una falsa preocupación.

"¡Isa! ¡Dios mío! ¿Estás bien?"

El médico diagnosticó una fractura. Necesitaría ayuda constante durante semanas.

Al día siguiente, Sofía Vega se instaló en nuestra casa.

"Será tu asistente personal", anunció Javier. "Te cuidará."

La miré. Ella me miró con sus grandes ojos inocentes.

Supe entonces que la cuenta atrás se aceleraba.

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