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Portada de la novela Promesas en la Penumbra

Promesas en la Penumbra

Amelia, con diecinueve años, accede a un matrimonio por conveniencia con el reservado Darío. Tras su gélida apariencia, él oculta heridas profundas que marcan su carácter. Aunque el vínculo es puramente contractual, una intensa química surge entre los dos. La calidez que él muestra empieza a romper la resistencia de la joven, uniendo sus destinos entre secretos. Ese pacto inicial se convierte en un romance profundo que ninguno podrá seguir negando.
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Capítulo 2

Buscó con manos temblorosas el sobre que aún guardaba bajo la almohada. Lo sacó y lo apretó contra su pecho como si fuera un tesoro, como si aquella hoja de papel tuviera el poder de rescatarla de la prisión en la que su padre pretendía encerrarla.

-No -susurró, con la voz quebrada-. No me voy a rendir.

Sus lágrimas cayeron sobre la carta, y con cuidado la secó con las yemas de los dedos. Volvió a leer una y otra vez aquellas líneas que confirmaban su ingreso a la academia en España. Cada palabra era un recordatorio de que había alguien, en algún lugar del mundo, que sí la veía como lo que era: una pianista con talento, una joven con un futuro propio.

"¿Cómo puede papá pensar que mi vida es un negocio? ¿Que soy una moneda de cambio para cumplir un pacto viejo y absurdo?"

Se levantó y se miró en el espejo. Sus ojos enrojecidos, sus mejillas húmedas y el cabello despeinado la hacían verse frágil, pero al mismo tiempo había un brillo nuevo en su mirada: el destello de la rebeldía.

Se sentó en el borde de la cama y, abrazando la carta, pensó:

"No me voy a casar con un desconocido. No voy a dejar que me arrebaten lo único que me pertenece: mis sueños. Prefiero huir... prefiero pelear, pero no obedecer a ciegas."

El murmullo lejano de las voces de sus padres en la planta baja le llegaba apagado. Se tapó los oídos con ambas manos, como queriendo borrar el eco de aquella orden que aún le retumbaba: "Olvida esa academia. Olvida España."

Con el corazón todavía latiendo con fuerza, Amelia se dejó caer sobre la cama, apretando la carta contra su pecho como un escudo. Cerró los ojos y, entre lágrimas, se juró que esa sería su verdad, pase lo que pase.

Amelia se levantó en la penumbra de su habitación. Había dejado de llorar, pero en su interior bullía una determinación silenciosa. Abrió el cajón de su escritorio y sacó una libreta; allí comenzó a escribir, con letra nerviosa, un plan que apenas se esbozaba entre ideas dispersas: vender algunas pertenencias, conseguir dinero, huir antes de que el matrimonio se consumara.

Guardó la carta de la academia dentro de su bolso de viaje, como un amuleto que debía acompañarla dondequiera que fuese. A cada palabra que escribía, a cada prenda que apartaba en secreto, sentía renacer un hilo de esperanza.

Fue entonces cuando la puerta crujió. Su madre apareció en el umbral, con una sonrisa tenue y los ojos cansados.

-Amelia, ¿qué haces despierta a estas horas?

Amelia, sobresaltada, cerró la libreta de golpe y escondió el bolso a un lado de la cama.

-Nada, mamá... solo pensaba.

Su madre se acercó y se sentó junto a ella. Tomó sus manos con suavidad.

-Hija, sé que todo esto es repentino. Pero tienes que comprender que el matrimonio no es solo para ti, sino para toda la familia. Nos asegura estabilidad, futuro... -su voz bajó, casi en un susurro- y honra.

Amelia la miró con rabia contenida.

-¿Y mis sueños? ¿Y lo que yo quiero? ¿Acaso eso no importa?

La madre suspiró, con una expresión mezcla de tristeza y resignación.

-En este mundo, las mujeres no siempre podemos elegir. A veces lo mejor es aprender a complacer, a agradar al esposo. Créeme, con eso la vida se vuelve más llevadera. Si Darío escogió con tanto cuidado tu ajuar, si ha pensado en cada detalle, es porque te aprecia. Eso deberías valorar.

-¿Valorar? -replicó Amelia con un nudo en la garganta-. No me conoce, mamá. No sabe lo que me importa, lo que soy.

Su madre acarició su cabello con ternura, aunque sus palabras eran una cadena suave que buscaba atarla.

-Con el tiempo, lo querrás. O al menos aprenderás a vivir en paz con él. Eso es lo que yo he hecho.

Amelia la miró con los ojos húmedos, sintiendo que esa confesión escondía siglos de renuncias femeninas. Quiso gritar, pero solo pudo apretar los labios hasta que su madre se levantó y salió de la habitación, dejándola otra vez a solas con su bolso escondido y sus pensamientos en llamas.

Al día siguiente, Amelia sentía que caminaba dentro de un sueño espeso, como si todo ocurriera lejos de su voluntad. Allí estaba, frente al espejo, rodeada por su madre, sus hermanas y varias mujeres que no conocía. La vestían, la peinaban, la maquillaban. Todas reían y lanzaban alabanzas al ajuar que la cubría.

-Ya viste qué bonita corona.

-Pero no has visto los aretes, hacen juego con ella.

-Y el brazalete, el brazalete es hermoso. ¡Qué cuidado al escoger todo, Amelia, hasta parece que pensaste en cada detalle!

Amelia abrió la boca para contestar, pero otra voz, firme y satisfecha, se adelantó. Era una mujer de mediana edad, de porte orgulloso.

-No, no fue ella. Fue mi hijo quien dedicó bastante tiempo para elegir cada cosa. No olvidó ningún detalle.

-Bueno, pues se nota que no escatimó en nada -comentó otra mujer.

El murmullo de las mujeres a su alrededor se fue diluyendo hasta volverse un eco distante. Amelia se miraba en el espejo: el vestido marfil bordado con encajes parecía envolverla como una prisión de lujo. Su cabello recogido en rizos caía con gracia sobre los hombros, y la corona brillaba bajo la luz. Todo era perfecto, demasiado perfecto, como si la felicidad de los demás estuviera cosida a las costuras de su ajuar.

La puerta se abrió y su padre apareció, impecable, con el porte solemne de quien lleva el peso de la tradición. Extendió una mano hacia ella.

-Es hora, Amelia.

Ella permaneció inmóvil, con los labios apretados.

-Papá no quiero.

-Ya hablamos de esto -dijo él con firmeza, avanzando unos pasos-. No es un capricho, es tu deber.

Amelia se levantó despacio, con los ojos encendidos.

-¡Mi deber es conmigo misma! ¿Acaso no lo entiendes? ¡No me puedes obligar!

El padre se irguió aún más, como si cada palabra de ella fuera un desafío intolerable.

-Eres mi hija, y cumplirás con lo que hemos acordado.

Ella retrocedió, clavando las uñas en las palmas de sus manos.

-¡No soy una moneda para pagar tus deudas de honor!

Un silencio tenso llenó el cuarto. Su padre, con el rostro endurecido, la tomó del brazo. Amelia forcejeó, pero la fuerza de él era mayor.

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