Portada de la novela Promesas en la Penumbra

Promesas en la Penumbra

9.1 / 10.0
En Promesas en la Penumbra, Amelia firma un matrimonio por contrato con el enigmático Darío. Esta modern novel sigue su lucha por mantener la frialdad mientras la atracción desafía su acuerdo secreto. Una romance novel sobre decisiones difíciles y verdades ocultas.
Resumen de Promesas en la Penumbra
Amelia, con diecinueve años, accede a un matrimonio por conveniencia con el reservado Darío. Tras su gélida apariencia, él oculta heridas profundas que marcan su carácter. Aunque el vínculo es puramente contractual, una intensa química surge entre los dos. La calidez que él muestra empieza a romper la resistencia de la joven, uniendo sus destinos entre secretos. Ese pacto inicial se convierte en un romance profundo que ninguno podrá seguir negando.
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Promesas en la Penumbra Capítulo 1

Ese día Amelia estaba exultante: al fin había llegado la carta de aceptación para estudiar piano en España. La emoción le desbordaba el pecho.

Entró a casa con el sobre aún en la mano. Sus padres no estaban, así que se fue directo a su habitación. Pensó que esperaría a que llegaran, y si no, pues ya lo contaría al día siguiente. Sonrió para sí: "Sí, será mañana... total, un día más o un día menos, ¿qué más da?".

De pronto escuchó voces y movimiento en la planta baja. Se asomó por el barandal y confirmó que, en efecto, sus padres habían llegado. Alcanzó a oír a su padre decir:

-Llama a Amelia, es momento de hablar con ella.

-Sí, enseguida -respondió su madre.

Amelia, en un impulso, se escabulló de nuevo a su cuarto fingiendo no haberse dado cuenta de nada. Minutos después, su madre entró, pero antes de que hablara, Amelia se adelantó con entusiasmo:

-¡Mamá, qué bueno que ya llegaron! Tengo algo muy importante que contarles.

-Eso será después.

-Pero mamá, es importante.

-Ya te dije, después. Tu padre quiere hablar contigo, anda, apúrate, le urge.

-Pero mamá, escucha primero.

-No, no, esto es más importante.

-Mamá, espera.

-¡Que no entiendes! Después -dijo, empujándola con suavidad para que bajara.

Amelia obedeció con cierta incomodidad. Su familia pertenecía a la clase alta; su padre era un abogado de prestigio y su madre se dedicaba a las relaciones públicas. Aunque, en realidad, solía pasar más tiempo con sus amigas de la asociación de damas de caridad, a quienes dirigía como presidenta, organizando bazares, ferias y eventos para recaudar fondos. Les daban a los pobres lo que a ellas les sobraba.

Amelia tenía un hermanos mayores. Luis, el mayor, había seguido los pasos de su padre y se convirtió en abogado también, aunque decidió ejercer lejos de casa. No quería vivir a la sombra de su padre y prefirió abrirse camino en otro país.

-Anda, niña, que tu padre quiere hablar contigo. ¡Apúrate ya! -insistía su madre mientras bajaban las escaleras.

Amelia aceleró el paso. Nunca antes la habían requerido con tanta urgencia, así que debía ser algo muy importante. Llegaron al despacho. Su padre estaba sentado tras el escritorio. Ella se acercó, le dio un beso en la mejilla y dijo con dulzura:

-Buenas noches, papi. Ya estoy aquí. Tú dirás.

-Sí, siéntate -contestó él con seriedad-. Necesito hablar muy seriamente contigo.

-Claro, papi. Y de antemano te digo que sí a lo que me pidas.

Él sonrió, orgulloso.

-Eso quería escuchar de ti, hija. Sabes cuánto me enorgulleces.

-Sí, pa...

-Bueno, vamos a hablar de tu futuro.

-Justo de eso quería hablarte yo desde hace tiempo.

-Sí, sí, pero antes de que me des alguna sorpresa -dijo levantando una mano-, déjame contarte lo que yo tengo preparado para ti.

-Porque así tiene que ser, Amelia. Escúchame bien. Antes que nada, quiero que sepas que no tienes otra salida. Tienes que hacer lo que yo te diga. Esto es muy serio: es un pacto que hice con un colega hace muchos años -comenzó su padre, con una voz grave que no admitía réplica-.

Amelia frunció el ceño.

-¿Un pacto? ¿De qué hablas, papá?

El hombre se acomodó en el sillón, respiró hondo y prosiguió:

-Cuando yo era joven, con apenas ilusiones y sin un centavo, estudiar fue un reto casi imposible. No sabes cuántas veces me quedé a dormir en la facultad porque no tenía para el camión de regreso. Tus abuelos hicieron lo que pudieron, pero lo poco que tenían no alcanzaba. Yo seguí adelante con la idea de que mi familia jamás pasaría por lo que yo pasé.

Su voz se quebró un instante, pero enseguida se recompuso.

-En mi último año entré a un bufete prestigioso gracias a mi profesor, y allí conocí al papá de Dionisio. Él creyó en mí, y poco a poco su familia se convirtió en parte de la mía. Dionisio, su hijo, se volvió mi mejor amigo. Me abrió las puertas de un mundo al que yo jamás habría llegado solo.

Amelia lo escuchaba con atención, aunque con una inquietud creciente.

-Una vez -continuó su padre-, entre bromas y seriedades, prometimos que algún día nuestras familias estarían unidas. Con el tiempo, eso se transformó en un acuerdo: tu matrimonio con su hijo, Darío. Y ese momento ha llegado.

Amelia se levantó de golpe, con los ojos abiertos de par en par.

-¿¡Qué!? ¡Papá, estás hablando en serio! ¡Ni siquiera lo conozco!

-No es necesario que lo conozcas ahora, hija. Lo conocerás y aprenderás a quererlo.

-¡No, papá! -la voz de Amelia temblaba, pero no de miedo, sino de indignación-. Yo no quiero casarme con nadie, y mucho menos con un desconocido. ¡Tengo planes, sueños! Hoy mismo llegó mi carta de aceptación ¡Me aceptaron en la academia de piano en España!

El padre la miró en silencio unos segundos, como si esas palabras no tuvieran peso alguno. Luego golpeó con fuerza la mesa del despacho.

-¡Basta, Amelia! Eso de la música es un pasatiempo, nada más. Tu deber es con tu familia, con tu apellido, con lo que hemos construido.

Amelia sintió un nudo en la garganta, pero no retrocedió.

-¡No es un pasatiempo, es mi vida! No puedes decidir por mí, ¡no puedes condenarme a un matrimonio que no quiero!

El padre se puso de pie, imponiéndose con su altura y su autoridad.

-¡He dicho que es lo que harás! No hay discusión. Olvida esa academia, olvida España. Mañana mismo empezarás a preparar todo.

Los ojos de Amelia se llenaron de lágrimas de rabia.

-¿Me estás vendiendo como si fuera un negocio? -susurró con la voz rota.

El padre apretó la mandíbula, evitando mirarla directamente.

-Sube a tu habitación. Ahora.

-Papá, por favor.

-¡He dicho que subas! -tronó, golpeando el escritorio otra vez.

Amelia lo miró incrédula, con el corazón desgarrado. Luego, sin más, dio media vuelta y salió corriendo del despacho, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.

En el silencio que quedó atrás, solo se escuchaba la respiración agitada del padre, como si la dureza de sus palabras también lo hubiese herido por dentro.

Amelia subió las escaleras casi a tientas, con la garganta apretada y los ojos anegados. Apenas cerró la puerta de su habitación, se dejó caer de rodillas junto a la cama. El llanto que había contenido frente a su padre estalló sin medida, ahogando su respiración en sollozos que parecían desgarrarle el pecho.

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Tabla de contenidos de Promesas en la Penumbra

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