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Portada de la novela Prohibido enamorarse

Prohibido enamorarse

Un magnate hotelero que ha renunciado al amor tras enviudar cruza su camino con una joven decidida a prosperar pese a sus traumas pasados. Obligados a convivir, ambos enfrentan una intensa fricción emocional mientras protegen sus respectivos secretos. A través de malentendidos y una vulnerabilidad compartida, la pareja cuestionará su propia resistencia al afecto, descubriendo que sanar es posible incluso cuando se han prohibido volver a enamorarse.
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Capítulo 3

—¡Carmen!— exclama el señor Velázquez al ver que la mujer está esperando el elevador en el que ellos tienen que subir—. Te presento a tu alumna, la señorita Reyes.

—Bienvenida —dice la mujer, extendiéndole la mano en un saludo cordial.

—Gracias —le responde con cierta timidez.

Velázquez intercambia un par de palabras con la mujer y luego regresa a su oficina, dejándolas solas.

Se estudian mutuamente por un par de segundos y, después de regalarle una sonrisa, la asistente del señor Stadler le indica que se siente y comienza a explicarle en qué consiste el trabajo que deberá realizar.

Carmen es una mujer agradable, paciente y considerada, y parece no tener problema en tener que dedicar su tiempo a enseñarle, tratándola en todo momento con mucha amabilidad y un cierto aire cariñoso.

Después de llevar varias horas sentadas en torno a su escritorio, poco antes del horario de salida le confiesa que se ve reflejada en ella, cuando comenzó a trabajar para el señor Stadler.

Resulta ser que Carmen lleva allí treinta, de sus más de cincuenta años de vida. Llegó para ocupar el puesto de asistente del dueño de la cadena hotelera cuando rondaba más o menos la edad de la joven.

En esa época la cadena contaba con pocos hoteles, distribuidos por Europa y Estados Unidos, y Carmen pasa a ocupar el lugar de la esposa del señor Stadler cuando el hijo de estos nació.

El dato enciende en la muchacha una alarma: la mujer conoce a su futuro jefe de toda la vida y no hay nadie más —en todo el bendito hotel— que la pueda poner al tanto de cualquier cuidado que sea necesario tener con respecto a él, más que ella.

Todavía faltan unos cuantos días hasta que el hijo del dueño llegue, por lo que se dice que tiene tiempo suficiente para ganarse la simpatía de Carmen y conseguir que le dé consejos o le cuente cualquier cosa que la ayude a evitar el riesgo de perder el empleo por hacer algo indebido.

La semana transcurre con normalidad. El horario de entrada es a las ocho treinta de la mañana y sale a la hora en que su presencia ya no sea necesaria; lo cual significa que podría llegar a trabajar hasta doce o más horas por día, de lunes a viernes, dejándole doble franco durante el fin de semana.

Claro que, de momento, no tiene un horario tan exigente; pero eso será, más o menos, lo que sucederá en cuanto el jefe ocupe su puesto, ya que es un hombre exigente y adicto al trabajo.

—Bueno; creo que es todo por hoy —le dice Carmen cuando se hacen las seis de la tarde del viernes—. Te aconsejo que aproveches a descansar bien, porque el lunes comienza tu infierno personal.

—Carmen...

No sabe cómo encarar el tema del que quiere hablar y la mujer se queda viéndola por un instante.

—¡No pongas esa cara de susto, hija! Estás por demás calificada para el puesto. —Le sonríe y luego la toma del brazo para acompañarla hasta el elevador—. Nadie sabe mejor que yo de qué va este trabajo y estoy completamente segura de que lo harás de maravillas. Además, siempre me tendrás para ayudarte con cualquier duda que surja.

—Lo sé y se lo agradezco mucho —le contesta con una sonrisa—. Lo que me preocupa no es el trabajo, sino...

—¡Ya sé lo que te sucede! A lo que temes, es al «jefe nuevo» —murmura mientras le da unas suaves palmaditas en el brazo.

—Un poco, sí. Es que...

Está a punto de explicarse, pero Carmen no le da tiempo a hacerlo.

—Seguramente, te habrán hecho comentarios sobre él; pero no creas en todo lo que se dice. —La mujer se queda pensativa por un segundo y luego agrega—: Es un buen hombre. Me recuerda mucho a su padre, cuando recién comencé a trabajar para él. La muerte de la esposa lo dejó casi al borde de la locura y se vuelve un tanto... «poco sociable», digamos; pero no es mala persona.

En ese momento se abre la puerta del elevador y sube en él, sonriéndole a Carmen antes de que esta se cierre y deseándole un buen descanso.

La primera impresión que se había llevado de ella es poco, comparado con lo que fue comprobando después. Además de conocer el manejo del hotel desde todos los puntos de vista y de ser una persona amable con todos los empleados, Carmen se sabe los nombres de cada uno y, en la mayoría de los casos, les conoce hasta la historia familiar.

Por alguna razón, que no acaba de comprender, aquella mujer la ha cobijado bajo su ala y no solo parece estar indicándome el camino para ser una asistente personal de excelencia, sino que, le trata con mucho cariño y más de una vez la orilló a pensar que la ve como si fuese algo más que una simple pupila de su oficio.

Mientras va de camino a casa, Mía le telefonea para pedirle que pase a retirar el vestido que dejó en la tintorería y la apremia nuevamente sobre la invitación que le ha hecho, suplicándole hasta obligarla a aceptar acompañarla en la noche al boliche, donde se encontrará con algunos compañeros de trabajo.

No le gusta mucho la vida nocturna; si le dan a elegir, prefiere una trasnochada en el sofá viendo películas mientras se harta de golosinas antes que una salida a cualquier boliche. Pero esta es la quinta vez que la invita y ya no puede seguir rechazándola, así que, termina aceptando ir con ella.

El pequeño apartamento que comparten desde que Mía decide que «ya estaba grande para seguir viviendo en casa de papá», tiene una escalera en la entrada que llega desde la acera hasta la puerta y bajo la cual hay una cochera individual, en la que Mía guarda el auto que su padre le regaló en su cumpleaños número dieciocho. En la parte superior, una pequeña sala-comedor; una cocina separada de la estancia principal por una isla; un baño y dos habitaciones amplias completan su refugio; eso que llaman «nuestro hogar».

Llega y se tumba en el sofá; se entretiene un rato en pensar tonterías, hasta que llega su compañera.

Al ver que aún ni siquiera se ha quitado la ropa con la que fue a trabajar, Mía la apura para que vaya a prepararse y, mientras ambas se alistan para salir, le va comentando dónde irán y con quiénes se encontrarán.

Son poco más de las nueve de la noche de un caluroso viernes de diciembre cuando salen juntas al encuentro de la diversión.

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