Portada de la novela Prohibido enamorarse

Prohibido enamorarse

9.7 / 10.0
En Prohibido enamorarse, un magnate hotelero y una joven con un pasado oculto enfrentan una convivencia forzada. Este romance novel de estilo modern novel explora cómo sus secretos desafían su pacto de soledad, convirtiéndose en una de las mejores billionaire romance books para leer.
Resumen de Prohibido enamorarse
Un magnate hotelero que ha renunciado al amor tras enviudar cruza su camino con una joven decidida a prosperar pese a sus traumas pasados. Obligados a convivir, ambos enfrentan una intensa fricción emocional mientras protegen sus respectivos secretos. A través de malentendidos y una vulnerabilidad compartida, la pareja cuestionará su propia resistencia al afecto, descubriendo que sanar es posible incluso cuando se han prohibido volver a enamorarse.
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Prohibido enamorarse Capítulo 1

El sonido de la alarma es una verdadera tortura. A pesar de que anoche se metió entre las sábanas más temprano de lo acostumbrado, escuchar ese pitido infernal le provoca un insoportable malestar, que amenaza con ponerle de mal humor.

Apenas son las cinco treinta de la mañana y, por un momento, su deseo de aventar el teléfono lo más lejos posible es en lo único que consigue hacer centro; mas, enseguida recuerda la razón por la que necesita levantarse tan temprano: tiene una importante entrevista de trabajo en uno de los hoteles más imponentes que existen, ¡y en verdad necesita el empleo!

Bosteza; se despereza intensamente —hasta ese punto en que los ojos se le humedecen— y unos minutos después sale de la cama con rumbo a la ducha.

Mientras bebe su café —lo único que encuentra para desayunar— va seleccionando la ropa que llevará. Después de pensar un poco, al fin se decide por un vestido azul marino de corte sencillo, cuya falda recta llega al borde de sus rodillas y el escote redondo muestra apenas la parte alta del pecho.

Se ata el pelo en un moño alto y delinea sus perfectos ojos —que son lo único que verdaderamente le gusta de su cara—; aplica un suave brillo en los labios y da unos toques de perfume en puntos claves para que el aroma perdure.

Se calza unos zapatos negros con poco tacón y, de pasada hacia la salida, deja la taza en la pileta para lavarla cuando regrese.

Va temprano, apenas son las siete de la mañana y su cita es hasta las ocho treinta; pero se siente tan ansiosa que no puede quedarse ni un minuto más en el apartamento.

Hace más de dos semanas que está buscando empleo y la oportunidad que se le presentó es inmejorable. Además de que en verdad necesita el trabajo, está plenamente capacitada para cumplir con cualquier tarea que se le encomiende.

Mientras camina lento con rumbo al lugar de la entrevista, va dialogando en voz baja consigue misma; algo que suele hacer muy a menudo.

—No importa el puesto, no estás en posición de ponerte pretenciosa, querida —se dice—; casi no te queda dinero, la despensa está prácticamente vacía y en un par de semanas más hay que pagar el alquiler. ¡Urge que consigas un trabajo! No importa si te ponen a barrer; tienes que aceptar lo que te ofrezcan.

Se distrae un momento de su monólogo al darse cuenta de que está llegando a destino. Del otro lado de la calle está la plaza central y, tras ella, el hotel donde debe presentarse.

Saca el teléfono y mira la hora: sigue siendo temprano aún; por lo que decide sentarse un rato bajo la sombra de los tilos que bordean la plaza y, cuando faltan apenas diez minutos para las ocho treinta, retoma camino.

Va muy nerviosa; pero hace tiempo aprendió a disimular sus emociones y esto le ayuda a dar una imagen serena, como si por dentro no estenga sintiendo que los músculos se le convierten en gelatina y se agitan más y más con cada paso que da.

Al llegar a la recepción, pregunta por la persona con la que habló por teléfono el día de ayer y el hombre tras el alto mostrador llama a una empleada para que la acompañe hasta la oficina en la que debe presentarse.

La muchacha que la acompaña se ve bastante joven —calcula que debe tener su edad, unos veinticuatro años o poco más—. Después de adentrarse por un pasillo secundario se montan en el elevador que usan los empleados del hotel y suben hasta el último piso, donde las recibe una mujer de mediana edad —cuarenta y tantos, tal vez—. Le informa que el jefe de recursos humanos la recibirá en cuanto se desocupe.

—Adelante, señorita Reyes —dice el hombre calvo que se asoma a recibirla y hace una seña para invitarla a pasar a su oficina.

—Gracias, señor Velázquez; estoy bien así —responde cuando le indica que tome asiento y le ofrece un café.

Conversan por más de cuarenta minutos; durante los cuales, el hombre toma sus datos e indaga sobre su experiencia laboral —que no es mucha en este momento, para ser sinceros—. Su única ventaja es que tiene amplios conocimientos sobre el manejo interno de un hotel y sus certificados de estudios son impecables. Además, entiende varios idiomas.

Casi finalizando la entrevista, la puerta se abre y un señor mayor ingresa buscando al jefe de recursos humanos; quien se pone de pie al verlo.

—Permítame presentarle al señor Stadler, dueño de la cadena hotelera —dice y ella se gira hacia el caballero que tiene parado detrás. El hombre la mira; luego se acerca y extiende amablemente la mano para saludarla.

—Encantado de conocerla, señorita —dice el dueño del hotel, quien se ve un señor agradable, y luego se vuelve hacia el que la entrevista para hablar con él—. Vine a pedirte que busques una asistente para mi hijo; en pocos días llega al país y me ayudará a llevar el negocio.

—¡Ha llegado usted en el momento oportuno! —exclama Velázquez—. Casualmente, estaba entrevistando a la señorita Reyes y se encuentra muy calificada para un puesto como el de asistente.

El hombre le sonríe después de observarla por algunos segundos, mientras el entrevistador comenta lo que ha alcanzado a saber de ella durante la entrevista que tenían. Velázquez le entrega sus certificados y el dueño del hotel los estudia al detalle, mientras la joven observa todo en silencio.

—Preséntese mañana; a las nueve estará bien —dice el señor Stadler dirigiéndose a la joven y luego vuelve a hablar con el otro hombre—. Encárgate de que vea a Carmen para que le explique cuáles serán sus obligaciones.

—Así lo hará —asegura el entrevistador y el dueño del hotel se despide de ambos con un gentil «hasta mañana», dejándolos solos nuevamente. Velázquez la mira sonriente—. Bueno, ya oíste al jefe: te esperamos mañana poco antes de las nueve, para que comiences a trabajar.

—Nos vemos mañana— responde, intentando que el tono de su voz no delate que está a punto de soltar un gritito histérico y se ordena mentalmente no comenzar a dar saltos de algarabía en cuanto salga de la oficina.

Haciendo un gran esfuerzo por mantener la apariencia de que va calmada, sale al pasillo y espera el elevador para regresar al lobby e irse a casa.

Mientras la cabina desciende, se repite una y otra vez que debe comportarse con moderación para no hacer ningún tipo de papelón, ya que notó la cámara de seguridad cuando venía de subida y teme que alguien pueda ver que se comporta de una manera poco correcta, como en realidad siente deseos de hacer.

Al atravesar el lobby, saluda desde lejos al recepcionista con el que conversó al llegar y apura el paso.

Sale a la calle, atraviesa la plaza casi a la carrera y, recién cuando está en el extremo más alejado del hotel, se da la libertad de desfogar la emoción que la embarga: ¡ha conseguido empleo!

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