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Portada de la novela Por amor a los dioses

Por amor a los dioses

Adam Henson no es un hombre ordinario; su magnetismo sobrenatural delata su verdadera esencia divina oculta en el mundo mortal. Mientras intenta descifrar la humanidad, trabaja para Olympia Bellini, la influyente dueña de Editoriales Henson. Aunque ella siempre se ha mostrado inalcanzable, la presencia de Adam pone a prueba su resistencia. Olympia intentará evitar un romance que amenaza con desatar peligrosos conflictos y una acción fuera de todo control.
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Capítulo 2

Entró por las puertas del edificio recibiendo de inmediato todas las miradas en el vestíbulo, desearía que fuera por lo hermosa que era o por su gratificante trabajo que entregaba a la editorial, en cambio sólo fueron murmullos y chismes que la rodeaban constantemente acerca de su exesposo y lo bruja que todos creían que era. Sujetó con fuerza su termo azul claro y sorbió un poco de chocolate. Llevaba botas café al tobillo con tacón, una falda lápiz con un suéter gris, por encima llevaba su saco largo para el frío. Su cabello era el problema, tenía demasiado, aunque en el pasado no sabía qué hacer con él, ahora se le hacía fácil amarrarlo en una coleta o un moño alto.

—Buenos días, Olly —sonrió Anne con su agenda en manos—. Tu día está libre hoy, así que te he agendado...

—Si vas a decir que abriste otra vez una cuenta de Tinder a mi nombre, te juro que te tiraré el chocolate encima.

—Esperaba que esta vez fuera café, madura —replicó la joven—. Y no, te agendé un almuerzo en el restaurant que te agrada.

—Eso me gusta mucho —respondió aliviada de saber que no se había metido en su vida personal y romántica otra vez, la última vez dejó una caos, y aunque no le agradeció las citas que tuvo con los hombres más raros que pudo encontrar, uno de ellos hasta llevó a una de sus mascotas a la cita, no rechazaba a un hombre con gusto por las mascotas, sino a precisamente el que llevaba una iguana de nombre Jeff y que comía en una silla como cualquier persona normal—. ¿Comerás conmigo?

Preguntó esperanzada de que así fuera, en cambio sólo la observó estupefacta. El ascensor se abrió frente a ellas y entraron.

—Con agendado un almuerzo hoy, no me implica a mí contigo.

— ¿Entonces con quién?

—Bueno para empezar, yo no lo agendé —confesó apretujando su agenda contra el pecho. Un tic se formó en el rostro de Olympia, no le gustaba hacia dónde iba esto—. Fue el Sr. Henson, él dijo que fueras y yo sólo te estoy avisando.

—Bueno, me gusta comer con él —asintió aliviada, al menos no era ninguna cita alocada de la cual luego se arrepentiría—. Y de pronto ya me siento hambrienta.

Su sonrisa se borró en cuanto se alejó de su mejor amiga, pasó entre varios cubículos otra vez con la mirada de los empleados sobre de ella.

Si por ella fuera, todos estarían despedidos, todos y cada uno de los que contaban chismes e incluso noticias falsas acerca de su vida personal.

—Y una última cosa —detuvo a Olympia antes de abrir la puerta—. Cameron está aquí.

Su exesposo estaba ahí, resonaban las palabras en sus oídos. Entró de golpe y enseguida el hombre se puso de pie observándola, cerró detrás de sí al entrar y sonrió.

—Buenos días —murmuró, se acercó al escritorio ignorando la fija mirada que le seguía por todo el camino. El hombre entonces habló.

—No ha llegado el cheque. Y necesito el dinero.

—Lo sé, lo sé, perdón. Es sólo que, no he tenido tiempo de hacerlo, de ir al banco, y...

—Olympia —gruñó—. Quedamos en ese cheque, tú ganabas más dinero que yo. Necesito el dinero.

Repitió ignorando las palabras que balbuceaba la mujer.

—Puedo dártelo ahora mismo —su semblante se volvió rígida. El hombre que había amado desde mucho tiempo atrás no era más que un farsante, bufó sacando su chequera. Lo odiaba, y no dejaría de repetírselo mil veces.

— ¿Y qué esperas? Tengo que volver con Gina —sintió punzar su corazón, sabía que ya no lo amaba, lo único que quedaba era odio y aun así su comentario hirió sus sentimientos. Podrían ser los celos que ella sí pudo darle un hijo y ella no, desde que comenzaron a salir, Cameron mencionaba emocionado la idea de tener tantos hijos como pudiera mantener, era el sueño desde siempre, cual fue la sorpresa y el reproche del hombre cuando se enteraron de que no podían tener debido a un problema médico que tuvo luego de un accidente de automóvil. Él sintió que la culpable no era nadie más que ella.

Asintió entregando el papel. Vio irse al hombre que alguna vez proclamó como el amor de su vida.

Dejándose caer sobre la silla una vez más masajeó sus sienes.

No supo cuánto tiempo pasó sentada en esa posición cuando escuchó su celular sonar. Canceló la llamada. Otra llamada entró y nuevamente la pasó al buzón.

Levantó la mirada al reloj y soltó una maldición.

Llegó al restaurant Donatello en diez minutos, eran pasadas las 12. Entró esperando ver un rostro conocido.

—Has llegado tarde —dijo alguien detrás de ella, su profunda voz le erizó la piel, sabía perfectamente de quién era la voz con la que soñó la noche pasada. Buscó con la mirada al apuesto hombre y lo encontró a unas cuantas mesas, este se levantó abrochando los botones de su saco color gris, de manera instintiva mordió su labio al verlo acercarse a ella.

—Te ves más presentable el día de hoy, ¿no estaba limpio el horrendo chaleco tejido que tenías puesto ayer? —soltó una risa que la embelecó por completo—. Disculpa, ¿eres mi cita de almuerzo?

Asintió tomando su mano para dirigirle hacia la mesa.

—Disculpa que haya sido tan repentino, quería verte.

¿A ella? Quedó perpleja ante lo sincera de la respuesta—. Espero no te moleste, le he preguntado a tu asistente lo que te gusta y pedí por ti. Ella dijo que estarías hambrienta en cuanto llegaras.

—Y tiene toda la razón, estoy hambrienta en realidad, gracias.

—Me alegra, yo también —respondió profundizando su voz, se estremeció por completo y fingió toser, acercó su silla un poco más a la mesa y tomó una galleta que acompañaba la entrada, luego sorbió un poco de agua de la casa—. No me he presentado debidamente. Soy Adam Henson.

—Y yo soy una estúpida —él negó—. Olympia Bellini, pero, ya lo sabes. Dios, perdón de verdad, no quise ser grosera.

—Está bien, aunque mi padre es tu jefe, me gustaría que fuéramos amigos.

—No tienes por qué repetir que es tu padre, mi jefe, yo... —suspiró—. Ahora entiendo de dónde sacaste el encanto.

—No tienes por qué decir ese tipo de cosas. No me adules —aflojó su corbata—. Sólo quiero aprender un poco acerca de ti.

— ¿Sobre mí? —repitió incrédula—. ¿Qué tendrías que aprender sobre una mortal como yo?

Adam tragó en seco y continuó.

—Han subido las acciones desde que eres la editora en jefe, has logrado muchas cosas que realmente impresionan.

—Me gusta hacer mi trabajo —replicó—. No es gran tema, simplemente no acepto cualquier libro mediocre, sólo por ganar unas cuantas monedas más.

Observaron al mesero llegar con sus platos, de pronto salivó. Adam sólo la miró por unos segundos y tomó sus cubiertos.

—Estoy seguro de que haces bien tu trabajo lo sé, pero, estamos atrapados tú y yo en esto —la incógnita en su rostro lo hizo explicarse—. Soy el rostro detrás de los libros de cocina de Henson, sólo deseo volver a mi mundo sin necesidad de estar preocupado por un trabajo que no me interesa del todo, en casa tengo mis propios problemas con los que lidiar.

La imagen del hombre frente a ella cocinando con un delantal y nada más, la asaltó.

— ¿Qué edad tienes, perdón?

—30, ¿por qué la pregunta?

—Así que la responsabilidad que tuviste que haber tomado hace 5 años fue opacada por la cocina —Adam asintió sonriendo—. ¿Y cuál es tu plan? ¿Seguir haciendo comida y hacer socio a alguien más?

—Bingo —contestó— Sé mi socio.

Se atragantó con el pedazo de su carne a medio cocinar, no estaba segura de a dónde iba esa conversación, pero, no le agradaba.

—Sólo quiero hacer mi trabajo joven Henson, de verdad, que no quiero ninguna otra carga más que la de mis compañeros llamándome bruja por el pasillo.

—Si piensas que es una broma, no lo es. Mi padre te tiene confianza, y quiero confiarte las 10 sedes de editoriales Henson.

—No, en definitiva, no, esperaba un aumento de salario, no esto.

—Puedo darte el aumento de salario si así lo deseas.

—Joven Henson —dejó los cubiertos en la mesa frunciendo el ceño. Adam la miraba apacible, parecía muy contento con la decisión que estaba tomando.

—De acuerdo, hagamos un cambio, seré el jefe, y tú mi asistente —arqueó las cejas pensando—. La asistente que en realidad tiene el mando. Como Pepper en IronMan. Ignorando el hecho de que se enamoran y casan. A menos a que tú lo desees, no me molestaría en lo absoluto.

— ¿Está escuchando lo que dice? —asintió orgulloso de su decisión—. No voy a aceptarlo, gracias, pero no, aún tengo dignidad.

—Veámonos el sábado, para darte una idea más profunda.

—Negativo, estaré ocupada con un juicio —respondió de inmediato.

— ¿Qué tipo de juicio?

Intrigado por la mujer frente a él, deseó verla aceptando su petición. Ninguna otra hubiera dejado escapar la oportunidad de ver sus ideas más profundas. Y no podía dejar de seguir insistiendo, la mirada de la chica se posó en la suya, aquellos ojos marrones le atrajeron de inmediato, y su cabello lacio hasta los hombros. Rechinaba los dientes de sólo pensar que no había caído en sus encantos como otras mujeres.

—Por mi divorcio.

Petrificado ante la idea de que en realidad era una mujer casada. Su siguiente pregunta salió atropellada.

— ¿Estás casada? ¿Por qué no traes un anillo de bodas?

—Bueno, he dicho que es por mi divorcio, no debería estar utilizando el anillo si ya me quiero separar del hombre —él asintió de nuevo tomando un poco de agua—. Nos divorciamos hace un mes, firmó los papeles, pero, en cuanto se le metió a la cabeza de que yo posiblemente le estaba mintiendo en cuanto a los activos que tenía, entramos a juicio.

— ¿Dividieron todo? ¿Por qué no está satisfecho con lo que tiene?

—Porque tiene una hermosura mujer embarazada de 4 meses.

—Oh, lo lamento —murmuró—. ¿Y tienes muchas acciones?

Soltó un resoplido, sólo era la casa de sus padres, ahora se reclamaba por no haber cambiado el nombre en las escrituras a tiempo, se sentía una tonta. Y por supuesto que le darían la razón si alegaba que tenía un hijo próximo a nacer.

—Los hombres son unos idiotas.

—Lo somos —confirmó tomando su mano acariciándola, un destello reconfortante apareció en sus ojos y sonrió, instintivamente él también lo hizo—. Si no te molesta, puedo acompañarte al juicio ese día, puedo llegar a ser muy vigorizante en las situaciones tristes.

Asintió agradeciendo su gesto. Tal vez no era tan mala idea tener a alguien cuando determinara el juez que debía entregar la mitad de la casa.

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