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Portada de la novela PISO DE ABAJO

PISO DE ABAJO

La vida de Amanda en Italia, repartida entre las letras y un trabajo común, da un vuelco cuando el aumento de su renta la deja sin opciones. Para evitar el desahucio, se ve forzada a mudarse con Emiliana Basile, una vecina de belleza letal y temperamento difícil con la que siempre ha chocado. En este espacio compartido, la antigua enemistad se transforma en una tensión inevitable, desafiando a Amanda a sobrevivir a la convivencia y a un deseo tan imprevisto como peligroso.
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Capítulo 1

AMANDA

«Las palabras brotaron de sus labios, iluminando su luminosa mirada; mostrando le que no había belleza más etérea que la desprendida por su pálido rostro. Entonces la tomó entre sus brazos, uniendo la frente con la de ella, pensando que, si aquello era un pecado, con gusto arderá en las llamas del infierno».

¿Luminosa mirada?

Solté un bufido y arranque la página del cuaderno, volviéndola una bola y dejándola en el piso, donde una pequeña montaña de papel empezaba a acumularse; busque una nueva página y empecé a escribir de nuevo. Era de las pocas personas que necesitaban plasmar sus ideas en papel para que estás pudieran empezar a tomar forma, si intentaba hacerlo en la computadora me quedaría en blanco. No llevaba ni tres líneas cuando un sonido estridente me sobresalto, ocasionando que trazará una enorme línea en la mitad de la hoja, arruinando la por completo.

Dejé caer la libreta sobre la mesa, frustrada y enojada.

«¿Otra vez? Es la tercera en la semana» pensé ofuscada.

Casi por instinto me levanté de la silla frente a la ventana de mi departamento; el lugar donde solía trabajar durante la semana. Caminé hasta la puerta y la abrí de un tirón. El pasillo estaba completamente desierto, aquel molesto sonido volvió a interrumpir la tranquilidad del edificio, aunque esta vez seguido por unas risitas. Arrugué la nariz, aquello era completamente ridículo; crucé el pasillo con rapidez sin molestarme en cerrar la mi puerta, a esa altura ya empezaba a ver rojo.

Bajé las escaleras de dos en dos hasta estar en el piso de abajo. Llegué hasta la puerta de uno de los departamentos y le leí el número en la placa dorada, que ya me era tan familiar como el propio: 251. Toqué con fuerza, sin molestarme en ser amable o cortés.

Una mujer de cabellos morados, alta y de sonrisa despreocupada me abrió la puerta; Emiliana Basile ya vivía en aquel condominio cuando me mudé hacía dos años y desde el primer momento en que nos topamos supe que era la cruz que debía cargar por todos mis pecados, que dicho sea se pasó, no eran tantos como para merecer aquel castigo.

Pero volviendo a Emiliana, tenía 30 años, la piel bronceada tan típica de los italianos y su familia era oriunda de Palermo, (me enteré por un comentario de nuestro casero, no porque estuviese averiguando acerca de ella) y por lo que sabía podía dedicarse a venderle metanfetaminas a los adictos.

La italiana me observó con diversión que no se molestaba en ocultar. Con una gracia que le envidie, apartó un mechón corto de su frente y se lo llevó detrás de la oreja. No pronunció palabra, pero tenía la mirada color zafiro posada sobre mí, a la expectativa. No siendo primera vez, pensé que era una injusticia desperdiciar tal color de ojos en una persona como aquella. Me aclare la garganta tratando de que mi voz sonara segura.

—Lamento mucho molestarte tan temprano. Estoy segura que tienes actividades muy importantes que hacer, así que seré breve. —Una nota de sarcasmo se filtró en mis palabras. —Pero lo que sea que estés haciendo se escucha hasta mi departamento y no me deja trabajar. —le expliqué en un tono conciliador.

Por un momento su rostro adquirió un ligero tono rosáceo a causa de la vergüenza; me sentí bien pensado que había logrado mi objetivo, sin embargo, esa expresión desapareció, siendo sustituida por una sonrisa traviesa y una mirada burlona. Instintivamente cuadre los hombros, preparándome para un enfrentamiento.

—¿Puedes decirlo, sabes? Tu lengua no se profanará por pronunciar una simple palabra. —inquirió en un tono de falsa cortesía. —Repite después de mi: S-E-X-O. —pronunció abriendo mucho la boca para enfatizar cada una de las letras.

Ahora era yo la que estaba completamente roja, aunque no sabía si era por la pena o el enojo, a lo mejor un poco de ambas. Negué con la cabeza, quizás demasiado rápido para resultar convincente y sabía que Emiliana se daría cuenta de ese pequeño desliz, sólo esperaba que no lo comentará o el hermoso suelo terminaría manchado de sangre y una de nosotras condenada por asesinato. Pude notar por el brillo de sus ojos que sí lo hizo, sin embargo, no dijo nada al respecto.

«Bien por ti».

—No me interesa lo que estabas haciendo. —dije arrastrando las palabras.

—¿Entonces qué haces aquí? Sabes que estaba teniendo sexo, no es ningún secreto. —interrogó ladeando la cabeza.

Definitivamente debía dejar de pronunciar esa palabra. Ella sabía que me molestaba y lo hacía a propósito. No era ninguna monja, pero tampoco llevaba una vida promiscua y no discutiría mi sexualidad en medio del pasillo y menos con ella. La fulminé con la mirada, observándola de arriba abajo, fue allí dónde me di cuenta que Emiliana sólo llevaba puesta una delicada bata semitransparente que dejaba a la vista su ropa interior de encaje.

«¡Santo cielo! Ese conjunto debe costar más que todo mi guardarropa».

Si no fuese mi enemiga declarada le pediría el nombre de la tienda donde lo compró, aunque sólo fuese para ver, pues dudaba que mi sueldo me permitiría adquirir algo así. De pronto la idea de que vendía drogas no se me hizo tan descabellada.

—Los sonidos y las risitas no me permiten concentrarme. Eres muy escandalosa. —Tan pronto esas palabras abandonaron mis labios, supe que no debía haberlas dicho, al ver que la sonrisa de Emiliana se extendía aún más, si es que eso era posible.

—Perdóname, soy buena en lo que hago y mis amantes suelen hacer mucho ruido. —admitió sin pudor alguno y apoyando su cuerpo sobre la puerta. Deseaba ahorcarla allí mismo, pero me obligué a recordar que el asesinato era un delito y en la cárcel no me darían las libretas que estaba acostumbrada a usar para escribir. El pensamiento me calmo.

—Pues limita el sonido a tu espacio. —sentencie tajantemente.

—Si tanto te molesta, puedes unirte. —Me invitó con una sonrisa pícara. Parpadee una vez y luego dos para asegurarme que lo que había escuchado era cierto y no producto de mi imaginación, aunque...

¿Por qué me imaginaria esas palabras?

—No es precisamente mi tipo. —dije cruzando los brazos.

—¿Los tríos? —preguntó levantando una ceja.

—Compartir pareja.

—¿Acaso crees en la monogamia, vecina? —inquirió divertida, pero note que estaba verdaderamente entretenida con la conversación.

¡Fantástico! Me había convertido en el bufón de esa mujer de piel bronceada y piernas largas.

—Creo en evitar una ETS. —contraataque rodando los ojos. Emiliana soltó una risita por lo bajo, pero al final asintió, algo que en realidad no me sorprendió, siempre era la misma rutina cuando le reclamaba por algo, lo que era casi todo el tiempo.

—Trataré de bajar el volumen para no molestarte. —cedió.

Solté un suspiro, aliviada de poder solucionar la situación. Me despedí con un asentimiento de cabeza y giré sobre mis talones para volver a mi departamento. No fue hasta más tarde, mientras tomaba un baño, que repare en no había escuchado a Emiliana cerrar la puerta del suyo.

Me mudé a Roma hace dos años, tras completar mis estudios universitarios, tenía un título en letras; poco después fui contactada por una editorial italiana que estaba interesada en publicar uno de mis manuscritos, así que no lo pensé mucho, armé mis maletas, tomé mis ahorros y viaje desde USA hasta la capital de la pizza, la pasta y el buen vino.

Mi yo de 25 años deseaba convertirse en la siguiente Jane Austen o J.K Rowling, sin embargo, pronto aprendí que alcanzar ese tipo de fama requiere más que un talento innato para la escritura.

Al principio mi historia se vendía bien, aunque no tanto como yo esperaba, lo cual me lleva a recordar, que quién espera hacerse rico en este medio, puede esperar sentado. Las regalías por ventas a penas me ayudaban a llegar a fin de mes, por lo que termine siendo parte del montón de escritores que tienen que buscar un segundo ingreso para sobrevivir; por lo cual hacía dos meses que estaba trabajando en la Sapienza University of Roma, una de las casas de estudio más importantes del país.

No me malinterpreten, me sentía orgullosa de haber encontrado un puesto en una Universidad en donde todos se lo disputaban, sin embargo, eso nunca había sido parte de mi sueño, quería y ambicionaba más, no sólo ser docente. Entré a mi departamento y luego de haberla cerrado, me dejé caer sobre la puerta deslizando el cuerpo hasta el piso. Enterré la cabeza entre mis rodillas.

«¡Heteros!» me dije a mi misma.

Definitivamente todos estaban propensos a la promiscuidad y luego decían que los LGBTQI somos los que saltamos de una pareja a otra, resumiendo lo en una sola palabra: Hipócritas. Iba continuar despotricando acerca de aquellos que se sentían atraídos por el sexo opuesto, pero el timbre de mi teléfono me hizo salir de mis pensamientos, tomé el aparato y miré la pantalla.

Sonreí automáticamente, era Joshua, mi mejor amigo aquí en Italia.

«¿Dónde estás? Te estoy esperando en el café» leí en el mensaje.

Me golpeé la frente con la mano, había olvidado por completo que se suponía nos íbamos a reunir hoy porque era mi último día libre antes de que las clases comenzarán de nuevo.

«Estoy saliendo para allá» teclee con rapidez, la respuesta no tardó mucho en llegar.

«Se te olvido, ¿Cierto?».

«¡Por supuesto que no!» Escribí de vuelta tratando aparentar en indignación.

«Sabía que pasaría, date prisa» respondió Joshua dando por finalizada la conversación.

Me levanté dejando el celular sobre la mesa, quería darme una ducha rápida antes de salir. Mi departamento era pequeño, sólo tenía una habitación, un baño y espacio común que hacía las veces de cocina-comedor-sala, aunque la cocina estaba separada del resto por un mesón de color gris. Lo que más me gustaba era la ventana que daba vista hacía la calle, así no me sentía tan encerrada; entré directamente al baño dónde me deshice de la ropa y abrí la regadera, dejando caer una lluvia de vapor sobre mi espalda.

El agua caliente se llevó la tensión que sentía tras mi conversación con Emiliana, me deslicé el jabón por mi cuerpo con delicadeza, adoraba el aroma a piña que desprendía. Cuando me enjuague cerré la llave y me cubrí con una toalla para salir; me fijé en que había dejado mi libreta en la sala y la tomé con cuidado de no mojarla.

Mi habitación era el lugar más espacioso allí, pero seguía siendo pequeño comparado con otros. No me quejaba, estaba soltera así que todo tenía el tamaño perfecto para mí: tenía una cama matrimonial en la esquina derecha de la habitación, un closet, un librero que compre de segunda mano, una mesa de noche y, para mí felicidad, otra ventana con cortinas de color verde.

Guardé la libreta en uno de los compartimientos de la mesita y empecé a vestirme. Las gotas se deslizaban desde mi cabello por mi espalda, para terminar, cayendo en el piso dónde comenzaba a formarse un charco. Me quite la toalla y me seque el pelo con ella, lo llevaba más o menos largos así que me tomó un buen tiempo retirar toda la humedad.

Una vez lista me empecé a vestir. No voy a describir la ropa interior que me puse, sólo puedo decir que sí, tenía dibujos y no me avergonzaba admitirlo. Me gustaba sentirme cómoda. Saqué un par de pantalones para hacer yoga de color beige y los convine con una camiseta corta negra que dejaba mi obligó al descubierto. Me coloqué unos tenis que en algún tiempo fueron blancos y tomé un peine para desenredar mis rizos pelirrojos.

Mientras me miraba en el espejo, decidí dejarlos sueltos, recogiendo unos mechones que caían sobre mi frente con unos ganchos blancos, apliqué un poco de brillo en mis labios y estuve lista para irme. Recogí mi celular y la riñonera que solía utilizar para salir, junto con mis llaves.

Si, es un accesorio de lo más versátil y no me importa que me den apariencia de niña pequeña.

Cerré la puerta tras de mí y llamé el ascensor. Envié un mensaje rápido a Joshua diciéndole que ya estaba cerca del cafetín, que dejará de lado el plan de asesinarme que su mente retorcida le había recomendado, como respuesta recibí un emoji del dedo corazón. Reí llamando la atención de unos vecinos que se habían congregado, también esperando el elevador.

Me monté con el resto de las personas y en un par de minutos estuve en la entrada, saludé a nuestro celador, el signore Lucianno, era un hombre anciano, de unos 60 años aproximadamente, pero eso no le quitaba la jovialidad y el encanto con el que nos saludaba todas las mañanas. Lo apreciaba mucho, a pesar de que cada vez que me veía quería mostrarme fotos de la gran cantidad de nietos y bisnietos que tenía.

—Buongiorno, signorina Amanda. —saludó con una sonrisa. Estaba sentado detrás del escritorio de recepción, comiendo un sfogliatelle acompañado por una taza de café humeante.

—Buongiorno signore Lucianno. —repetí levantado la mano en señal de saludo. —Sarai fuori tutto il giorno?. —preguntó levantado una ceja.

Si viniera de otra persona, aquella pregunta hubiese resultado impertinente e imprudente, sin embargo, sabía que no lo hacía con maldad o segundas intenciones, sino porque de verdad se preocupaba por nosotros, lo cual me enterneció.

A veces me preguntaba porque un hombre de su edad continuaba trabajando, pues ya iba siendo hora de que se jubilará. Una vez me atreví a plantearle me duda, a lo que simplemente respondió que disfrutaba lo hacía y mientras tuviera fuerzas, continuaría haciéndolo.

—No, esco solo per un po' con un'amica. Tornerò prima che faccia buio. —respondí. No pude oír la respuesta pues salí inmediatamente.

Vivía en la 56 Vía Alberto Giussano, en el barrio Pigneto. En un edifico color ladrillo de cuatro pisos, que estaba en medio de una panadería y puesto de frutas; definitivamente no era la zona más glamorosa de Italia, sin embargo, era lo suficientemente cómoda y tranquila para mí, además de que La Sapienza sólo me quedaba a veinticuatro minutos en metro y la estación más próxima estaba a cuatro minutos a pie.

El viento sopló, ocasionando que se me erizarán los pelos, me arrepentí de no haber tomado un abrigo antes de salir, pero recordé que a mediodía el sol calentaba lo suficientemente como para prescindir de usarlo, después estaría toda sudorosa.

Para mí buena suerte, el lugar donde me reuniría con Joshua no estaba para nada lejos de mi vivienda, sólo tuve que caminar cinco minutos y estuve en la Piazza dei Condottieri. Uno de los lugares más hermosos del barrio, a esa hora estaba bastante concurrido por personas que se dedicaban a leer, tomar un desayuno, alimentar a las aves, etc.

Todo lo que uno quisiera hacer se veía cubierto por la encantadora estructura de la plaza; con la mirada busque entre la mesa de picnic a Joshua, no tarde mucho en dar con él, quién se acercaba a mí con dos cafés y una sonrisa ladeada.

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