Portada de la novela Una esposa para mi hermano

Una esposa para mi hermano

9.3 / 10.0
Daniel es un CEO viudo de 40 años que vive para sus hijos y su empresa, tras haber cerrado su corazón al amor. Su vida cambia cuando Harry, su hermano, convence a Deanna, una joven soprano de 25 años, para fingir un compromiso y evadir una norma familiar. Aunque el trato es una farsa temporal, la química entre ambos surge de forma inevitable. Pese a la diferencia de edad y los secretos que los rodean, este engaño inicial se transforma en una pasión real que los obligará a luchar contra sus miedos y enemigos.

Una esposa para mi hermano Capítulo 1

13 de febrero

Soltera por elección

Doy lástima, de verdad que sí. ¡Estoy muerta, molida, agotada! Tiro mis zapatos con desgano, me meto al baño y ni siquiera pienso en juguetear, si lo hago el orgasmo me agotará y no saldré de la cama. Realmente quiero estar lista, debo estar lista.

He llegado de mi trabajo diurno como diseñadora de exteriores para la empresa Burgues e Hijos, en mi natal ciudad de Boston. Tengo una hora para dormir antes de empezar mi segundo empleo, en el club de BDSM Cuervos Negros.

Mi horario va desde las 8 de la noche hasta las 2 de la mañana. No lo hago por el dinero, aunque setecientos dólares extra al mes, no me caen mal. Trabajo como recepcionista y amo mi trabajo. Porque la gente a la que veo cada noche es increíble.

Pienso en la fecha de mañana, la noche más “romántica” del año y en lo que haré. Estar sentada en mi puesto como recepcionista en el club más increíble y decadente de la ciudad. Me digo a mí misma, pensándolo con emoción, porque de verdad es un lugar fuera de este mundo, el sitio no es el problema sino la fecha en sí.

Por eso no me he esmerado en buscar algún atuendo sexy y revelador. Mañana vestiré igual que siempre, un pantalón de lino gris con talle a la cadera, zapatos bajos, pues realmente apesto con tacones, una camisa blanca de manga larga y un fajón rojo para marcar mis caderas.

Tres botones de mi parte superior estarán abiertos y sí, como agregaré un sujetador de escote profundo, mis senos se verán bien.

Mis tetas son geniales y les saco provecho

Mi nombre es Olivia y me encanta el sexo. Pero no salgo con nadie, pues fui golpeada salvajemente por alguien en quien debía confiar, el ataque, aunque con miedo a los hombres me dejó con adicción al sexo.

Bien jodida, quedé bien jodida, porque ¿cómo ser una adicta al sexo que le teme a los hombres?

Para acostarme con alguien debo conocerlo primero y conocer gente nueva me aterra, por eso entonces para mí, el sexo viene de dos formas, o con mi amigo Ryder, quien es puerto seguro pues solo es sexo.

Sé que suena raro… bueno, pienso sonriendo, la verdad sea dicha, es bastante raro, o me doy placer sola con una amplia variedad de juguetes y los orgasmos llegan, así que al menos no estoy insatisfecha.

Me gustan dos hombres, tan diferentes el uno del otro que me pregunto, cómo es eso posible.

Mi amor número 1: Nicholas Gordon, un hermoso y caliente bombero de la estación 00 en Boston. Metro noventa—lo sé porque abrí su expediente—un cuerpo musculoso, cubierto de tatuajes. Es, además, uno de los Amos del club Cuervos Negros, todo bien hasta ahí, salvo por una pequeña cosita, un detallito insignificante… Nicholas Gordon ni siquiera sabe que existo.

No llevo mucho en el puesto, una semana para ser exactos, pero he asistido como observadora, de ahí que sé quién es Nick y como este, lleva fuera una semana, no me ha visto.

Mi amor número 2: Demian Wolf, y sí, lo sé. Tan solo el nombre evoca orgías a la luz de la luna. Lo que siento por él es distinto, más profundo, sé que su vida ha sido dura, sus padres murieron cuando tenía veinte años y ha estado solo, dirigiendo las muchas empresas que posee.

Es dueño del club, de varios hoteles y es quien me dio este trabajo nocturno. Lo he visto varias veces fuera de ese sitio, Ryder nos presentó hace un año. Le gusto, me gusta muchísimo, el bulto entre sus piernas me deja claro que le atraigo… me desea. Pero nunca hemos dado un paso más allá.

De alguna forma es como si supiera mucho de lo que me sucedió cuando fui atacada, pero es imposible. ¿cierto?

Tras descansar llego al club, está cerrado pues organizan la fiesta de mañana. La noche pasa calma, solo veo trabajadores montando la escenografía, no hay señal alguna de mi amado, así que, tras cumplir horario, salgo a buscar un taxi. La empresa a la que he llamado me ha dicho que no hay unidades disponibles, vaya mierda.

Una mano en mi hombro, un susurro en mi oído, reconozco el olor y la voz, el objeto de mis fantasías…  

Sin embargo, mi primer instinto es golpear y como siempre cargo cosas extra en mi cartera, como un pisapapeles, por ejemplo, el impacto lo envía al suelo.

Aunque me muero de la pena al mirar a quien está en el suelo, compruebo que, aunque ha pasado un año desde que adopté la costumbre de ponerlo dentro para usarlo como arma de defensa, realmente funciona.

—Demonios, Oli.

—Lo siento, Demian. ¿Cómo demonios pensaste que acercarte a alguien por la espalda estaba bien? Espero no haberte arrancado una muela.

—No, no me arrancaste nada, un milagro he de decir, pero sé que andas bien preparada ¿Con qué me diste?

—Un pisapapeles.

Lo veo levantarse y acomodarse la ropa. Puedo morir de la pena. Ya lo dije, ¿cierto?

—¿Vas a venir mañana, hadita?

Normalmente apodos tan cursis me enloquecen, pero es él quien me lo dice, entonces digamos que está bien.

—Wolf, trabajo aquí, debo ganarme el sueldo. O eso fue antes de atacar a mi jefe.

—Mañana es solo para socios y sus sumisas regulares.

—¿Qué pinto aquí entonces?

—Estarás conmigo, por supuesto.

Río, me carcajeo pensando que bromea, pero su mirada de—te ataré y devoraré Caperucita—me dice que habla en serio.

—Wolf, de verdad que no pinto nada aquí. ¡Mírame por Dios!

—Lo hago, hace un puto año lo hago y encajas, no puedes no notarlo.

—Vengo solo a trabajar, físicamente soy diferente a las mujeres de aquí, soy rellena por todas partes.

—No te estás infravalorando, no lo estás. ¿Verdad? Porque nada me cuesta mostrarte cuanto me gustas, mi polla llena mis pantalones, Olivia, no puedes no ser consciente de lo que me haces sentir.

—¿Has visto a las sumisas? 

—¿Me has visto mirarlas, salir con ella a tomar un café o ver películas de Hugh Grant una y otra vez?

—No te metas con mi Hugh.

—Lo sé bien, hadita. No sé cuántas veces hemos visto la misma película de la mujer defecando en el Camper.

—Se estaba cagando porque comió mucho, pero no es el punto. Sé que las has visto conmigo, pero no sabía que era un sacrificio.

—No es un sacrificio, aunque me pregunto cómo puedes reír una y otra vez con una escena que conoces de memoria. En fin, con nadie más hago cosas así.

—Demian… Debo irme.

—¿Trajiste auto?

—Voy a buscar un taxi.

—Te llevo.

—No hace falta,

—Camina, Olivia. No me cabrees.

—Y que yo, la recepcionista de tu club camine por un taxi, ¿cómo rayos te cabrea? No es que sea mi primera vez de todas formas.

—Aunque mis sentimientos fuesen solo de jefe, o de amigo, cosa que no son y lo reitero, no te permitiría irte a caminar por ahí a las dos de la mañana.

—Melodramático.

—Es más, nueva regla para el trabajo, si un día no tienes tu auto me vas a llamar para recogerte. No puedo creer que no lo vi antes, que has caminado sola a esta hora en varias ocasiones.

—No puedes…

—No está sometido a discusión.

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