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Portada de la novela Perversidades del destino

Perversidades del destino

Carlos Lomas protagoniza esta cruda historia sobre la desigualdad y la pobreza extrema. A través de una atmósfera melancólica, la trama profundiza en los dilemas morales y las luchas internas de quienes intentan sobrevivir en barrios marginales. El autor plasma con gran sensibilidad los contrastes urbanos y la búsqueda de identidad del ser humano. Se trata de un relato realista donde cada decisión define el destino frente a las perversidades de un entorno hostil.
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Capítulo 2

Hay pocos hombres que no pueden recordar días afortunados, pero serán muchos los que no olviden años enteros de hambruna. La dicha de Carlos Lomas nunca lo favoreció. Todos eran dificultades para no decir adversidades.

Tenía Carlos Lomas diecinueve años cuando su padre murió y su hermano mayor que él se había trasladado para la ciudad de Santiago de Cuba, según sus cartas las cosas andaban bien. Había logrado conseguir un empleo, cosa que extrañó mucho, pues, esa ciudad estaba revuelta. Un grupo de jóvenes habían asaltado el Cuartel Moncada, uno de los recintos de la tiranía batistiana. El país se había convertido en un volcán en plena erupción. De punta a cabo no faltaba el peligro de ser atrapado, torturado y luego asesinado. Aquello nada le gustaba a Carlos Lomas, y tomó la determinación de marcharse para La Habana a probar suerte, antes, hizo algunos trabajos domésticos, y logró recaudar el dinero que necesitaba para el viaje, lo hizo en tren.

A medida que se acercaba a La Habana, sus pensamientos se hacían más sombríos. Le preocupaba su madre, allá, sola en un pueblecito con extrema pobreza. Imaginaba que su madre podría recibir algunas atenciones de una hermana, que estaba casada con un comerciante, pero no podía asegurarlo.

Cuando terminó de reflexionar se puso a recordar su infancia y en que se convertiría su destino al llegar a La Habana, ya que tenía muy poca calificación educacional, y para colmo no tenía oficio alguno. Se convertiría quizás en un ladrón, en un limosnero, o realmente formaría parte de una banda de narcotraficantes. No es que él creyese que el diablo le retorcería su humildad, pero no podía explicarse su trágico final. Sabía que iba para la capital, y que todo sería distinto y difícil, incluso, hasta para adaptarse al tipo de vida que allí se llevaba, con mucha agitación.

Las horas iban pasando así, en profundas reflexiones, cuando de repente el tren entró al andén y detuvo su marcha. Fuera de la estación fue a dar a un parque que hay cerca. La golpiza que un policía le estaba dando a un individuo lo consternó porque se trataba de un joven y, además, sus quejidos tenían algo sombrío. Un instante después, se acercó a aquel adolescente quien se mantenía tirado en medio del parque y tras un breve esfuerzo logró levantarlo, “¡qué horror!”, los bastonazos estaban marcados en su espalda. El joven le dijo que no debía alarmarse, pues, seguramente vería varias de estas golpizas y, peor aún, personas destrozadas en medio de la calle. El miró en derredor, la ciudad le pareció embellecida con los vivos colores; el ir venir de los autos, la agitación de la gente, las edificaciones, los mercados, el capitolio, en fin, cuantas cosas se reflejaban ante sus ojos era emocionante. Era un mundo para él, totalmente ignorado.

El adolescente le hizo una invitación en un gesto de gratitud.

—¿Por qué no vas conmigo a mi casa? —dijo—, mi madre te agradecería esto que has hecho por mí... ¡Ay!, por qué no habré hecho caso a lo que ella me dijo. Bien... ¿Vienes conmigo o no?

Aceptó de buen gusto. Cierto es que no faltaban en las calles algunos prostíbulos, bares, casas de juegos, no sé sabe cuantas vicisitudes que imperaban vicios. Habiendo caminado hasta la casa del joven, dejaron la calle y entraron en un solar de muy mal aspecto, ropas tendidas en improvisados cordeles, papeles y desechos de comida tirados en el suelo. En ambos lados había varias puertas, al fondo, tres tipos de características similares, de cuyos labios colgaban sendos cigarrillos, y a quienes se abstuvo de mirarlo, si ellos lo observaban. En principio imaginó que en el solar no viviera tantas personas, ni que en la ciudad no hubiera tanta miseria.

Tuvo la curiosidad de echar una ojeada más amplia alrededor del solar, pero el joven se detuvo, llamó a la puerta, y al ver que no le abrían, la empujó y entraron.

Sin duda, las pocas cosas que había denotaban las condiciones en que vivía dicho joven. Sobre una mesa estaban dos platos de esmaltes boca abajo, un jarro con algunas abolladuras, y tres muebles donde imperaba la suciedad, y los fondos destruidos. En un rincón había un altar con una Virgen de la Caridad y un conjunto de piezas propias de la religión. Daba la impresión que se practicaba el espiritismo, y que se hacían consultas espirituales. Carlos Lomas convencido de que el curioso lugar solo sería utilizado para un breve descanso, no vaciló en quitarse la deslucida camisa que estaba adherida a su espalda por el sudor, puso el deteriorado maletín en el suelo, se quitó los zapatos y los echó a un lado, los había soportado con demasía, unos clavos que sobresalían les pinchaban los pies.

—El viaje en tren no es nada bueno. Necesito tomarme un descanso.

El joven le echó una mirada donde dejaba ver una sonrisa de complacencia.

—No me estés pidiendo permiso, ¿verdad? Mira el espacio que hay en el piso. En el caben varios como tú. Arriba, no lo pienses más.

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