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Portada de la novela Perdón Negado, Destino Cruel

Perdón Negado, Destino Cruel

Armando del Río, un curandero, vive una tragedia cuando su esposa Sofía y su amante Javier sacrifican ritualmente a su hija Dulce. Por pura ambición, fingen una purificación para extraer los órganos de la niña y buscar riqueza. Tras recibir con desprecio los restos de la pequeña, Armando decide romper su silencio. Su meta es obtener el divorcio y desenmascarar las atrocidades de una familia política marcada por la maldad y secretos oscuros.
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Capítulo 2

El aire en la habitación era denso, olía a copal quemado y a miedo.

Armando del Río observaba la escena, su corazón era un nudo apretado en el pecho, le habían dicho que era una limpia, una purificación necesaria para su pequeña Dulce.

Sofía, su esposa, le había insistido, su voz era seda y veneno, "Es por su bien, mi amor, para protegerla de las malas energías que nos rodean, de la envidia que genera nuestro estatus".

Pero lo que veía no era una sanación, era una profanación.

El hombre, al que llamaban "Chamán", no tenía la luz de los verdaderos curanderos, sus ojos eran pozos oscuros y codiciosos, sus movimientos eran torpes, una burla a las danzas sagradas que Armando conocía desde niño.

Junto a él, Javier "El Mariachi" Herrera, el amante de Sofía, sostenía a la pequeña Dulce con una sonrisa que no le llegaba a los ojos, su carisma era una máscara para la podredumbre que llevaba dentro.

El chamán tomó un cuchillo de obsidiana, no uno ceremonial, sino uno afilado y cruel.

"La pureza de la niña es el canal, su esencia vital nos abrirá las puertas de la prosperidad infinita", canturreó el falso guía espiritual, su voz era un susurro grasiento.

Sofía asintió, su rostro era una máscara de fría determinación, sus ojos ambiciosos fijos en el cuchillo, no en su hija.

"¡No!", gritó Armando, intentando moverse, pero dos hombres robustos, secuaces de Javier, lo sujetaron con fuerza, sus brazos eran como tenazas de acero.

"¿Qué están haciendo? ¡Esa no es la forma! ¡La van a lastimar!", su voz se quebró, la desesperación lo ahogaba.

El chamán trazó una línea sobre el pequeño abdomen de Dulce, la piel se abrió, una línea roja y perfecta, la niña soltó un gemido débil, un sonido que partió el alma de Armando en mil pedazos.

Con una precisión macabra, el hombre extrajo algo pequeño y palpitante, un órgano vital, y lo depositó en un cuenco de barro negro que humeaba con hierbas de olor extraño.

Dulce convulsionó ligeramente en los brazos de Javier.

"¡Basta! ¡Por favor, se los ruego! ¡Es mi hija! ¡Es solo una niña!", suplicó Armando, las lágrimas corrían por su rostro, su cuerpo se retorcía inútilmente contra sus captores.

Luchaba con la fuerza de un animal enjaulado, el dolor y la rabia le daban una energía que no sabía que poseía.

Sofía se giró hacia él, su rostro no mostraba ni una pizca de piedad, solo un profundo desprecio.

"Cállate, Armando", siseó, su voz era hielo puro, "Siempre con tus estupideces, tus tradiciones de pobre diablo, esto es el verdadero poder, algo que tú nunca entenderás, algo que nos dará la vida que merezco".

"¡Tú eres un monstruo!", le gritó él, la garganta desgarrada.

"Soy una mujer práctica", replicó ella, volviendo a dar la espalda a su marido para observar fascinada el ritual oscuro.

Javier sonrió con suficiencia, mirando a Armando por encima del hombro.

"Tranquilo, curandero, tu hijita está haciendo una contribución importante a nuestro futuro, deberías estar orgulloso".

La pequeña Dulce dejó de moverse, su cuerpo se quedó quieto y flácido, sus ojos, antes llenos de vida y luz, ahora estaban vacíos, fijos en un punto del techo que ya no podía ver.

Su esencia vital, su inocencia, se había extinguido.

Armando sintió cómo algo dentro de él se rompía para siempre, un grito mudo se atoró en su garganta, un aullido de dolor que no encontró salida.

El chamán levantó el cuenco, cantando palabras en una lengua inventada y grotesca.

Sofía y Javier se abrazaron, riendo, celebrando su supuesto triunfo sobre la miseria, sus risas eran el sonido más obsceno que Armando había escuchado jamás.

Bebieron champán directamente de la botella, brindando sobre el cuerpo aún tibio de su hija.

"Por nosotros", dijo Sofía, sus labios rojos curvados en una sonrisa triunfal.

"Por la fortuna", añadió Javier, besándola con avidez.

No le dedicaron ni una sola mirada más al pequeño cuerpo sin vida, para ellos, Dulce ya no era más que un escalón, un sacrificio necesario en su escalada hacia la cima.

Los hombres soltaron a Armando, quien cayó de rodillas al suelo, su cuerpo temblaba sin control, su mirada perdida en la figura inmóvil de su hija, el centro de su universo, ahora un cascarón vacío por la ambición de su propia madre.

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