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Portada de la novela PERDIDA EN TI

PERDIDA EN TI

Catalina despierta en una clínica de lujo sin memoria de su identidad. Vittorio Leone, un influyente magnate, asegura ser su futuro esposo y le describe una vida juntos que ella no reconoce. Pese a la seducción del millonario, ella siente un peligro latente tras su amabilidad. El hallazgo de un vídeo donde ella misma se advierte no confiar en nadie desata una crisis. Atrapada en una red de vigilancia, debe recuperar su pasado antes de que el deseo la ciegue.
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Capítulo 2

Esa noche no dormí. La imagen del video seguía repitiéndose en mi mente como una advertencia en bucle. "No confíes en Vittorio . Ni en tí." ¿Por qué habría de grabarme diciéndolo? ¿De qué me protegía? ¿De él? ¿De lo que fui?

El aire en la clínica se había vuelto más denso, cargado. Cada paso que daba fuera de mi habitación era medido, controlado. Y, sin embargo, él se movía por los pasillos como si el lugar le perteneciera.

A la mañana siguiente, cuando entró con su impecable camisa blanca remangada hasta los codos, la primera reacción de mi cuerpo fue física: el estómago se contrajo, mi piel se tensó, y mi respiración se aceleró como si recordara algo que mi mente aún no había alcanzado.

-Dormiste poco -dijo, dejando una bandeja sobre la mesa auxiliar. Té, frutas cortadas con precisión quirúrgica. Pan tostado. Miel. Todo en proporciones exactas.

-¿Me estás vigilando?

Su sonrisa fue leve. Ambigua.

-Cuido de ti. Es diferente.

-¿Y las cámaras en la habitación?

-Protocolos. No siempre sabemos cuándo puedes sentirte mal o necesitar algo.

-No soy una niña -dije, con un hilo de voz.

-No. Eres Catalina. Y Catalina a veces se rompe.

La forma en que pronunció mi nombre me hizo contener la respiración. Como si lo lamiera. Como si tuviera sabor.

Pasaron tres días. O cinco. No lo sé. El tiempo en la clínica no era lineal. Cada día parecía una repetición alterada del anterior. Pero ese día, Vittorio  propuso algo distinto.

-¿Quieres salir al jardín? Estirar las piernas te hará bien.

Acepté. No porque confiara en él. Sino porque necesitaba sentir el viento. Ver si el mar aún era real.

Me condujo por un pasillo lateral que nunca había visto. Las puertas eran todas idénticas, pero algunas tenían cerraduras dobles. Otras, sensores.

-¿Es esto una clínica o una prisión?

-La diferencia está en la voluntad, ¿no crees? -respondió-. Tú elegiste quedarte.

No recordaba haberlo hecho. Pero su mirada era tan segura, tan profunda, que casi me convencía de que sí. Que lo había rogado. Que me había entregado a él por voluntad propia.

El jardín era desbordante. Jazmines. Bugambilias. Un limonero maduro. El mar al fondo, hipnótico. Su belleza me impactó.

Caminamos en silencio. Cada paso me acercaba a una versión desconocida de mí misma. Vittorio  se detuvo bajo un sauce. Me ofreció asiento en una banca de hierro forjado. No me senté.

-¿Quién era yo antes?

-Eras fuego -dijo, sin dudarlo-. Y también hielo. Insoportable y fascinante. Tenías un don para herir, incluso sin querer. Pero eras mía.

La palabra "mía" retumbó en mi pecho como una amenaza camuflada.

-¿Y tú? ¿Qué eras tú para mí?

Vittorio  se acercó un paso. El suficiente para invadir mi espacio. Su perfume me golpeó de lleno. Sándalo. Tabaco suave. Piel cálida.

-El hombre que intentaba sostenerte mientras te derrumbabas.

-¿Y fracasaste?

-No. Te perdí por elección.

-¿Y ahora me recuperas a la fuerza?

Sus ojos se oscurecieron.

-Tú volviste sola.

Mentía. O creía decir la verdad. Con él, nunca lo sabía.

Esa noche tuve otro recuerdo.

Estaba en un auto. Llovía. Vittorio  conducía. Gritábamos. Yo lloraba. Él detenía el coche. Me pedía que bajara. Me negaba. Alguien golpeaba el parabrisas desde afuera.

Me desperté empapada en sudor. Las sábanas pegadas a la piel. El corazón estaba fuera de ritmo.

Fui al baño. Me miré en el espejo. Ojeras. Labios partidos. Un moretón apenas visible en la clavícula. No recordaba haberlo visto antes.

Bajé la mirada. Sobre el lavamanos, alguien había dejado un pequeño frasco ámbar sin etiqueta.

Lo abrí. Olí. Reconocí el aroma al instante. El mismo que usaba Vittorio  después de afeitarse. ¿Por qué estaba eso ahí?

A la mañana siguiente, lo confronté.

-¿Entraste anoche a mi baño?

-Nunca me iría sin asegurarme de que estés bien.

-¿Me estás drogando?

Su mandíbula se tensó. Por primera vez, perdió la compostura.

-No.

-Entonces, ¿qué es eso? -le mostré el frasco.

Lo miró. Lo sostuvo entre los dedos.

-Recuerdos. Ayudan a reconstruir.

-¿Qué tipo de recuerdos se inhalan?

-Los que se niegan a ser recordados de otra forma.

Quise arrojarle el frasco. Quise besarlo. Estaba tan cerca de él que no sabía si lo odiaba o si necesitaba perderme en su cuerpo para entender quién había sido yo.

Por la tarde, me llevó al invernadero. Nadie más parecía usarlo. Flores tropicales. Orquídeas negras. Temperatura húmeda. Las paredes de cristal empañadas por la condensación.

Me mostró una flor en particular. Roja. Carnosa. Venosa. Casi viva.

-La trajiste tú. Dijiste que era la única que sobrevivía al encierro.

La toqué. Era tibia. Como piel.

Vittorio  me miraba con una intensidad que me quemaba. Sentí cómo la humedad del lugar me recorría los muslos. Quise alejarme. Quise tocarlo.

-¿Tú me amabas? -pregunté.

-Te amaba tanto que tuve que dejar de hacerlo para no destruirte.

Su sinceridad me cortó la respiración.

Me sostuvo el rostro. Rozó mis labios con los suyos. No fue un beso. Fue una amenaza. Una promesa de algo perdido.

-¿Y ahora?

-Ahora no sé si te amo o si te estoy castigando por todo lo que me hiciste.

Mis piernas flaquearon. El invernadero giraba lentamente. El aire era demasiado espeso.

-¿Qué te hice?

Vittorio  sonrió. No respondió.

Esa noche, otro video apareció en mi celular. No lo busqué. Estaba ahí.

Yo, con los ojos rojos.

-No te dejes convencer. El amor de Vittorio  se siente como un abrazo... y una soga. Si llegas a amarlo otra vez, estás perdida.

Lo apagué. Me temblaban las manos.

Afuera, los pasos en el pasillo eran más frecuentes. Alguien susurraba detrás de las paredes.

Miré la puerta. Cerrada. Por dentro. Esta vez, yo misma había echado el pestillo.

Me había encerrado sola.

A la madrugada, una alarma se activó en el ala norte. Voces. Gritos. Zapatos golpeando el suelo.

Me acerqué a la ventana. Una camilla cruzaba el jardín a toda velocidad. Alguien gritaba "¡la encontró, estaba en la galería!"

Y entonces lo vi.

Vittorio.

Cubierto de sangre.

Con una sonrisa leve. Como si lo hubiera estado esperando.

La revelación no fue que alguien había muerto.

La revelación fue que algo en mí... sonrió también.

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