Seguir
Capítulos
Compartir
Portada de la novela PERDIDA EN TI

PERDIDA EN TI

Catalina despierta en una clínica de lujo sin memoria de su identidad. Vittorio Leone, un influyente magnate, asegura ser su futuro esposo y le describe una vida juntos que ella no reconoce. Pese a la seducción del millonario, ella siente un peligro latente tras su amabilidad. El hallazgo de un vídeo donde ella misma se advierte no confiar en nadie desata una crisis. Atrapada en una red de vigilancia, debe recuperar su pasado antes de que el deseo la ciegue.
Capítulos
Compartir

Capítulo 3

Desperté sudando. No por calor, sino por la angustia espesa que se había anidado en mi pecho como un animal dormido y tenso, listo para morderme desde dentro. Afuera aún no amanecía del todo, pero una luz azulada, pálida, se colaba por las rendijas de la persiana. Mi garganta estaba seca, como si hubiese gritado toda la noche sin emitir un solo sonido.

Tuve un sueño. O un recuerdo. O algo entre ambas cosas.

Vittorio  me abrazaba. Su boca en mi cuello, cálida, como si murmurara algo que no podía oír. Luego, su mano, firme, sobre mi nuca. Y un instante después, oscuridad. Una caída. El sonido de un pestillo.

Me incorporé bruscamente y un mareo me obligó a cerrar los ojos. Las imágenes flotaban en mi cabeza como fragmentos de vidrio, reflejando cosas que no alcanzaba a tocar. Me dolía la memoria, como si fuera un músculo forzado.

La puerta se abrió con ese clic suave que ya conocía. Vittorio  entró con una bandeja de desayuno. Siempre igual: café, frutas, pan tibio. Él, como siempre: camisa blanca, el primer botón abierto, un reloj caro en la muñeca izquierda. Cada detalle suyo era tan preciso que repugnaba. Como si lo hubiese ensayado mil veces frente a un espejo.

-¿Dormiste bien? -preguntó con voz melosa, dejando la bandeja sobre la mesa.

-No. Soñé contigo. -Lo miré con fijeza-. Me encerrabas.

No se sorprendió. Ni un músculo de su rostro se movió. Se acercó, se sentó a mi lado en la cama.

-Es normal. El subconsciente busca salidas -susurró, casi acariciando el borde de mis pensamientos-. Pero no siempre lo que vemos en sueños es real.

Su cercanía me provocaba una sensación contradictoria: mi piel se tensaba por el miedo, pero algo en mí... también lo deseaba. No podía evitarlo. Era una atracción química, visceral. Como si mi cuerpo aún lo reconociera aunque mi mente gritara huye.

-¿Puedo mostrarte algo? -preguntó, sacando una caja de madera de la repisa-. Tal vez ayude a que recuerdes quién eres.

-¿Quién dices que soy?

-Catalina Rossetti -dijo, y me besó la mano-. Mi futura esposa.

Abrió la caja. Dentro, había una colección de fotos impresas. Las primeras eran mías con él: en la playa, en un café, en lo que parecía ser un velero. Mi sonrisa era amplia, mis ojos brillaban. ¿Era yo? ¿De verdad?

Había una foto que me detuvo: estábamos abrazados frente a un espejo. Mis brazos rodeaban su cuello, y él me besaba la mejilla. El reflejo en el cristal mostraba algo extraño: mi expresión no era la misma que la de mi cuerpo. En el espejo, parecía... ¿asustada?

-¿Dónde fue esto? -pregunté.

-En Nápoles. En el hotel Excelsior, para tu cumpleaños.

-No lo recuerdo.

-Pronto lo harás -dijo con voz baja, como un conjuro. Luego sacó otra foto.

Mi madre.

Una mujer de cabello negro y gesto fuerte. Estábamos juntas en una cocina. Yo sonreía. Ella también. Pero algo en esa foto me dolió. Me dolió como un cuchillo hundido en una herida vieja.

-¿Está viva?

-No -dijo él, con tristeza fingida-. Murió el año pasado. Tú no quisiste hablar de eso después. Fue demasiado.

Un nudo se formó en mi estómago. Las lágrimas amenazaban con brotar, pero las contuve.

-No sé si quiero ver más.

-Deberías.

Insistió en mostrarme una grabación. Sacó una tablet y me puso un video donde yo -supuestamente yo- caminaba por un jardín con él, riendo. Mi voz decía: "Nunca había sido tan feliz."

Pero no sonaba como yo. Era mi rostro, mi cuerpo, pero mi alma no estaba allí.

-No recuerdo haber dicho eso.

-Tampoco recuerdas el accidente. La mente bloquea lo que la hiere -respondió, y me acarició el cabello con ternura.

Me estremecí.

El calor de su mano en mi nuca hizo que la escena del sueño regresara con violencia: su mano ahí, apretando... y luego la caída.

Me aparté. Me levanté de la cama con torpeza.

-Quiero salir -dije-. No puedo seguir aquí encerrada.

Él no respondió de inmediato. Caminó hacia la ventana y miró el mar, como si hablara con el horizonte.

-Si sales ahora, podrías volver a herirte. No es el momento.

-¿Tú decides eso?

Se giró. Sus ojos se oscurecieron un segundo. Un destello de algo más profundo que el amor o la preocupación.

-Yo te cuido. Aunque no lo entiendas.

Me acerqué a la puerta. Él la cerró con llave sin que yo lo notara.

-¿Me estás reteniendo?

-Te estoy protegiendo.

Nos miramos en silencio. Una batalla sin palabras.

Entonces, un ruido seco. Un papel bajo la puerta.

Vittorio  fue a recogerlo, pero yo fui más rápida. Lo abrí con manos temblorosas.

Solo decía:

"Lo que ves no es real."

Y nada más.

Lo miré. Él me miraba.

El papel temblaba en mis manos.

"Lo que ves no es real."

Esa frase era un zumbido dentro de mi cráneo. Como si alguien hubiera escrito exactamente lo que yo sentía y no me atrevía a decir en voz alta. Vittorio  se acercó con lentitud, como si tuviera miedo de asustarme, o de lo que pudiera hacer con ese pedazo de papel.

-¿Quién lo dejó? -pregunté, mi voz ahora seca y aguda, como quebrada en la garganta.

-No lo sé -respondió él-. Aquí no entra nadie que no deba. Tal vez es parte de tus... proyecciones. ¿Lo habrás escrito tú misma?

-¿Por qué haría eso?

Él alzó los hombros, una expresión de falsa compasión en el rostro.

-No sería la primera vez.

Esa frase me hizo temblar. ¿Qué otras cosas había hecho yo, supuestamente, que ahora él podía usar como argumento para dudar de mi cordura?

Apreté el papel en el puño.

-Quiero ver las cámaras de seguridad.

-¿Qué cámaras?

-Las que tengas en el pasillo. O en esta habitación. Sé que hay.

Vittorio  suspiró, se acercó aún más. Su aliento me rozó el cuello. Lo sentí recorrer mi piel como un líquido tibio, entre nauseabundo y adictivo.

-Catalina... -susurró-. Estás alterada. Estás cansada. Te estás saboteando, como otras veces. Necesitas descansar. ¿Te acuerdas de lo que pasó la última vez que no me escuchaste?

Una imagen me atravesó como un rayo: el borde de una bañera, agua roja, mi muñeca, o tal vez solo un flash. Pero algo ardió en mi piel, como si la sangre aún estuviera ahí.

No supe si ese recuerdo era verdadero.

-No me acuerdo de nada -dije, con un hilo de voz.

Él me abrazó desde atrás. Su pecho contra mi espalda, su brazo cruzando mi abdomen.

-Entonces déjame cuidarte -murmuró.

No me resistí. Pero tampoco cedí. Me quedé quieta. Como una estatua atrapada en el tiempo.

Ese día no volví a ver el papel. Vittorio  lo había desaparecido, como tantas otras cosas. Pero no lo olvidé. La frase se repetía:

Y entonces, de a poco, las grietas comenzaron a ensancharse.

Todo empezó con las fotos.

Las observé de nuevo en la noche, cuando él dormía en el sillón. Una foto en particular llamó mi atención: yo, en lo que parecía un invernadero, regando flores. Pero había un espejo detrás. Y ahí, el reflejo era distinto. Ligeramente desplazado. Como si la mujer en el espejo no estuviera del todo sincronizada conmigo.

¿Edición digital? ¿Un montaje?

O peor: ¿y si esa mujer no era yo?

Cerré los ojos y traté de recordar.

La humedad del invernadero. El olor de la tierra mojada. El zumbido de un insecto.

Y entonces, un sonido sordo. Un golpe. Alguien me jalaba del brazo.

Abrí los ojos. Mi respiración estaba entrecortada. El sudor me empapaba la nuca.

¿Quién era yo, debajo de todo esto?

A la mañana siguiente, una nueva rutina. Vittorio  con el desayuno. Su voz calmada. Sus preguntas suaves.

-¿Qué soñaste hoy?

-Con flores -mentí.

Él me miró, como si supiera que no decía la verdad.

-¿Y conmigo?

-Siempre.

Sonrió. Me besó la frente.

-Hoy vas a ver algo especial.

Sacó un álbum de cuero negro, viejo, gastado. Lo abrió frente a mí.

-Esto no lo habíamos visto juntos en mucho tiempo.

Las fotos eran distintas. No solo de nosotros, sino de lugares. Sitios que apenas reconocía. Un campo de amapolas. Una biblioteca antigua. Una cama deshecha. Una cabaña de madera.

-Fuimos felices ahí -dijo.

Toqué una foto. En ella, yo tenía un vestido blanco. Estaba descalza, corriendo por un pasillo.

Entonces, un destello.

Un grito.

Mi propio grito.

Volví a mirar la imagen. Había algo en mi rostro que no cuadraba. Mi sonrisa era demasiado amplia. Como forzada. Como... programada.

Me aparté del álbum.

-Estas fotos están mal.

-¿Mal cómo?

-No soy yo. O soy yo, pero... editada. Manipulada.

-¿Por qué haría eso?

-No lo sé. ¿Por qué alguien dejaría un papel bajo la puerta diciéndome que esto no es real?

Vittorio  me observó en silencio.

-Porque estás enferma.

Ese "enferma" me golpeó como un balde de agua helada.

-¿Y si no lo estoy?

-Lo estás. Por eso intentaste matarte.

-¿Y si eso también es mentira?

Un silencio denso cayó entre nosotros.

Entonces, se levantó. Caminó hacia la repisa, tomó una caja metálica y la colocó frente a mí.

-¿Quieres saber la verdad? Ábrela.

Lo hice.

Dentro, había un frasco de pastillas, una hoja arrugada con mi nombre escrito con tinta roja, y un diario.

Abrí el diario.

La letra era mía.

Pero no era mi voz.

Leí frases sin sentido, tachaduras, páginas arrancadas. Fragmentos: "Me está matando de a poco", "Hoy también dijo que me amaba", "No sé si es real o solo quiere destruirme".

La última página tenía una advertencia escrita a mano:

"Si estás leyendo esto, no confíes en él. Y tampoco en ti."

El mundo giró.

Me levanté, tambaleante.

-¿Qué es esto? -pregunté.

Vittorio  se acercó. Su voz era un susurro afilado.

-Tu historia. La que tú escribiste.

-¿Por qué lo escondiste?

-Porque no sabías lo que hacías.

-¿O porque sí lo sabía?

Me miró con una tristeza extraña, como si en el fondo lamentara algo.

-Catalina, yo solo quiero que seas feliz. Aunque tengas que olvidar todo para lograrlo.

La sinceridad en su voz me desarmó. Por un segundo, lo creí. Por un segundo, deseé creerlo.

Entonces, el sonido.

Un golpe.

Algo o alguien se había estrellado contra la ventana del pasillo.

Corrí. Vittorio  intentó detenerme, pero lo empujé.

La ventana estaba agrietada. En el suelo, una piedra. Atada a ella, otro papel.

Lo desaté con dedos torpes.

"No estás loca. Él te hace dudar."

Lo guardé en el bolsillo antes de que él lo viera.

Me giré. Él estaba tras de mí, con una expresión que no supe leer.

-¿Qué era?

-Un pájaro. Nada.

Me creyó. O fingió hacerlo.

Esa noche no dormí. Fingí estar dormida hasta escuchar su respiración pesada.

Tomé el diario, lo escondí bajo el colchón. Volví a revisar el celular. Las fotos. Los videos. Algunos eran evidentemente montajes. Había errores: relojes duplicados, sombras que no correspondían, mi rostro superpuesto.

Pero también había uno real.

Un video selfie.

Mi voz, mi rostro, mi pánico.

-"Estoy grabando esto en caso de que todo se borre. Si estás viendo esto... escapa. Él no te ama. Te necesita rota. Si dudas de ti, ya ganaste medio paso. No olvides lo que sentiste la primera vez que despertaste. El miedo. Ese miedo es la clave. Eso es real."

El video se cortó con un golpe.

Me eché hacia atrás.

Y supe, en ese momento, que tenía que irme.

Que todo era una cárcel maquillada.

Al día siguiente, Vittorio  me llevó a lo que llamó "el jardín de los recuerdos". Un lugar oculto tras la casa, cubierto de flores exóticas y bancos de mármol. El aire olía a jazmín y a mentiras.

-Aquí solías venir a escribir -dijo-. Este era tu lugar feliz.

Me senté. Miré el cielo. El mismo cielo que debía haber visto cuando intenté huir.

-¿Tú me encerraste?

Vittorio  se tensó. No respondió.

-Si de verdad me amas, déjame recordar por mí misma. Sin empujarme. Sin controlarme.

Él se inclinó hacia mí.

-Si te dejo sola, te rompes.

-Tal vez necesito romperme -susurré-. Para saber quién soy.

Su expresión se volvió dura. Por primera vez, lo vi como era. No como mi salvador, no como mi prometido.

Sino como mi carcelero.

Cuando regresamos, la puerta de mi habitación estaba entreabierta.

Dentro, alguien había revuelto el colchón.

El diario había desaparecido.

Me giré hacia él.

-¿Fuiste tú?

-No.

Pero en su rostro, algo tembló.

Y antes de que pudiera responder, escuchamos un sonido en la planta baja.

Un portazo.

Pasos.

Una voz.

-¿Catalina?

Era una voz femenina. Joven.

Corrí hacia la escalera. Vittorio  me alcanzó.

-¡No bajes! -gritó, y me sujetó del brazo con fuerza.

-¡¿Quién está ahí?! -grité, desesperada.

-¡Catalina! ¡No creas en nada! ¡Tú eras mi hermana! ¡Él te borró!

Y entonces...

Un disparo.

Un grito.

Silencio.

Vittorio  me empujó hacia atrás.

-Fue un intruso. No importa quién era. Está todo bien.

Mis piernas flaquearon.

No podía respirar.

No podía mirar.

Solo podía pensar en lo que acababa de escuchar:

Hermana.

Él te borró.

Y supe que todo acababa de cambiar.

¡Sigue viendo!
¡La historia se está poniendo intensa! Cambia a la App para seguir leyendo
Desbloquear todos los episodios
Abrir el sitio web oficial

También te puede gustar

Portada de la novela De Jefe a esposo.
7.9
Una joven empleada doméstica se ve acorralada por una deuda millonaria impuesta por su prepotente jefe. El magnate le ofrece un trato para liquidar el pago y liberar a su familia, pero su mirada gélida y oscura revela intenciones inquietantes. Tras un tenso enfrentamiento que culmina en una bofetada, ella empieza a dudar de las verdaderas condiciones del acuerdo. ¿Qué sacrificio exigirá realmente este hombre antes de permitirle recuperar su libertad?
Portada de la novela El Secreto del CEO
9.5
Sinopsis: Brenda Conor es una chica huérfana criada por su despiadada abuela, quien la vende a un millonario paralítico para que sea su esposa, pero él, además de una esposa necesita un heredero, así que hará hasta lo impensable para conseguirlo. Una chica inexperiente, un empresario paralítico 12 años mayor en busca de un bebé, ¿qué puede salir mal?, ¿cómo se las ingeniará Mateo Amery para lograr su objetivo dada su incapacidad?
Portada de la novela Hasta que la muerte nos separe
8.4
Kimberly, única heredera femenina y protegida del magnate Marcus Bach tras la pérdida de sus padres, es el tesoro de su linaje. Por otro lado, Liam Simons regresa del extranjero para liderar su poderosa familia ante la enfermedad de su padre y el caos de sus hermanos. Un incidente crítico entre el hermano de Liam y Kimberly fuerza un vínculo obligatorio entre ambos. Juntos deberán decidir si su unión será un edén o un tormento eterno hasta el final.
Portada de la novela La esposa pesada que redefinió la belleza
8.6
El poderoso magnate Elías causa un gran revuelo social al contraer matrimonio con una mujer de noventa kilos. Aunque la alta sociedad la desprecia y se burla de su apariencia, ella oculta una identidad formidable, demostrando una fuerza y astucia capaces de doblegar a cualquier enemigo. Mientras Elías la protege ante el mundo bajo una fachada de delicadeza, ambos comparten en secreto el triunfo de su engaño y la verdadera naturaleza de su poder.
Portada de la novela La Herencia Sangrienta
9.1
Después de diez años de entrega, Sofía enfrenta la traición pública de Alejandro, su prometido. Tras ser humillada con una asistente, ella decide renunciar y ejecutar un plan financiero que arruina al hombre que amaba. Durante un juicio lleno de revelaciones oscuras y tragedias, el destino da un giro: Sofía hereda la fortuna de su enemigo. Con ese legado nacido del dolor, funda la organización EOS, transformando su pasado en una oportunidad para ayudar a los demás.
Portada de la novela La Sustituta de Nadie
8.4
Después de seis años de entrega secreta, mi mundo se derrumba en mi cumpleaños. Mateo confiesa cruelmente que solo fui el reemplazo de Sofía, su antiguo amor. Al verme abandonada en una clínica mientras él corre a auxiliar a su ex, comprendo mi lugar. Harta de ser una sombra y de sufrir su desprecio, decido contactar a mi hermano. Aceptaré el matrimonio pactado con Javier Acosta; mi etapa como sustituta invisible ha terminado para siempre.